Huelgas y derechos perdidos
En 1898, aniversario de la toma de la Bastilla, se celebraba en París, la ciudad de la luz mortecina, una magna Exposición Universal de inmortal recuerdo. En las vísperas del acontecimiento, Emilia Pardo Bazán, escritora en tiempo de escritores, se hallaba en Burdeos con la intención de acercarse a la urbe parisina en tanto pudiera. Y dicen los que la trataron, como nuestro entrañable Azorín, que la impetuosa Pardo Bazán al arribar a la capital francesa se topó de bruces con una huelga de transporte público. “!Qué escándalo! !Qué abominación! Nunca se habrán proferido contra unos huelguistas tan violentos dicterios! Ni nunca se habrá conminado a un Gobierno tan vehementemente para que se lance a reprimir una huelga”, nos cuenta Azorín en sus imperecederos recuadros de ABC. Más adelante, Emilia recapacita y se excusa, e incluso admite que tal vez los huelguistas tuvieran razón. Pero ella no podía soportar que le cercenaran su propia libertad..., le habían vetado su sagrado derecho a la movilidad; y la razón de unos no debería ir en contra de los derechos de los otros, ni entonces ni ahora.
En nuestra Región, en el corto espacio de una semana hemos sufrido dos huelgas muy diferentes entre sí, aunque ambas marcadas por la enorme necesidad de sentido común que tenemos en esta nuestra tierra, sedienta no sólo de agua. Como preámbulo, en la capital, tuvimos la de LATBUS, un conflicto antiguo del que todavía se escribirán nuevos y sabrosos capítulos. El pasado verano por estos cálidos lares, se padeció una huelga salvaje, que ponía de manifiesto al murciano modo una situación larvada, que se había engendrado en años de desidia. A partir del día de San José, vivimos el enésimo acto de esta tragicomedia, que puede reservarnos algunos episodios más en la calenturienta mente de inciertos dramaturgos aficionados. Pese a que hemos llegado al comienzo del final de la historia, no se fíen... la de LATBUS es tan interminable que ni Michael Ende se atrevería con ella. No es cuestión ahora de buscar culpables -que también-, sobre todo, hay que encontrar soluciones.
Empero los conflictos domésticos palidecen ante el fulgor de las huelgas generales, en las que generalmente nadie se pone de acuerdo. De esta guisa, la del rutilante 29 M, para unos fue un éxito, para otros apenas nada. Los sindicatos cifraron el seguimiento en la Comunidad en un 75%, y tanto CROEM como el Gobierno regional sostuvieron que fue simbólico. Eso sí, las manifestaciones que adornaron nuestras ciudades demostraron que los sindicatos todavía mantienen su poder de convocatoria. Al menos, para este tipo de movilizaciones; no tanto para otras de mayor calado, como evidenció el intento de huelga general, que se quedó a medio camino de ninguna parte. Aun así, las centrales insisten en calificar de éxito rotundo el paro a nivel regional, mas nuestros empresarios se empeñan en afirmar que la jornada transcurrió con la normalidad de un día cualquiera. Alguna de estas dos versiones -quizá ambas- peca de parcialidad, o de ceguera transitoria; las dos reflejan la visión más patética del 29M. Ya nadie quiere contar más que lo que le interesa. Y dos y dos pueden ser una multitud; y decenas de miles, una cifra insignificante.
A pesar de los pesares, los sindicatos paladearán durante semanas las mieles del triunfo que, a su entender, lograron en nuestra Región. Por ejemplo, Daniel Bueno, secretario regional de Comisiones Obreras, se muestra muy ufano y hace una sutil advertencia: “No vamos a parar hasta que el Gobierno rectifique”. La manifestación de la capital, más de 80.000 personas, para unos (centrales sindicales) y 30.000, para otros (fuentes gubernamentales), “ha sido la mayor manifestación laboral que se ha producido nunca”, de acuerdo con el buen prisma de Bueno. Y nadie le negará, ni a los Buenos ni a sus camaradas, el esfuerzo de los suyos en busca del tiempo perdido.
Porque sin lugar a dudas, la del 29 M fue una huelga con sabor añejo. Como si viviéramos en otra era, siete mil piquetes movilizados por polígonos industriales, cocheras, centros comerciales y cascos urbanos intentaron con ahínco poner patas arriba la Región... Denodadamente echaron toda su carne y entendimiento en el asador de una movilización, en la que ellos podían ser jueces y parte. Piquetes informativos les llaman todavía; en plena efervescencia de la sociedad de la información, sus proclamas no dejan de destilar un irresistible encanto kitsch. Extraña vocación ésta la de piquetero, que de mano en mano va... ¿Qué será necesario para ser un buen piquetero?, me pregunto mientras clavo mi pupila en tu pupila azul, amigo lector.
