De imbéciles y cretinos
El otro día, durante nuestros paseos matinales, Trotski me dijo que había conocido a un perro de las cercanías que era un perfecto imbécil y un cretino.
Me sorprendió… Trotski siempre ha sido un perro tranquilo y no ha tenido diferencias con nadie.
Al parecer el susodicho vecino tiene un carguillo en la perrera del pueblo. Un cargo de los de 'prestao’, y va por ahí pensando que es alguien.
Este perro -el vecino con cargo- parece que se movió con unos amiguetes recién llegados, de los de un partido de nueva generación izquierdosa, y se ofreció a ocupar la vacante sin poner ni una pega.
Le daba igual de lo que fuese. Le daba igual si había que cortarle el cuello a quien fuese. Le importaba todo un pito con tal de ocupar el carguillo.
Y yo entiendo a Trotski, aunque no comparta su vena conservadora.
Es duro ser un perro profesional con una larga trayectoria personal y profesional oliendo suelo y ‘culitos’, y acabar tirado como un idem, mientras un imbécil y además cretino juega a la política, jugando –además- con el futuro de hombres y mujeres y perros y perras bien preparados/as.
Entiendo el enfado de Trotski , que es una persona-perro pero persona-que ve como le comen el terreno cuatro indocumentados con carrera universitaria que no saben ni donde está su mano (izquierda por supuesto).
A mí me pasó algo parecido hace unos años. También unos cretinos pensaron que esto lo hacía cualquiera y destrozaron un proyecto ilusionante.
Por eso entiendo a Trotski, aunque le he dicho que debe olvidar y perdonar. Ya llegará su momento. A todo cerdo le llega su San Martín. Y si no, no pasa nada. Que piense que la vida es perra y hemos venido a llorar en este valle de lágrimas.
El imbécil/cretino terminará en el lodo si es que hay Dios y él verá reconocido sus valores perrunos. Y si no, se irá al otro mundo satisfecho de no haber hecho daño a nadie.
No hay un cielo para los imbéciles… se lo aseguro.
Besos casa






















