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Opinión |
Viernes, 10 de Marzo de 2017

Comunicación poética

La sensibilidad es la base del entendimiento. No hay más fórmula para el conocimiento en cualquier parte o tiempo que utilizar el corazón como instrumento de referencia. El nivel afectivo es el que más incide en los otros, el que más se infiere, el que más nos acerca o nos distancia. Por ello conviene que lo fomentemos con claridad y con la mejor de las intenciones. La reina aquí es la poesía, que tiene un algo especial. Es un tipo de comunicación entre las almas, antes de partir, o de regresar, según se mire, a sus verdaderos y genuinos territorios.


Por lo tanto, la poesía no es, o no debe, o no puede, que por ahí debe andar la cosa, vivir en el engaño. Fomenta, o ha de fomentar, la cultura de la felicidad, la búsqueda de las sensaciones más humanas, con favores diestros. Pensemos que muestra, porque es así, las entrañas de quien la escribe, y también de quien la recibe con los brazos abiertos. Es una ventana abierta a la naturaleza de unas existencias que, gracias a esta modalidad artística, practican una comunión y una catarsis curativa. Funciona, de veras.


Escribir poesía es como volver a la adolescencia, casi a la niñez, a la pulcritud de la inocencia, cuando todo está por aprender, y por sorprendernos… Gestamos mucho deseo en ese planteamiento renovado que es la vida en corto a través de versos surgidos de las entrañas, de los anhelos más propios, de las caricias, de las emociones más creíbles.


Desde este análisis nos gustamos mucho, con el todo, con la nada poética, que es condición para llegar a los demás, de los cuales aprendemos con instrumentos liberadores. Contamos, con la intercesión de los poemas, todo aquello en lo que creemos, y pedimos a veces un poco de paciencia hasta llegar donde sea menester. La tolerancia, la pasión, el entusiasmo y algunos criterios y sentidos más conforman la realidad acolchonada de este género, que se complace en expresar los portentos más distinguidos y también anónimos.


Un poco de cordura
Rememoremos que nos damos un poco de cordura loca mediante los versos, que nos invitan a reflexionar sobre lo que hacemos para armarnos de sólidas propuestas de amor, de cariño, de sinceridad. El mejor intento de aproximación al otro nos viene del flujo poético. Se nos ve con más transparencia, si lo hacemos bien, con más ganas, con todo lo que alberga un universo generoso, bondadoso y colmado de excepcionalidades, todas descubiertas gracias a los afanes de un brindis literario que se llama poesía.


Da un poco de pavor meterse en el campo abonado de esta literatura. A través de ella se ven nuestras debilidades y fortalezas, y se nos contempla como somos. Esa óptica de la intimidad, que también es ausencia de anonimato, nos envuelve con una capa de densa factura y ambivalente prestancia. El miedo al ridículo al dirigirnos a gentes con las que no tenemos una familiaridad anterior nos invita a menudo a ocultarnos en el recorrido diario, pero eso lo debemos superar.


La poesía es, asimismo, aliada, y consejera… Son más los dones que las promesas no cumplidas. Recordemos que en ella somos, y somos mejores, y somos más coherentemente honestos. ¡Ánimo con sus aromas! El sinfín de buenas vibraciones que nos puede propiciar no tiene ni comparativa ni precio. Procuremos intercambios poéticos sin poner ni cotos ni limitaciones ni fronteras. Únicamente aconsejamos brillo y esmero.

 

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