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Opinión |
Jueves, 05 de Marzo de 2020

Cayetana, mujer, sí

 

Venía con el tremendo columnista y compañero de "Libres e Iguales" Arcadi Espada. Muy espiritada y aparentemente frágil, con un cuello que me llamó la atención porque parecía diseñado por el "noucentismo", de movimientos que ondulaban el lomo del aire como si ésta fuera una incalculable bestia invisible, cultivadísima, con una dicción sin aristas, de discurso imbatible y en persona muy susurrante, dulce y seductora. Era Cayetana Álvarez de Toledo y se había apartado públicamente del "rajoyismo" porque vio con espanto los efectos que luego, efectivamente, se produjeron. La conocí en una cena-fiesta flamenca muy seria (el flamenco es algo tan serio como que el "cantaor" y yo nos saludábamos haciendo una media reverencia con la cabeza) en casa de una de esas jóvenes y brillantes intelectuales, Emilia Landaluce. Mujeres como Cayetana o Landaluce justificarían que en el mercado laboral se introdujese una discriminación positiva pero a favor de los hombres, por no poder competir.

 

Últimamente a Cayetana, figura eminente del PP renovado, la machacan con ataques directos y asechanzas ocultas que le vienen desde los socialistas de todos los partidos, por haber dicho sobre la cadena de televisión "La sexta" no sé qué cosa bastante evidente (sólo he escuchado una defensa: la de un Santiago Abascal a quien Cayetana venía fulminando en sus textos). Y mi admirada Emilia, la anfitriona, se cayó el otro día por las escaleras a las nueve de la noche, fracturándose la base del cráneo. No creo en la magia negra, pero por lo visto ésta sí cree en la élite intectual de España, la que pueda poner algún freno al muy inquietante sistema político hacia el que vamos. No se me va de la cabeza que Hugo Chávez practicaba continuados ritos satánicos en palacio, y sospecho debe existir una cadena de continuidad transcontinental en alguna parte y por parte de algunos actores. Llámenme desconfiado. Muerto prematura y absurdamente David Gistau, compañero de Landaluce y otro de los gigantes opinativos que se oponían con sus invencibles metáforas a lo que nos viene, parecería que una sombra orquestada está yendo a por todos, uno a uno. La oscuridad siempre se presenta con el nombre de casualidad. Ya lo dijo el Papa Juan Pablo II en su célebre discurso de Turín: "El Diablo nunca se presenta por su verdadero nombre".  

 

Dicen que Cayetana Álvarez de Toledo, una refinada argentina de orígenes nobles, cae mal a casi todos. Cae mal por su superioridad real y comprobable, no porque sea fingida (para entendernos, argentina). Por supuesto, vivimos en un país en que debes caer bien porque la cooptación social funciona por "cuñadismo", y somos una sociedad que tiene un asunto personal contra lo superior. Llevamos demasiado tiempo educándonos, de manera sistemática y siguiendo precisos planes de estudio, en el desprecio activo a todo lo que destaca. Somos capaces, aún, de reconocer vagamente la excelencia allí donde se produce, pero sólo el tiempo que dura el sofocarla sin contemplaciones. Esto ni siquiera viene de la ingeniería social marxistoide que tomó la educación desde la Transición española. Esa ingeniería social, cuando llegó, se encontró ya con un caldo de cultivo muy favorable. El asunto es muy anterior a la Transición e incluso a Franco: viene de la concepción católica del Pueblo como rebaño de Dios, esa oveja simbólica con su pata delantera apoyada sobre la cruz. Si se quita la partícula Dios su puesto puede ser ocupado por cualquiera, como de hecho hizo el marxismo, pero el rebaño, al que sólo una delgada línea roja lo separa de borregada, continúa ahí.

 

Cayetana, pese a su extraordinaria delicadeza en el trato cercano, se sale de ese rebaño y estas cosas en España suelen acabar, tarde o más bien temprano, con la carrera política y personal echada a perder. Ocurren casualidades. Más que tocar palmas muy severas y muy españolas en una cena-fiesta flamenca, la noche en casa de Emilia debimos trazar en el suelo de madera de aquel gran salón un gran círculo protector hecho de tiza. Por lo que intuíamos que iba a pasar, por lo que está pasando.

 

 

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