
Que las bases de la economía global se han modificado radicalmente en los últimos diez años no es un secreto para nadie. El pasado mes de octubre se cumplía una década de la estrepitosa caída de Lehman Brothers, que supuso para algunos el fin de una era y, para la mayoría, el comienzo de un periplo por la oscuridad que engulliría a países como España en un bucle de desempleo, recesión y recortes. A día de hoy, cuando lo peor parece haber pasado y las economías de toda Europa dan signos de recuperación, es hora de hacer balance. Lo cierto es que los restos de aquella tormenta financiera aún están patentes en el incremento de la precariedad laboral, el aumento incesante de la temporalidad y la imposibilidad de volver al país para muchos jóvenes que se marcharon durante los peores años de la crisis. Eso sí, lo radical del cambio no viene dado solo por la crisis económica, sino por la transformación estructural sin precedentes que ha supuesto el avance de la economía digital. Juntas, estas dos vertientes, han dado lugar a algunas situaciones conflictivas y a una capacidad de consumo para los adultos de mediana edad que está en general por debajo de la que gozaron sus padres. Sin embargo, al mismo tiempo, estas dos vertientes también han dado lugar al surgimiento y consolidación de la llamada economía colaborativa en muchos puntos del globo.
¿Qué es la economía colaborativa?
Aunque seguro que todos hemos sido usuarios en más de una ocasión de algún sector de la economía colaborativa, aún nos resulta difícil definirla. Pues bien, se define así al tipo de iniciativas que se basan más en alquilar, prestar, comprar o vender productos en función de las necesidades del usuario, más que en base a una filosofía de producción y rentabilidad en serie. Es decir, la diferencia en este caso es que a lo largo y ancho de toda la estructura económica se van creando nichos de mercado, a veces de proporciones casi ‘microscópicas’, en los que los propios usuarios van ajustando su oferta y demanda en base a unas reglas de mercado convenidas en ese contexto. En este sentido, se distinguen varias tipologías principales de este tipo de economía, según las características del servicio y el tipo de usuario.
Dos de estas variedades son el consumo colaborativo y la producción colaborativa. El primero consiste en la utilización de plataformas digitales a través de las que los usuarios pueden ponerse en contacto para intercambiar bienes o artículos, mientras que la segunda se centra en redes de interacción digital que promueven la difusión de proyectos o servicios. En la misma línea, encontramos también las llamadas finanzas colaborativas, que engloban a todo tipo de microcréditos, ahorros, donaciones, y préstamos cuya concesión se basa en la interacción entre usuarios. En Reino Unido, sin ir más lejos, los préstamos rápidos online de Cashfloat se presentan como una de estas alternativas. Por último, cabe mencionar las iniciativas de ‘conocimiento abierto’, que promueven la difusión del conocimiento sin barreras legales o administrativas, con una especial beligerancia en contra del llamado copyright o derechos de autor.

