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ENTRE TÚ Y YO

Las edades de la vida y el pacto intergeneracional

Javier Escolano Miércoles, 03 de Junio de 2020 Tiempo de lectura:

 

Mi propósito es trasladarles una reflexión sobre las “edades de la vida” y “la confianza entre generaciones”. Y para ello, les propongo compartir el viaje personal que ya inicié hace un tiempo, sobre los vehículos propulsados por la investigación científico-social de varios intelectuales, cuyas obligadas paradas fueron:

 

1º) La mayor importancia de la infancia y la senectud, entre las edades de la vida.

 

Desde la Grecia Antigua, solemos dividir la duración de la vida humana en tres etapas: juventud, madurez y vejez.  Esta clasificación obedece, como nos dice ARISTÓTELES (‘La Retórica’), a la observación de la naturaleza; en concreto, del ciclo del sol durante el día: salida, cenit y ocaso; que, además, metafóricamente, se extiende al ciclo vital de las civilizaciones y, en general, a todo proyecto humano.

 

Esta clasificación se ha mantenido, esencialmente, durante milenios, hasta el descubrimiento de la vital importancia de la infancia y la extensión de la senectud más allá de los ochenta años de vida.

 

Se dilata la juventud y se extiende la ancianidad; lo cual implica que puedan coincidir en un mismo tiempo y espacio hasta cuatro generaciones biológicas: hijos, padres, abuelos y bisabuelos. Con el inexorable distanciamiento entre las necesidades, visiones, valores y creencias de generaciones tan dispares. De este modo, mientras los mayores cobran pensiones durante más años, haciendo saltar por los aires los cálculos actuariales y las previsiones de los sistemas públicos de pensiones y solicitan una adecuada revalorización e incremento de sus percepciones, que consideran injustas. Los jóvenes, pese a su preparación y formación de lustros, se encuentran sumidos en el “precariado” con ingresos inferiores a las pensiones más altas; lo cual les impedirá tener en el futuro similares pensiones públicas. Además, las siguientes generaciones tendrán que pagar durante años, la enorme factura del endeudamiento público actual que, entre otros déficits, cubre el actual sistema público de pensiones.

 

[Img #71145]

 

2º) La infancia como determinante del éxito o dificultades en las edades posteriores.

 

Sin duda, los primeros años de vida de una persona son cruciales en su desarrollo físico, emocional e intelectual. Por eso, una sociedad que no se avergüence de sí misma, no puede tolerar la pobreza y la desigualdad de oportunidades como entorno que recibe y al cual se ata, a un número no desdeñable de recién nacidos.

 

La genética con la que cada persona iniciamos nuestro recorrido tiene su gran importancia, pero también es determinante, un entorno familiar y social que niega herramientas para el desarrollo integral del nacido.

 

Y, para ello, son necesarias actuaciones en los entornos de pobreza y exclusión para enervar sus efectos negativos; pero también, exigir y apoyar a los padres, para potenciar la fortaleza interior y las capacidades personales de los niños con las cuales afrontar las encrucijadas venideras.

 

En este segundo aspecto, un interesante e importante estudio, iniciado en la década de los años setenta del siglo pasado y continuado hasta nuestros días, por la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva Zelanda en la ciudad de Dunedin; ha concluido como la observación de la personalidad o carácter de los niños a los tres años, permite anticipar como serán sus vidas en la edad adulta. De modo que, los cinco tipos de personalidad descritos a esta tierna edad (seguro de si mismo, 28% de los estudiados; reservado, 15%; bien adaptado, 49%; inhibido, 7%; y subcontrolado, 10%), se han mantenido en los patrones de comportamiento en la juventud y edad adulta, con repercusión en los niveles alcanzados en salud (física y mental), bienestar social y éxito económico.

 

 Y por eso la importancia, entre otras actuaciones, de la atención de los padres, el aprendizaje del autocontrol y el adecuado sueño de los niños (puede verse un vídeo sobre este estudio).

 

3º) La senectud y el envejecimiento no como la pérdida final, sino como posible ganancia personal.

