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Opinión |
Jueves, 02 de Marzo de 2017

Un señorito de Barna

El partido de Albert Rivera 'Ciudadanos', cuyos fundadores originales o se han desmarcado definitivamente de él o se están desmarcando, tiene un apreciable problema de regionalismo. En cuanto ese partido sale de la Región concreta para la que fue ideado, parece un partido de pueblo que va de cosmopolita y, últimamente, de liberal. El efecto es bastante ridículo y, pese a algunos esfuerzos, no ha logrado solucionarlo. Las élites de Ciudadanos siguen mentalmente metidas en su pueblo.

 
En la ancha y larga y compleja política nacional, y más concretamente cuando el ciudadano Rivera se dirige a comunidades autónomas pobres sobre las que él no reúne la más mínima noción, a Rivera, al final un señorito de Barna (como llaman allí los pijos a Barcelona), se le nota demasiado el marchamo de su pueblo, la capital [Img #48000]catalana, cada vez más encerrada en sí misma. Y además se le nota el marchamo de pueblo en su sentido más molesto, esa Barcelona que se creyó “una ciudad del norte de Italia”: esa Barcelona donde el señorito local trata con desprecio al servicio, a ser posible natural de Murcia. Uno oye sistemáticamente hablar a Rivera sobre cualquier cosa de Murcia, con ese desprecio tan inocultable como ambiental en Cataluña por esa región específica, y creo estar escuchando aquel viejo pero vigente grito de los catalanes de bien (¡Pujol, por ejemplo!) contra los transmiserianos que traían sus piojos, sus costumbres, su pan tumaca y su idioma malsonante desde el sur: “¡mursianu!


 
La última de Rivera con Murcia es de esta misma mañana, cuando escribo. Con ese tono altanero y perdonavidas del señorito de Barna que en lo más íntimo de su ser está plenamente convencido de que Europa empieza en el Delta del Ebro, y que más allá se extiende un inmenso yermo donde sólo reina el hedor a fritanga de bocata de calamares (como decía el presidente del Barça Laporta, que en cuanto según él se bajaba del AVE en Atocha ya apestaba). Dice el Rivera de Barna: “Qué sabrá Pedro Antonio Sánchez de la financiación ilegal del PP, en Murcia y a nivel nacional, para que Rajoy lo proteja”. Hombre. Nadie tenía noción de que se hubiese abierto pieza separada sobre una supuesta financiación ilegal del PP en Murcia hasta que lo ha sugerido Rivera.


 
¿Qué es lo que sabe Rivera que no saben los jueces, ni nadie, sobre una financiación ilegal del PP en Murcia de la que no se tiene noticia ni hay juicio abierto alguno? Su deber es aportar indicios de lo que dice de forma inmediata, ante el juzgado de guardia. No hay presunta financiación ilegal del PP en Murcia, salvo mejor opinión de Rivera, que está obligado a denunciar a minuto de ahora mismo todo lo que sostiene. Porque si no podríamos pensar que el señorito caga como los tordos: echando mierda ininterrumpidamente durante todo el día sobre los demás sin darse ni cuenta. Porque si Rivera no aporta los indicios que él mismo aventa, podríamos pensar que no sabe ni de lo que habla porque ni sabe situar a Murcia en el mapa, como cuando dijo que el sustituto de Sánchez tenía que ser “cualquier consejero”, desconociendo que aquí para ser presidente hay que ser también diputado. Porque si no podríamos pensar que el señorito de Barna suelta calumnias impunes sobre Murcia desde el barrio de clase alta de su pueblo, todo un clásico catalán desde hace tres generaciones.
 


Al señorito, en su buen barrio, desde su pueblo, no se le ha ocurrido pensar una posible solución al enigma murciano que es la más sencilla, la que recomiendan siempre como cierta los autores de novelas criminales: que Rajoy proteja a Sánchez porque esté convencido de su inocencia.  Y ya puesto Rivera en la pendiente, cuesta abajo en su rodada, amenaza con ponerse de acuerdo con Podemos para buscar “soluciones”. Evidentemente en el PP están deseando que lo haga, para sacar el siguiente lema electoral imbatible: “vote Ciudadanos, que se encontrará a Podemos”. Aunque yo entiendo, cómo no, que la tremenda “boina” de contaminación política que no escampa sobre Cataluña impida a todo catalán, incluso al catalán llamado “españolista”, atisbar la realidad española un poco más allá de su campanario.

 

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