
Carlos Castillo Martín, graduado en Derecho y Relaciones Internacionales por ICADE
Actualmente la humanidad enfrenta una situación que dista enormemente de ser insólita, de hecho, las pandemias, algunas mucho más mortíferas y de consecuencias mucho más catastróficas que la actual, estuvieron no tantos siglos atrás a la orden del día.
Sin embargo, parece claro que nos encontramos inmersos en uno de esos momentos en que la historia se detiene en un cruce de caminos y tiene necesariamente que elegir cuál le conducirá a mejor destino. La cuestión no es baladí, de hecho, las implicaciones de optar por uno u otro sendero marcarán de forma irreversible, o al menos difícilmente reversible, la vida de las próximas generaciones.
Teníamos la sensación hasta este punto de que la historia avanzaba inequívocamente en una dirección para algunos certera y para otros obstinada. Ahora los cimientos de esta concepción se tambalean y lo que parecía definitivo se torna cuestionable y efectivamente cuestionado. Ocurre algo similar a lo que sucedió en la primera mitad del siglo XX y, es que, como acertadamente reflexionó Ortega y Gasset:
“no hay tiempos definitivos, seguros, para siempre cristalizados, sino que, al revés, esa pretensión de que un tipo de vida -el llamado ´cultura moderna’- fuese definitivo, nos parece una obcecación y estrechez inverosímiles del campo visual”
Empero, como también nos enseñó Ortega, el paso de una época a otra no siempre ha supuesto una evolución positiva. La humanidad no siempre ha tomado el camino correcto, de forma que hay tiempos de mayor “altura” que otros y éstos no tienen necesariamente que ser tiempos posteriores.
Pues bien, debido a mi desconfianza en lo relativo a la dirección hacia la que parece encaminarse la humanidad, la cual se me antoja incierta y probablemente errada, me gustaría resaltar algunos de los logros que se han alcanzado en la época cuyo final parece próximo. Me refiero, quede claro, al sistema que comenzó a fraguarse en 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial, que comenzó a percibirse como incuestionable tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, y que en este año 2020 puede estar llegando a su ocaso. Me refiero, por si todavía quedara alguna duda, a los años de esplendor de dos conceptos entrelazados e interdependientes: la globalización y el capitalismo.
Los últimos 75 años, en los que el sistema internacional se ha fundamentado en la globalización y en el comercio, han sido testigos de algunos de los logros más importantes de la historia de la humanidad: el hambre a día de hoy es prácticamente inexistente en el mundo desarrollado y se ha reducido considerablemente en los países en vías de desarrollo; la desigualdad a nivel internacional se ha reducido de tal forma que actualmente el índice de GINI global se encuentra en mínimos históricos; hemos asistido a la absoluta pacificación de Europa, continente en el que 75 años ininterrumpidos de paz y concordia entre las naciones eran inimaginables en tiempos pretéritos; actualmente y, en gran medida gracias al capitalismo, no solo los considerados como “ricos” y “pobres” tienen un nivel de vida mucho más alto que los considerados como tal en cualquier tiempo anterior, sino que, de hecho, lo pobres actuales viven con una cantidad de lujos impensables incluso para las personas más ricas de los siglos precedentes; hemos asistido a un aumento extraordinario de la esperanza de vida, de los recursos médicos, de los intercambios culturales, de los niveles de educación y de un sinfín de otros indicadores que señalan a los últimos 75 años como la mejor época histórica en que cualquier ser humano podría tener la suerte de haber nacido.
Estos éxitos se han producido, de forma difícilmente cuestionable, gracias al capitalismo y a la globalización, realidad que se aprecia claramente en el hecho de que todas las naciones que hoy consideramos prósperas combinan ambos factores, al tiempo que todas las alternativas, más o menos loables, que se han puesto en práctica han fracasado estrepitosamente. Deshonrosos ejemplos como Camboya, la URSS, Cuba o Venezuela, entre otros, dan buena cuenta de ello.
Ahora que la humanidad se encuentra paralizada, debatiéndose sobre qué camino seguir, conviene más que nunca tener presentes estas cuestiones. El nacionalismo y el socialismo, aliados en la práctica, han traído enfrentamiento y miseria. El capitalismo y la globalización, ambos fruto del pensamiento liberal, han sido los artífices de las décadas más prósperas en la historia del ser humano.



