
¿Pero cuándo deja de ser la edad de protestar y de desobedecer? pregunta una madre mientras hablamos de los problemas que tiene con su hijo para que sea responsable. No hay una edad cronológica para la responsabilidad, un momento vital que diga que a los 7 años tu hijo ya va a hacer esto, pero sí hay una evolutiva en la adquisición de habilidades para poder ocuparse de sí mismo. El ritmo de este aprendizaje va a depender de lo que el hijo quiera hacer y de lo que los padres le enseñen hacer.
Los padres tienen la fantasía de que su hijo un día hará lo que tiene que hacer por “magia potagia”, por el devenir de la vida o porque han peleado mucho para que se produzca la merecida independencia. Y esto no ocurre muchas veces porque no se ha cortado el cordón umbilical, ese que nutre al hijo hasta años después del parto y que complica el nacimiento de su autonomía.
El origen de la palabra responsabilidad proviene del latín “respondere” y significa respuesta; por lo que hacer hijos responsables no se simplifica con hacer tareas, ni hacer lo que los padres mandan, es más profundo y educativo, ya que implica ayudar a nuestros hijos a responder en la vida. Y este proceso no es fácil, es una carrera de fondo que precisa de la disponibilidad, presencia y paciencia del padre para enseñar y para respetar el aprendizaje del hijo lleno de ensayos y errores.
Una trampa muy común que demora el traspaso de responsabilidades y la autonomía es cuando el padre piensa “es más fácil si lo hago yo” y tal vez se hace para evitar discusiones, por comodidad o por perfeccionismo, pero no evita el conflicto posterior cuando la demanda es otra. Esta forma de actuar le ayuda al padre a sentirse querido y necesitado, pero descuida las necesidades del hijo para que sienta “yo puedo” o “yo valgo”. Y aunque no es el momento en este artículo, abro un melón para otra ocasión. Y es que los hijos no cubren las necesidades de los padres, es al revés, los padres cubren las necesidades del hijo.
La necesidad real del padre es ayudar al hijo a responder en la vida, por lo que su compromiso es ayudar para que lo hagan y no ayudar para que lo hagan ellos. Es muy común que no haya equilibrio en esta ayuda y los padres terminan haciendo lo que tendrían que hacer los hijos o si lo hacen los hijos es con un gran desgaste emocional. Os propongo en esta balanza familiar una fórmula mágica que no falla, “menos es igual a más”, que significa que cuánto menos haga el padre, más tiene que hacer el hijo. Me viene a la cabeza padres que siguen vistiendo a sus hijos, les dan de comer, recogen sus juguetes o hacen los deberes con ellos como si estuvieran cursando de nuevo primaria o secundaria. En mente también tengo a los padres que opinan que sus hijos ya tendrán tiempo de conocer el mundo real del trabajo y de las responsabilidades y creen que la infancia es sólo para disfrutar, perdiendo de vista que son aprendices de la vida y que están construyendo sus casas mentales y emocionales; casas, en ocasiones de paja, que les soplas y se caen, como en el cuento de los tres cerditos. Es una paradoja pero ayudar demasiado a los hijos les resta poder. Son hijos frustrados, irritados, caprichosos, egocéntricos, inseguros, tiranos.
Como un trabalenguas juego a decir que ayudar no ayuda, cuando ayudas a alguien que puede hacer algo sin necesidad de ayuda. La ayuda debe ofrecerse cuando ha sido solicitada y debe ir dirigida a ayudar al hijo a que utilice sus propios recursos para solucionar el problema. Es lo que se llama pensamiento divergente, que propone alternativas a los problemas, pero no la solución del problema (qué puedes hacer o cómo lo harías), a la contra del pensamiento convergente, que cierra todo posibilidad de autoayuda (tú lo que tienes que hacer). Una ayuda no es válida cuando lo que se satisface es la necesidad del padre en ayudar en lugar de la necesidad del hijo de ser ayudado. Sobreproteger no protege porque menos es más.
Espero les ayude a reflexionar. Nos vemos el próximo miércoles.


