Europa, en frío
Las últimas semanas están produciendo una serie de declaraciones -culminando en el escenario de cinco opciones de Jüncker-, sobre la situación, futuro, etc., de la hoy Unión Europea.
Del reducido club comercial del carbón, el acero y la energía, el proyecto europeo ha ido transformándose a lo largo de los años en una unión aduanera, financiera y monetaria, y de seguridad y política exterior, judicial y normativa, por citar los grandes bloques políticos que se encuentran actualmente ensamblados bajo el concepto EU.
Asimismo, y progresivamente, se han ido produciendo sucesivas ampliaciones hacia nuevos Estados miembros. Una imponente maquinaria de 32.000 funcionarios que está presente en casi todos los campos de la vida de los Estados, y de los nacionales. Incluida la moneda común, el euro.
Un proyecto político de enorme magnitud que ha ayudado a muchos países – pensemos en España – y que interviene en el medio ambiente, las legislaciones nacionales, las fronteras, la política migratoria, la política exterior, el déficit presupuestario, la política comercial de los Estados miembros frente a terceros, etc., etc. Con un Parlamento compuesto por 751 diputados (con unas condiciones envidiables), elegidos por 375 millones de electores, de Finlandia a Malta, y de Holanda a Rumanía.
Pero se alzan voces discordantes respecto a este proyecto, o más exactamente, en lo que este proyecto se ha convertido. Y comienzan las bajas en el club: Reino Unido.
En casi cualquier cuestión de política internacional y geo estrategia subyacen motivaciones de naturaleza económica, y esto es así desde el comienzo de los tiempos. Pero los que disienten del rumbo de la Unión, anotan otros motivos de objeción:
- La enorme burocracia generada en las instituciones de la Comisión, el BCE, el Parlamento, que no para de crecer, conforme al principio de la naturaleza expansiva de las burocracias.
- La intromisión de las autoridades comunitarias en asuntos muy específicos de la soberanía política de los Estados miembros, como la política migratoria o la política fronteriza con los no comunitarios.
- La heterogeneidad entre los miembros actuales del club. De unja Europa diversa y rica en la pluralidad, los euroescépticos hablan de un cajón de sastre en donde muchos miembros no tienen nada que ver con otros en términos históricos, culturales, políticos y de modelo social.
- La proliferación de normas comunitarias en un sinfín de campos. La trasposición de estas normas a la legislación de los Estados miembros, que en ocasiones se superponen o concurren con otras normativas nacionales, regionales o locales.
- La ventaja del euro como divisa de cambio a nivel internacional, pero la imposibilidad de utilizar ninguna de las posibilidades que la política monetaria ha atribuido tradicionalmente a los países soberanos.
- La enorme distancia entre los despachos, las instituciones y la nomenclatura comunitaria, y el ciudadano de a pie.
En resumen, para esta corriente de opinión, demasiada UE con demasiado poder. Incluso sin ser euroescéptico o extremista mucha gente, más o menos, piensa así de vez en cuando.
Pero el proyecto político UE, aun siendo conscientes de sus problemas, merece la pena ser conservado. Para ello es necesario repensarlo, que es lo que –sin un gran despliegue ideológico, por cierto– ha hecho Jüncker.
Sin embargo, si ha apuntado una línea interesante entre las cinco: Menos UE, pero mejor.
Menos parlamentarios, menos coste de las instituciones, menos funcionarios, lista cerrada de temas en los que puede intervenir la Comisión, revisar número de miembros, acotar política exterior.
Es la superestructura burocrática la que está marchitando la idea.
Dicho así, en frío.






















