
“Corre, corre, que no llegamos”; “no te pases”; “para antes de actuar”; “esa no es la dirección”. No sé si el lector ha viajado, aunque sea por un instante, por los pasillos de su casa o por las advertencias de sus padres ante los peligros de saltarse una regla familiar. En la calle existe un código de circulación con sus propias reglas que garantiza una armonía y no solo evita accidentes y multas y en las casas cada familia también tiene su propio código de convivencia que permite la circulación de los miembros con la amenaza de daños estructurales y desequilibrios emocionales si se hacen trampas.
Es fácil, a través de un semáforo, ver la analogía entre la convivencia en la calle y la convivencia en la casa ya que en ambos cohabitan reglas que rigen nuestro comportamiento. Hay que ver cómo a través de un cambio de colores todo cambia y cómo todos deberíamos saber y respetar lo que debemos hacer para facilitarnos la vida. Pero no siempre están claras las reglas del juego.
El semáforo en el hogar controla las funciones de la estructura familiar y si no se respeta, el color y el orden, se produce un caos por inversión de roles. Para entender lo del orden y lo de roles se me ocurre el ejemplo del jefe. Todos conocemos de más cerca o de más lejos lo que es tener un mal jefe. A nadie le gusta aquel jefe que no pone claros los límites, aquel que dice una cosa y después hace otra, aquel que no delega en su trabajador responsabilidades; sea cual fuere.
Un mal jefe genera angustia, malestar y por supuesto mala relación por incoherencia laboral. Los padres no somos buenos jefes si dejamos que nuestros hijos decidan qué comer, si no le dejamos claro la hora de acostarse o si le cambiamos cada día la franja horaria para el uso de las máquinas, entre otras. Para intentar ser los mejores jefes de los hijos, debemos saber que los padres están arriba y los hijos están abajo, como los colores del semáforo y no debe ser de otra manera. Dicho de otra manera más directa, que los padres mandan y los hijos obedecen. En consulta una de mis preguntas favoritas e inevitables es quién manda en casa. Las respuestas son variopintas. Desde yo, el abuelo, a “estos” o mi madre. Algunos creen tener claro que son los padres pero en su discurso tienen la fantasía de ser ellos los que mandan, toda una ilusión aunque también una realidad en las casas. Siguiendo el orden de los colores nos encontramos con el color rojo, que indica control parental, por lo que los padres son los que tienen la potestad para ser los únicos responsables de intervenir en la logística de la casa, como organización de horarios, comidas, salidas. Vaya desorden cuando son los menores o hijos mayores, en algunos casos, los que deciden sin lógica cómo gestionar una casa. El color verde, sin embargo, da paso libre al hijo en su estilo personal, ya sea peinado, música, ropa, siempre en función de la edad del menor, y vaya retraso en su confianza personal cuando los padres deciden sobre esos menesteres; y el color naranja, previene de algún peligro, si lo hubiere, porque viene a ser decisión del hijo pero con supervisión paterna, es como ya puedes elegir pero compruebo que tus elecciones son correctas, como hacer deberes, orden de la habitación, amigos, lugares dónde va…
¿Qué ocurre en este recorrido cromático? Pues que muchas veces por falta de equipo entre padres por discrepancia educativa; por carácter del hijo, sea impulsivo o reservado; por diferentes estilos paternos, autoritario o pasivo, al semáforo le cambiamos el color según necesidades familiares o personales pero no educativas. Imaginamos y entendemos porqué hay tanto atasco circulatorio e incluso accidentes domésticos en los hogares, y no me refiero a una caída, cuando los hijos intentan suplantar a sus padres y hacen lo que no deben, que es MANDAR o cuando los padres dejan a sus hijos DECICIR en cuestiones para las que no están suficientemente preparados. Resumiendo, el color, sí importa.
De manera improvisada, como la vida misma, dedico este artículo a D. José Frutos MIcol, abuelo de mi sobrina Paula, que hoy ha tenido la triste experiencia de perder a su abuelo.
Hasta el próximo miércoles, queridos lectores digitales.



