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Opinión |
Viernes, 03 de Febrero de 2017

Mesura en la comunicación

El proceso comunicativo necesita su tiempo, su consideración, su planificación, y, fundamentalmente, mesura, para que cale como debe. Pensemos en positivo y tengamos en cuenta qué es lo más importante. Ensayemos y mostremos que somos capaces de recorrer el camino de la interacción de mensajes. Lo somos, de corazón, en cuerpo y alma. La comunicación tiene sus circunstancias, sus ingredientes, su presentación, su continuidad, su cabida, sus potencialidades, sus secretos a voces para que funcione... Hay un compendio de elementos que hacen fuerte su utilización o que, por el contrario, nos llevan por una senda de debilidades que repercuten en sus soluciones, en sus consecuencias, en sus potencialidades, en sus enseres, en sus particularidades y en sus destrezas.


Pensemos en los concursos de paciencias y de prudencias, con las suficientes templanzas, que nos han de conducir a buenos resultados. La eficiencia y hasta la eficacia viajan por ese sendero, del que hemos de beber todos/as, si queremos que la credibilidad nos acompañe en el proceso comunicativo. Esa credibilidad ha de ser interpretada como básica y fundamental para seguir adelante.


Como consejo, debemos marcarnos metas y plazos en las conquistas y/o mejoras comunicativas, pero sin que ello nos cercene o amilane. No paremos, pero tampoco nos detengamos cuando las cosas no salgan como esperamos. No debe haber jamás prisa. Hemos de perseguir la calidad y no la cantidad, aunque la una y la otra sean referencias a tener presentes.


Vayamos, cuantos más mejor, en la misma dirección sin valorar aspectos que nos puedan nublar la vista. Miremos con visión panorámica y a medio plazo lo que nos conviene, que es comunicar para recoger y dar conocimiento, al tiempo que debemos avanzar, siempre avanzar, al ritmo que se pueda y con las mínimas tensiones.


No ocultamos, por supuesto, que los recogimientos son buenos, apetecibles, deseables... No nos ofusquemos. Tampoco podemos vivir en el compromiso permanente, porque no conviene, y porque no es posible. Estemos atentos a todas las jugadas con el deseo de aprender, de compartir y de ser. El resto, que no es poco, vendrá después.

 

Solvencia y constancia

En esta sociedad que nos afea el no correr en todo momento y lugar para conquistar grados y empleos efímeros hemos de defender la solvencia, la constancia, la voluntad, la permanencia de los progresos de una manera solidaria, aunque suponga una tregua de vez en cuando y se genere una velocidad ínfima. Lo importante es moverse, y hacerlo hacia ese vínculo que nos haga convertirnos a todos en una auténtica comunidad con los mínimos compartimentos estancos. La victoria es ésa, que seamos todos, o casi.

 

Si el ritmo es, si fuera, más lento del que nos gustaría, hemos de conformarnos. Acompasemos anhelos, vivamos en el afán solidario, y no solitario, y seguramente así alcanzaremos cotas de satisfacción que compensarán el aparecer tarde en algunos enclaves. Recordemos que, como decía aquella canción, lo importante es llegar, y, como añadía otra, que lo sepamos disfrutar.

 

Lo más relevante es emprender el camino en la dirección sabia del conjunto, en el que nadie ha de sobrar, excepto, como decimos, las prisas. Tomemos el tiempo suficiente, el que sea, el que precisemos, para tocar la virtud de la mesura, que produce más abundantes cosechas de las que pensamos.

 

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