Up in the air
Liderazgo, Comunicación, Valores, Gestión del Cambio, etcétera
El lenguaje empresarial suele llenarse de tópicos, frases hechas y coletillas para disfrazarlo de cierto profesionalismo de salón. En Up in the air (Jason Reitman, 2009), que cuenta la historia de Randy Bingham (George Clooney), un especialista en motivar a “trabajadores en transición” (lo que, básicamente, consiste en despedir gente), aparecen este tipo de expresiones de manual. Natalie Keener, la bisoña compañera del protagonista, intenta animar a un empleado al que despide con frases como “puede que esté subestimando el efecto positivo que su cambio puede experimentar en su hijo”; “está comprobado que los niños que sufren un trauma así tienden a aplicarse más académicamente como mecanismo de defensa”; o “si confía en este proceso, desvelará antes la próxima etapa de su vida”. Ni que decir que estos comentarios desencadenan en su oyente el efecto contrario al deseado. Lo que debería tranquilizar y animar, irrita y enfurece.
Por su parte, Randy, un trabajador con más experiencia que su compañera, también sigue escrupulosamente su particular hoja de ruta verbal al comunicar sus despidos: “Cualquiera que haya construido un imperio o cambiado el mundo ha pasado por esta situación, y gracias a haberla pasado, ha podido hacerlo”, es su comentario estrella. En ambos casos, son mensajes e ideas aplicados sin ningún tipo de empatía hacia quien tienen frente así. Y la comunicación no es eso, no consiste en una lista de expresiones que barajar indiscriminadamente.
En esta película, el comportamiento de Randy y Natalie es sistemático, directo, rígido, pragmático… y fracasa desde un punto de vista comunicativo. Porque su lenguaje es, en realidad, perezoso y lleno de lugares comunes. Siguen a pies juntillas un procedimiento de trabajo, pero han olvidado lo más importante: las personas.
Hay en Up in the air otros aspectos interesantes. También pone de relieve cómo algunas decisiones en la organización empresarial, aparentemente más novedosas y exitosas, pueden condenarla al fracaso cuando su viabilidad no ha sido suficientemente contrastada. Casi al comienzo de la narración, la empresa de Randy pretende que los despidos que sus especialistas practican en vivo y en directo sean reemplazados por sesiones de videoconferencia. Esta decisión supone, en principio, un importante recorte económico en viajes y dietas de la plantilla. Pero, al final, precisamente por la ausencia de contacto humano, el proyecto fracasa y la empresa no tendrá otra opción que dar marcha atrás. Y es que la iniciativa escondía, en realidad, una falta de cálculo hacia las consecuencias que acarrearía. Faltaba estudio, análisis. “Antes de que intentes revolucionar mi trabajo, quisiera saber si de verdad lo conoces”, le advertía, desde el principio, Randy a Natalie, autora de la feliz idea. Qué mejor lección para percibir que las medidas novedosas deben siempre estar apoyadas en tierra firme. Y que hace falta mucha reflexión antes de determinar si serán realmente beneficiosas.
Por su parte, Randy, un trabajador con más experiencia que su compañera, también sigue escrupulosamente su particular hoja de ruta verbal al comunicar sus despidos: “Cualquiera que haya construido un imperio o cambiado el mundo ha pasado por esta situación, y gracias a haberla pasado, ha podido hacerlo”, es su comentario estrella. En ambos casos, son mensajes e ideas aplicados sin ningún tipo de empatía hacia quien tienen frente así. Y la comunicación no es eso, no consiste en una lista de expresiones que barajar indiscriminadamente.
En esta película, el comportamiento de Randy y Natalie es sistemático, directo, rígido, pragmático… y fracasa desde un punto de vista comunicativo. Porque su lenguaje es, en realidad, perezoso y lleno de lugares comunes. Siguen a pies juntillas un procedimiento de trabajo, pero han olvidado lo más importante: las personas.
Hay en Up in the air otros aspectos interesantes. También pone de relieve cómo algunas decisiones en la organización empresarial, aparentemente más novedosas y exitosas, pueden condenarla al fracaso cuando su viabilidad no ha sido suficientemente contrastada. Casi al comienzo de la narración, la empresa de Randy pretende que los despidos que sus especialistas practican en vivo y en directo sean reemplazados por sesiones de videoconferencia. Esta decisión supone, en principio, un importante recorte económico en viajes y dietas de la plantilla. Pero, al final, precisamente por la ausencia de contacto humano, el proyecto fracasa y la empresa no tendrá otra opción que dar marcha atrás. Y es que la iniciativa escondía, en realidad, una falta de cálculo hacia las consecuencias que acarrearía. Faltaba estudio, análisis. “Antes de que intentes revolucionar mi trabajo, quisiera saber si de verdad lo conoces”, le advertía, desde el principio, Randy a Natalie, autora de la feliz idea. Qué mejor lección para percibir que las medidas novedosas deben siempre estar apoyadas en tierra firme. Y que hace falta mucha reflexión antes de determinar si serán realmente beneficiosas.





















