El aturdimiento de un perro
Toca escribir y se escribe, siquiera sea con el ánimo y el ánima removidos como las tierras de Lorca, desplomados como las torres de las iglesias más emblemáticas, arrasados como los ojos de una madre ante el cuerpo de su hijo, aturdido como el perro que había sacado a pasear y que parece, en la imagen, pedir auxilio y ayuda para ese héroe anónimo que trata de evitar lo inevitable.Iba yo a contarles no sé ya qué de la campaña electoral, de éste o aquel partido, de uno u otro político, del último dato, del próximo evento. ¡Qué más da! Como ese perro, siento el dolor, el desánimo, la rabia y la tristeza que provocan las tragedias incomprensibles, los zarpazos del destino, la naturaleza que se desboca y rompe, rasga, destruye, mata.
Cuando escribo aún no se sabe el nombre del último fallecido y sí que habrá que decir que fueron diez los muertos, porque dos de las mujeres que han perdido la vida, la han perdido junto a las personas que llevaban en su seno.
Me han contado la historia de Raúl, a quien intenta recuperar ese ciudadano en la imagen y cuyo perro ilustra mi estado de ánimo. Y encarno en ellos, en Raúl y en su perro, el dolor de todos los aturdidos por el terremoto, de los que tenemos que escribir y no tenemos ni fuerzas, ni espíritu, ni ganas de hacerlo como no sea para verte nuestra incomprensión, nuestras lágrimas.
A estas horas, comienzan a aparecer los políticos en Lorca. No sé qué pinta ahí una ministra de Defensa, ni un líder de la oposición, ni un vicepresidente que no estaría en Lorca si no hubiera muertos ni hubiera elecciones. El carroñerismo de la foto con las víctimas me aturde igual que al perro la muerte de su amo. Y veo en cambio a Paco Jódar demacrado, macilento, sin dormir, con veinte mil vecinos en la calle, lidiando con muerte, dolor y miedo, vaya tres miuras.
Pienso en el “capitán de la fortaleza”, ese personaje medieval que te recibe al pie de la Torre del Espolón cuando, como yo hace sólo diez días, visitas la Fortaleza del Sol. No puedo evitar pensar -aún no me lo cuentan- cómo habrá afectado el seismo al lustroso Parador que ya era objetivo de mis futuras visitas; ni a las excavaciones de la recién descubierta sinagoga y la antigua Judería, que constituían uno de los más importantes proyectos arqueológicos de Europa hasta hace unas horas.
He hablado con algún amigo de allí sólo para oir su voz, para compartir su alegría por estar vivo y, otra vez, su perruno aturdimiento por una tragedia impensable, impredecible, inevitable. He percibido el miedo y me quedo con las breves palabras de María del Mar Peñarrubia en un SMS: “ha sido horrible”.
Cuando se me agota el espacio, sólo puedo pensar en que deseo de todo corazón la pronta recuperación de los heridos, la reconstrucción de esa ciudad que aprendí a querer, la tranquilidad de sus vecinos, el regreso a la normalidad, a la vulgar y pedestre preocupación por unas elecciones. Y “que nunca, en tiempo alguno, jamás” (Vinicius de Morais) se repita una tragedia que nos suma en el dolor y el aturdimiento, como a un perro.
POST SCRIPTUM. Antes de verme sacudido yo también por ese terremoto, iba yo a comentar en esta columna lo bien que le ha sentado al Poncio, a González Tovar, eso de no ser el referente de su partido en las elecciones; que antes de que Valcárcel decidiera que se presentaba de nuevo, iba haciéndole sombra a Pedro Saura y postulándose de facto. Y el otro día lo ví en los Caballos del Vino en Caravaca con una cuidadosamente desaliñada barba, en mangas de camisa, más delgado… Hecho un pichi, vaya.




