¿Y qué será necesario para que una huelga perdure en la memoria? De la de autobuses, ya nadie habla. Y sólo han pasado unos pocos días... tan pocos, que ya nadie se acuerda. El mismo destino le aguarda a la más general de las huelgas, que fue tan evanescente como las demás, tan efímera como el sueño que no se logra recordar. Y seguramente merecería la pena recordarse.
En nuestra Región, en el corto espacio de una semana hemos sufrido dos huelgas muy diferentes entre sí, aunque ambas marcadas por la enorme necesidad de sentido común que tenemos en esta nuestra tierra, sedienta no sólo de agua. Como preámbulo, en la capital, tuvimos la de LATBUS, un conflicto antiguo del que todavía se escribirán nuevos y sabrosos capítulos. El pasado verano por estos cálidos lares, se padeció una huelga salvaje, que ponía de manifiesto al murciano modo una situación larvada, que se había engendrado en años de desidia. A partir del día de San José, vivimos el enésimo acto de esta tragicomedia, que puede reservarnos algunos episodios más en la calenturienta mente de inciertos dramaturgos aficionados. Pese a que hemos llegado al comienzo del final de la historia, no se fíen... la de LATBUS es tan interminable que ni Michael Ende se atrevería con ella. No es cuestión ahora de buscar culpables -que también-, sobre todo, hay que encontrar soluciones.
Empero los conflictos domésticos palidecen ante el fulgor de las huelgas generales, en las que generalmente nadie se pone de acuerdo. De esta guisa, la del rutilante 29 M, para unos fue un éxito, para otros apenas nada. Los sindicatos cifraron el seguimiento en la Comunidad en un 75%, y tanto CROEM como el Gobierno regional sostuvieron que fue simbólico. Eso sí, las manifestaciones que adornaron nuestras ciudades demostraron que los sindicatos todavía mantienen su poder de convocatoria. Al menos, para este tipo de movilizaciones; no tanto para otras de mayor calado, como evidenció el intento de huelga general, que se quedó a medio camino de ninguna parte. Aun así, las centrales insisten en calificar de éxito rotundo el paro a nivel regional, mas nuestros empresarios se empeñan en afirmar que la jornada transcurrió con la normalidad de un día cualquiera. Alguna de estas dos versiones -quizá ambas- peca de parcialidad, o de ceguera transitoria; las dos reflejan la visión más patética del 29M. Ya nadie quiere contar más que lo que le interesa. Y dos y dos pueden ser una multitud; y decenas de miles, una cifra insignificante.
A pesar de los pesares, los sindicatos paladearán durante semanas las mieles del triunfo que, a su entender, lograron en nuestra Región. Por ejemplo, Daniel Bueno, secretario regional de Comisiones Obreras, se muestra muy ufano y hace una sutil advertencia: “No vamos a parar hasta que el Gobierno rectifique”. La manifestación de la capital, más de 80.000 personas, para unos (centrales sindicales) y 30.000, para otros (fuentes gubernamentales), “ha sido la mayor manifestación laboral que se ha producido nunca”, de acuerdo con el buen prisma de Bueno. Y nadie le negará, ni a los Buenos ni a sus camaradas, el esfuerzo de los suyos en busca del tiempo perdido.
Porque sin lugar a dudas, la del 29 M fue una huelga con sabor añejo. Como si viviéramos en otra era, siete mil piquetes movilizados por polígonos industriales, cocheras, centros comerciales y cascos urbanos intentaron con ahínco poner patas arriba la Región... Denodadamente echaron toda su carne y entendimiento en el asador de una movilización, en la que ellos podían ser jueces y parte. Piquetes informativos les llaman todavía; en plena efervescencia de la sociedad de la información, sus proclamas no dejan de destilar un irresistible encanto kitsch. Extraña vocación ésta la de piquetero, que de mano en mano va... ¿Qué será necesario para ser un buen piquetero?, me pregunto mientras clavo mi pupila en tu pupila azul, amigo lector.
¿Y qué será necesario para que una huelga perdure en la memoria? De la de autobuses, ya nadie habla. Y sólo han pasado unos pocos días... tan pocos, que ya nadie se acuerda. El mismo destino le aguarda a la más general de las huelgas, que fue tan evanescente como las demás, tan efímera como el sueño que no se logra recordar. Y seguramente merecería la pena recordarse.





















