Adiós querida cabina de teléfonos
Todos teníamos una cerca de casa. Nuestro quiosco, nuestra panadería... y nuestra cabina de teléfonos. El tiempo es implacable y cada día exhibe su músculo. Salpicándonos con noticias que pasan casi desapercibidas.
Qué tiempos en los que descolgábamos el auricular, dábamos un golpecito al resorte y caía una moneda de 25 pesetas. Ese día la llamada nos salía gratis. Era pura poesía que ya no volverá más. Esos recuerdos nostálgicos los recupero ahora, en medio de este verano que todavía algunos cabalgamos a mitad de camino entre la ciudad y la playa. Un nuevo ejemplo de cómo la tecnología destroza nuestros cánones. Hace unos meses nos sorprendía (quizá no tanto) la noticia de que el número de líneas móviles superaba por primera vez a la población mundial. ¿Quién necesita una cabina de teléfonos ya?
Paseamos por la calle y las vemos como menhires que se resisten a caer. Obsoletas y orgullosas sostienen el paso de los años, soportan resignadas los grafitis y los golpes de los niños que, aupados por sus padres, intentan comprender un mecanismo tan sencillo que se les hace raro. Botones de verdad, con números grabados, en relieve, sin pantalla... Qué cosa más extraña, piensan a sus tiernos cinco años los que tienen la fortuna de conocerlas. Las cabinas de teléfono llevan ya años en extinción, habitando las calles sin molestar, sin darse importancia. Son como un anciano que aguarda paciente la visita de los nietos, casi sin esperanza. Si llega bienvenida sea, se dice, pero es normal que no se acuerden de mí, tienen tantas cosas por descubrir, tanta vida por delante, tantas aplicaciones por descargar. Hasta que un día les llega la hora. Y entonces somos conscientes de que todo lo que somos se lo debemos a ellos.
A través de sus auriculares se cerraron miles de negocios cuando no existía Skype y las parejas reñían y se reconciliaban cuando WhatsApp no era siquiera un embrión. Los de mi generación recordarán la primera red social que existió en España, se llamaba Party-Line; un sistema de conferencias telefónicas que permitía conversar a un grupo de personas que no se conocían. Y había quién lo hacía y gastaba miles de pesetas en ello. Corría el año de la Expo, el de las Olimpiadas de Barcelona. Ya ha llovido. ¡Atrévete a llamar!, decían. La necesidad de comunicación del ser humano no entiende de sistemas ni tecnologías. De aquellas conversaciones confusas mirando a la pared e imaginando a una chica de voz chillona que llamaba desde Oviedo, a la saturación de Facebook o la aleatoriedad seductora de Tinder. Todo en un abrir y cerrar de ojos. En un colgar y descolgar.
Yo soy uno de los culpables. Y tú también. Usamos los móviles para todo. Las redes sociales vibran en nuestros móviles, chateamos, compramos, opinamos, llamamos e incluso desarrollamos complejas estrategias de marketing digital desde nuestros terminales. Lentamente hemos ido sepultando a las cabinas con cada recarga de saldo, con cada click, con cada app descargada. Pronto nos olvidaremos de ellas, sin darles la importancia que merecen y las recordaremos, fugazmente, rodeados de una lógica incomprensión.
— Ahí había una cabina —diremos señalando con el dedo a un hermoso árbol.
— ¿Qué es una cabina, papá?
— Un sitio de cristal donde los superhéroes se ponían sus trajes, hijo —y sonreiremos nostálgicos mirando esa carita de asombro.






















