
Inicio esta columna “en familia” recordando una conversación telefónica con mi padre sobre la reactivación social en la desescalada; y ambos, personas muy activas, percibíamos esa sensación de pereza y desmotivación a la rutina diaria. Y ahora que podemos salir, ¿qué nos pasa? Hemos pasado de una sensación de angustia al vernos obligados a estar encerrados y aislados y ahora, tras 50 días de aislamiento social que nos permiten salir y comenzar poco a poco la vida social, resulta que muchos nos encontramos a gusto y no tenemos la necesidad de salir del lugar seguro y conocido.
Como la mayoría de cosas este fenómeno tiene nombre y su origen está en los colonos americanos que debían permanecer largos inviernos cubiertos de nieve sobre sus cabañas hasta el inicio de la primavera, momento en el que algunos no querían salir. Hemos pasado de la fiebre de la cabaña, con inquietud y desconcierto a permanecer cerrados sin libertad de movimientos al síndrome de la cabaña, el miedo a salir por el confort, seguridad y tranquilidad del hogar.
La desescalada no nos afecta de igual manera a todas las personas, pero todos tenemos en común que tenemos que enfrentarnos a la nueva situación de desconfinamiento. Unas personas pueden tener miedo a salir por su miedo al contagio real del virus, sobre todo si han sufrido pérdidas, tienen seres queridos enfermos, han tenido el virus, son de riesgo o son hipocondriacos, y otras personas pueden tener miedo a exponerse de nuevo al contacto social, sobre todo, si han estado muy desconectados y asilados socialmente.
De una u otra forma, este síndrome no se reconoce como un trastorno psicológico, pero sí es una reacción normal como consecuencia del confinamiento. Sufrimos las consecuencias psicológicas de un período alargado de aislamiento y sin contacto, y necesitamos para reducir este malestar ir retomando de manera gradual las actividades del día a día, intentando volver al estilo de vida anterior adaptado, eso sí, a la nueva realidad.
En este punto me detengo en la personalidad de cada uno para hacer frente a los cambios. Si soy una persona más rígida y veo la situación con unas gafas preocupadas, ansiosas y catastrofistas mi adaptación evidentemente será más lenta y veré la cabaña, el hogar, como un refugio ante la amenaza mundial. Si, por el contrario, soy una persona más flexible y utilizo unas gafas realistas, objetivas, solidarias y racionales mi adaptación a esta o cualquier situación será más ligera. Será cuestión de graduar la vista mental.
Otra cosa son las consecuencias psicológicas por las secuelas ante situaciones de trauma vividos que podrían derivar en trastornos de estrés postraumático (pérdidas, hospitalizaciones, vivencias en primera línea); la rabia, ira, frustración por la percepción de sueños no realizados (viajes, bodas, comuniones,), la falta de empleo o pérdida de negocio que pueden derivar en ansiedad o depresión. Las experiencias personales de cada uno van a llevar secuelas emocionales diferentes en cada persona, familia, grupo de trabajo.
Es inevitable no sentir, es inevitable no sufrir, pero si recalculamos ruta y hacemos frente al miedo o a la decepción que sentimos, lo hacemos más pequeño. El miedo realmente nos quiere proteger y defender de una amenaza y nuestro instinto de supervivencia, cerebro reptiliano, se pone en alerta para cuidarnos. Solo exponiéndonos y haciéndole frente al miedo, se supera. Solo tú decides que hacer con él.
Feliz semana.



