Bobos que hacen carrerón en la banca
"Ahora ya no hay nada que hacer. Tendrás que dedicarte a la banca. Conozco a un montón de bobos que han hecho un carrerón en la banca. Por lo visto no se necesita tener ni pizca de talento. Recuerdo que a tu tío abuelo lo metieron en un banco, y te aseguro que no encontrarás mayor necio que él. Un buen tipo, sí, pero totalmente falto de las neuronas necesarias para cualquier otra tarea". El parrafo no forma parte de una diatriba íntima a micrófono cerrado de la diputada de Compromís Mireia Mollà durante la hilarante comisión de investigación creada en Las Cortes Valencianas para definir las responsabilidades de los exgestores de la CAM en el hundimiento de la entidad. Tampoco es una andanada de su compañera Mónica Oltra o un cáustico análisis a botepronto del socialista Ángel Luna después de escuchar a alguno de los comparecientes en el interrogatorio. Las demoledoras frases del tío Fergus dirigidas a Timothy Bright, un niño bien con escasas luces empeñado en hacer fortuna a costa de lo que sea, están recogidas en la novela "Lo peor de cada casa" publicada en 1995 por el escritor británico Tom Sharpe.
El presidente de la Cámara de Comercio de Alicante y ex consejero de la caja José Enrique Garrigós y el ex presidente de la Comisión de Control, Juan Ramón Avilés, se sumaron al partidillo semanal que se juega en sede parlamentaria con la única finalidad de echar balones fuera. Si el primero estaba tan escasamente preparado para tan relevante cometido que, según su propia declaración, no sabía por dónde le daba el aire, el segundo creía, al parecer, que "Control" era una marca de preservativos en vez de la función de "comprobación, inspección, fiscalización e intervención" que señala el diccionario de la Real Academia de Lengua Española en su primera acepción. A la vista de las respuestas dadas hasta aquí por quienes ocuparon puestos con mayor o menor capacidad para cambiar la deriva en la que había entrado la CAM y que no lo hicieron tanto por acción como por omisión, lo que está claro es que hay materia para otra obra cumbre de la literatura de humor firmada por Sharpe o por Groucho Marx, que tanto monta.
Eso sí, el autor debería incluir en el tomo, a modo de prólogo, algunas de las abundantes novedades en materia financiera que nos está deparando la catástrofe. Desde un presidente del Gobierno que pide ayuda a Europa sin pedirla –a lo mejor para que Aznar no le reproche la actitud mendicante que le endosó a Felipe González– y se despereza ante los medios de comunicación para dar explicaciones presuntamente tranquilizadoras en el cuartel general de su partido en lugar de hacerlo en la Moncloa, al tiempo que rechaza la apertura de una investigación sobre Bankia, hasta un ministro que sin perder la sonrisa habla de unas determinadas sumas económicas para sanearla que se hinchan después como un globo a punto de reventar todo el sistema.
En medio de la que está cayendo, ¿es o no un chiste grosero y grotesco que la contabilidad de este batiburrillo de entes que es Bankia haya pasado por arte de birlibirloque de registrar cuantiosos beneficios a confesar pérdidas superlativas mientras seguimos oyendo hablar de indemnizaciones millonarias a los ejecutivos salientes? Puede que Sharpe estuviera equivocado y al final resulte que en la banca no es que haya muchos bobos, sino demasiados listos. En el peor sentido del término, por supuesto. Esperemos que la Fiscalía no sea como Dios y apriete, pero también ahogue.
Otros artículos de Jesús Alonso
El presidente de la Cámara de Comercio de Alicante y ex consejero de la caja José Enrique Garrigós y el ex presidente de la Comisión de Control, Juan Ramón Avilés, se sumaron al partidillo semanal que se juega en sede parlamentaria con la única finalidad de echar balones fuera. Si el primero estaba tan escasamente preparado para tan relevante cometido que, según su propia declaración, no sabía por dónde le daba el aire, el segundo creía, al parecer, que "Control" era una marca de preservativos en vez de la función de "comprobación, inspección, fiscalización e intervención" que señala el diccionario de la Real Academia de Lengua Española en su primera acepción. A la vista de las respuestas dadas hasta aquí por quienes ocuparon puestos con mayor o menor capacidad para cambiar la deriva en la que había entrado la CAM y que no lo hicieron tanto por acción como por omisión, lo que está claro es que hay materia para otra obra cumbre de la literatura de humor firmada por Sharpe o por Groucho Marx, que tanto monta.
Eso sí, el autor debería incluir en el tomo, a modo de prólogo, algunas de las abundantes novedades en materia financiera que nos está deparando la catástrofe. Desde un presidente del Gobierno que pide ayuda a Europa sin pedirla –a lo mejor para que Aznar no le reproche la actitud mendicante que le endosó a Felipe González– y se despereza ante los medios de comunicación para dar explicaciones presuntamente tranquilizadoras en el cuartel general de su partido en lugar de hacerlo en la Moncloa, al tiempo que rechaza la apertura de una investigación sobre Bankia, hasta un ministro que sin perder la sonrisa habla de unas determinadas sumas económicas para sanearla que se hinchan después como un globo a punto de reventar todo el sistema.
En medio de la que está cayendo, ¿es o no un chiste grosero y grotesco que la contabilidad de este batiburrillo de entes que es Bankia haya pasado por arte de birlibirloque de registrar cuantiosos beneficios a confesar pérdidas superlativas mientras seguimos oyendo hablar de indemnizaciones millonarias a los ejecutivos salientes? Puede que Sharpe estuviera equivocado y al final resulte que en la banca no es que haya muchos bobos, sino demasiados listos. En el peor sentido del término, por supuesto. Esperemos que la Fiscalía no sea como Dios y apriete, pero también ahogue.
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