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Opinión |
Jueves, 04 de Enero de 2018

¿Educación con adjetivos?

Más allá de una elemental función pedagógica y legítimamente diferenciadora, no parece posible adjetivar las grandes virtudes ni los procesos conformadores de la personalidad humana. La honradez, la educación, la ética son cualidades o itinerarios constitutivos del individuo y, por ello, deben ser concebidos de modo integral, no pueden fragmentarse sin grave pérdida de dicha función estructural. En la opinión pública se habla muy frecuentemente de honradez “política” o de ética “médica” no tanto en un sentido que trate de individualizar sus insuprimibles peculiaridades tópicas, sino más bien de un modo que —da la impresión— presupone la posibilidad de su adquisición y ejercicio autónomos.

 

Algo parecido sucede con la denominada ‘Educación vial’. España es tal vez uno de los países desarrollados en los que más presencia tiene esta expresión en el discurso político y mediático, con iniciativas, proyectos y programas muy variados, públicos y privados, enderezados a la instrucción de los ciudadanos en todo lo relativo a la conducción de vehículos en vías públicas y su problemática aneja. Que conste que, para mí, nada de negativo tienen, en sí mismas, tales iniciativas, pero los problemas surgen inevitablemente cuando tratamos de llenar de contenido esa supuesta “educación”. Y aquí me parece que la alternativa es doble.

 

Si a lo que se refiere la “Educación vial” es a una formación en las destrezas técnicas vinculadas a la conducción, la cuestión que surge inmediatamente es la del lugar idóneo para promover esa tarea formativa. Nuestra escuela deja cada vez menos espacio para los contenidos verdaderamente educativos, con-formativos, y más para una miríada de conocimientos puramente auxiliares o pericias muy elementales, muchas veces de dudosa conveniencia educativa o sencillamente adquiribles por pura experiencia. Resulta elemental que el tiempo es limitado y lo que se enseña debe seleccionarse y esta operación no siempre parece presidida por el sentido común. Recuerdo con asombro un examen de Primaria de unos sobrinos míos, en el que uno de los contenidos evaluables era el conocimiento de aquellos alimentos que han de conservarse en el refrigerador. En un escenario tal, resulta seguramente cuestionable que las competencias o habilidades de la llamada “Educación vial” deban ser algo a ubicar en el nivel escolar, pudiendo perfectamente ser remitidas a un escalón complementario, a desarrollar en la edad adecuada y a iniciativa de los padres o, al menos, bajo su supervisión.

 

Pero parece más bien que con la ‘Educación vial’ se pretende inculcar ciertos valores (ineludiblemente concretados en virtudes) que fomenten el respeto al otro y a las normas, la amabilidad, la serenidad y la paciencia, la comprensión, la empatía, la solidaridad, el civismo en definitiva, de tal modo que el fenómeno de la conducción se vea privado, en lo posible, de su carga de violencia, incomprensión, tensión, frustración, etc., por otra parte comparativamente demasiado habitual en las carreteras españolas, con la consiguiente reducción de la mortalidad o, al menos, de los incidentes originados por esta causa. Pero entonces -y precisamente por ello- la ‘Educación vial’ no puede abordarse eficazmente como un fenómeno aislado, independiente del resto del recorrido formativo del individuo, porque en el mejor de los casos no añadirá nada a éste, será ineficaz en suma. En otras palabras, no se puede educar a nadie para que sea sereno, comprensivo, respetuoso, empático, solidario,... solamente en un coche. Quien posea -en el más pleno sentido- esas virtudes, inevitablemente hará gala de ellas en toda circunstancia. Será una persona “educada”, sin adjetivos. Por el contrario, quien no las haya adquirido no las ejercitará en ningún contexto y, claro, su condición tampoco admitirá los matices de la adjetivación. Es así de simple. Esto nos recuerda nuevamente que la educación no puede sino consistir en un proyecto integral del individuo, cuyo ámbito de promoción y dirección debe localizarse, por cierto, no tanto en la escuela como en la familia, sin perjuicio de todos los escenarios complementarios que se quieran. Desde esta perspectiva, lo que allí no se adquiera o al menos se refuerce, difícilmente se adquirirá o reforzará en otro contexto.

 

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