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Opinión | Mente sana, empresa sana
Martes, 12 de Marzo de 2019
Roberto Crobu

No hay un camino directo hacia el éxito: por eso muchos desisten

Era mucho el tiempo que deseaba volver a publicar algún contenido de corte más psicológico y motivacional en esta sección. Y el de hoy proviene de un condensado de la experiencia real vivida con clientes que me contratan de manera particular para conseguir sus objetivos, junto con la observación de los participantes del programa 100x100Activación del Servicio Regional de Empleo, que llevo siguiendo en distintos grupos desde el año 2016.
En todos los procesos de crecimiento y desarrollo profesional llegamos con mis asistidos al momento en que vamos a perfilar el objetivo que quieren lograr. Esto suele suceder en la fase inicial del trabajo.


En esta fase intervienen muchos factores psicológicos y trampas mentales que es mi responsabilidad hacerles notar. Algunas son confundir deseos con objetivos, otras intenciones con acciones, y  otras tantas mezclar expectativas con resultados basados en evidencia.


Otra más, que he podido descubrir recientemente, es concebir el camino hacia el objetivo como una vía directa: es lo que algunos coaches llaman “estar alineado con el objetivo” y en el que (a mi aviso) guían erróneamente a sus clientes tras ejercicios de vario tipo, principalmente visualizaciones y conceptualizaciones.


Algunos incluso acompañan este proceso de frases alquimistas a lo Paulo Coelho, como “pídele al universo y el universo te escucha” o “el secreto de la ley de la atracción te irá alineando con tu propósito”.  


Y en efecto, esta percepción de “magia universal” puede que no sea tan descabellada, aunque se puede explicar de una manera más científica y menos romántica: resulta que nuestro cerebro, en el momento en que formula una visualización activa la zona prefrontal, encargada entre otras cosas de activar las funciones ejecutivas que no son otra cosa que todas aquellas funciones que gobiernan el comportamiento organizado hacia fines específicos. Resulta por tanto casi mágico de que repente nuestro cuerpos se oriente hacia el objetivo y nos sintamos invadidos por una nueva energía motivadora hacia ese fin.


Pero nuestro cerebro también comete una gran falacia: dibuja el camino que nos separa de ese objetivo como una línea recta, sin hacernos percatar de que ese camino, en la realidad, de manera muy poco probable será un camino directo.


No nos damos cuenta de ello, pero a raíz de este proceso se genera la expectativa de que haciendo lo que tengamos más o menos prefigurado, lograremos llegar a dónde nos propongamos.


Concebir el camino hacia un objetivo como una vía directa, si por un lado puede proporcionarnos una fuente motivacional inicial, por el otro puede representar una hipoteca hacia la frustración y desaliento cuando la realidad nos devuelva la evidencia de que eso no será así.


Si preguntamos y nos informamos sobre los procesos de las personas que han logrado algo importante en su vida, sin recurrir necesariamente a los grandes inventores o personajes deportivos o históricos, sino mirando más bien a nuestro alrededor, entre personas que conocemos y que son más cercanas a nosotros, descubriremos que la gran mayoría de las veces no lograron su objetivo a la primera. Es más, es posible que cuando iniciasen su proceso siquiera tuvieran claro ese objetivo que finalmente lograron. Eso no significa que no iniciaran con un objetivo claro: tal vez sí, pero éste se fue redefiniendo sobre la marcha en base a las evidencias, datos, e información que la experiencia real les devolvía.


Y es fundamental en un proceso de persecución de un objetivo, ser permeable a esos elementos e información.
Sin embargo, la gran mayoría de las personas que establecen objetivos y finalmente desisten del intento, ya sea una dieta o ejercicio físico, perder peso, un empleo, unas vacaciones, o una ruta de fin de semana en moto, es porque no supieron afrontar o gestionar los resultados que les devolvió su experiencia, que les sacó de esa línea recta imaginaria que les unía con su objetivo. Y encontrándose de repente fuera de ese camino, su cerebro no fue capaz de reconstruir una ruta nueva hacia el objetivo porque no reconocía el encaje entre su nueva situación y el objetivo a perseguir: sería algo parecido a encontrarse en un punto de un mapa en el que no está dibujada la vía para llegar a un destino. De ahí la falta de ideas, el bloqueo, y el desánimo.


¿Entonces qué hacer? ¿Es mejor hacer como hacen algunos y dejarse simplemente llevar? No. Tampoco es el caso pasar al otro extremo. Esta también es una falacia: recurrir a lo opuesto cuando la evidencia nos dice que algo no funciona. La mente funciona por comparación entre términos opuestos: si algo no va, se decanta por lo otro que conoce que, normalmente, por criterio de negación, suele ser un término opuesto. Este sería otro error si se le contempla como única alternativa seguida.


Simplemente hay contemplar alternativas sin renunciar a perfilar uno sus objetivos. Es posible que aquello que persigamos sea simplemente un paso intermedio para algo más grande, mejor, o simplemente diferente: muchas veces pensamos en que reunirnos con una persona o conocer a una empresa, o hacer una entrevista de trabajo nos acercará más a trabajar con esa persona o esa empresa. Pero tal vez eso represente solo un paso de un proceso más amplio: haber hablado con esa persona tal vez no tanga encerrado en sí el acceso mágico hacia ese objetivo, sino que simplemente nos proporcione algo más de información, otro nombre, u otro dato más en el que hemos de apoyarnos para seguir en nuestro camino, construyéndolo paso a paso.


Algo parecido sucede en montaña: cuando subimos una cuesta visualizando un pico al que  queremos alcanzar, podemos pensar que el pico se encontrará al final de esa cuesta, pero esa cuesta puede que tan solo nos sirva para alcanzar una atalaya de la que saldrá otra senda hacia el pico. Puede que al llegar a la atalaya el cansancio, aburrimiento o la desmotivación nos invadan. Pero tan solo existe una forma de hacerle frente y es seguir adelante. El camino no será directo, pero no por eso hay que dejar de seguirlo.


La base de la excelencia es sostener el esfuerzo necesario hacia la consecución de un objetivo. Y uno de los principios a tener en cuenta para lograrlo es considerar que no existe un camino directo hacia el éxito. Pero no por ello hemos de renunciar a plantear objetivos: tan solo recordar que los objetivos no marcan el final de un proceso, sino el principio, sirviendo básicamente de impulso para emprender un camino cuyos resultados pueden diferir de lo que teníamos previamente prefigurado y llevarnos finalmente a construir nuestros propios logros paso a paso.


@robcrobu

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