En Lorca se ha puesto el sol
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En el decir de las crónicas, la destrucción ha sido atroz, como atroz ha sido la destrucción de las centrales nucleares, las infraestructuras, las pertenencias y la convivencia de los habitantes de Fukushima. Salvando las diferencias de magnitud, hemos de asumir que la destrucción es una cuestión no sólo cuantitativa sino también cualitativa. En unos pocos segundos o minutos, los esfuerzos de mucho tiempo quedan en nada, las ilusiones de los habitantes se esfuman, los proyectos de futuro desaparecen, los compromisos se rompen. Nada vuelve a ser como era unos minutos antes.
Los movimientos de deriva de las placas continentales siguen a lo suyo, jugando su particular partida de billar, chocando unas con las otras aprovechando la carrerilla y la aceleración que les permiten la fallas que las circundan. Cogen carrera y se envisten como si fueran carneros en celo poseídos por una sobredosis de hormonas, dopados ad hoc para la competición. Rebotan y se desplazan hasta la otra orilla donde volverán a chocar y a producir más desastre, más dolor.
Son acontecimientos que revisten el boato de los castigos bíblicos. Nunca se sabe ni el día ni la hora. Los sismólogos, con sus aparatos, registran actividad que sube o baja, que aumenta o disminuye; vaticinan que un terremoto ocurrirá en tal o cual sitio, pero es impredecible por ahora conocer su intensidad, su extensión y, lo que es peor, el día y la hora en que ocurrirán. Sin ello, es imposible adoptar medidas que minimicen los daños, evacuar a la población, abandonar lo menos posible, cambiar de ubicación, etc. Sólo nos queda el recurso al auxilio, a movilizar los medios posibles y los imposibles para ayudar a los afectados. Es la hora de la solidaridad.
Cada vez que ocurre una catástrofe de magnitud similar, independientemente del motivo o la cualidad de la misma, se produce una serie de movimientos superponibles, y no me refiero a las réplicas de los movimientos sísmicos. Los políticos ahuecan la pluma y se dejan ver cariacontecidos ofreciendo la mano a los damnificados. No van solos, se hacen acompañar de otros políticos, guardaespaldas, policía local y nacional, autoridades diversas y miembros del clero. Y todo se paraliza para el ofrecimiento de ayudas económicas, promesas de reflexión sobre los criterios de edificabilidad y emplazamiento.
Cuando se reanuda el trabajo, los políticos y curiosos se han ido; quedan los forenses y las personas realmente comprometidas con las labores de ayuda. Queda el llanto y el dolor de los afectados y de las personas de buena voluntad. Queda el interrogante del futuro y la incertidumbre de la respuesta a algunas preguntas: ¿qué hacer? ¿Dónde y cómo protegerse de los fenómenos naturales? ¿Cuál será el siguiente movimiento de las plataformas móviles? En silencio cada uno intenta dar respuestas a sus interrogantes y decidir si vuelve a su lugar de origen o permanece para contribuir al desarrollo futuro de Lorca.
Entretanto, el sol luce en todo lo alto y, en la escuela, se escuchan las risas de los niños.




