 

Son muchas la corrientes filosóficas y psicológicas que han profundizado sobre las etapas o edades de la vida humana; una de las cuales fue reformulada a finales de la década de los años ochenta del siglo pasado por ERIK H. ERIKSON, en su conocido libro “El ciclo vital completado” (Paidós, Buenos Aires, 1985); en el cual, destaca ocho etapas y sus correspondientes retos: el primer año de vida (lograr confianza con el entorno);  hasta los tres  años (nivel mínimo  de  autonomía personal); de los tres a los cinco años (tener iniciativa propia); a partir de los cinco años y hasta el final de la infancia (ser competentes según los aprendizajes); la adolescencia (establecer la propia identidad); la juventud (intimidad con los demás y con nuestra proyección); edad adulta (producir por las generaciones futuras); y en la senectud (alcanzar la integridad del yo).

 

Con ello se inicia una visión del ciclo vital entendida como una secuencia de encrucijadas, que, si se superan con éxito, suponen una “expansión y mejora” de nuestras competencias y cualidades; y, por el contrario, el fracaso nos lleva a un estancamiento o regresión. De este resultado, positivo o negativo, depende a su vez las posibilidades de superar las siguientes encrucijadas.

 

Así, el envejecimiento, como cualquier otra “edad” o “ciclo” de la vida, es un proceso abierto que puede suponer tanto pérdida (aislamiento, culpa, depresión y temor a la degeneración física y mental como a la muerte), como ganancia (asumir los éxitos y fracasos anteriores, ejercitar la capacidad creativa y el compromiso con los demás).

 

Todos conocemos casos de personas, tanto famosas como de nuestro entorno, que han sabido envejecer e, incluso, han dado lo mejor de ellas, llegadas a la ancianidad.

 

Pero esta visión no puede suponer, que aquellos de nuestros mayores que no hayan sabido o podido envejecer positivamente, deban quedar “cosificados” como material de deshecho, a quienes se pueda despojar, primero de su condición de “ciudadanos plenos”, y,  después, de sus derechos, no solo económicos o de acceso a los servicios y prestaciones publicas,  sino inherentes a su dignidad humana nunca perdida; y, en último término, canalizarlos hacia la eutanasia, no tanto como fin precipitado voluntario, sino como camino más eficiente predispuesto por la comunidad.

 

Por desgracia, en el Reino de España tenemos muchas preguntas sin respuesta y una investigación por concluir, sobre el trato dispensado y la asistencia sanitaria prestada a nuestros mayores durante los meses de pandemia.

 

4º ¿Será posible un pacto entre generaciones más equitativo y con visión de futuro?;

 

La cuestión la plantea el profesor de filosofía de la Universidad de California, REMO BODEI (Cagliari 1938), en su libro (que recomiendo) titulado: “Generaciones: Edad de la vida, edad de las cosas” (Editorial Herder, 2016). En cual reflexiona sobre:

 

  1. La situación actual de la juventud extendida (“cuando se le ha pedido que no crezca demasiado”), la madurez restringida y la vejez prolongada (casi esperanzada con la inmortalidad).
  2. La aceleración de la historia que impulsa una rutilante sucesión de las generaciones (entendidas “como conjunto de coetáneos” que comparten experiencias relativamente homogéneas); que deja reducida su dimensión temporal a un máximo de quince años
  3. La imperiosa reconstrucción del puente temporal entre generaciones biológicas que fortalezcan los vínculos sociales y confianza.

 

Y, para eso, cree necesaria una justicia redistributiva ampliada (“…que devuelva a todos, material o simbólicamente, parte de cuanto cada uno ha recibido o tomado de los otros”) y un objetivo claro entre generaciones de “restitución” no individual (“Lo cierto es que cada uno de nosotros aporta muchísimo menos al desarrollo de nuestra especie de cuanto le ha sido dado por la lengua, por la familia, por la cultura, por las instituciones, es decir, por la aportación de todas las generaciones precedentes. Sin embargo, por ambicioso que pueda parecer el objetivo de la restitución (puesto que, como individuos, nunca conseguiremos pagar la deuda que hemos contraído), cada uno de nosotros deja el mundo con condiciones distintas a como lo ha encontrado y a como, según sus capacidades, habría podido mejorarlo”.

 

En definitiva, hay tarea para cada uno de nosotros y para todas las generaciones.

 

Queridos lectores, en quince días, volveré a compartir otros temas de reflexión encontrados en los libros.

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