
Realmente no sabemos si los niños sienten alguna emoción al venir al mundo, nada se conoce al respecto, aunque existen teorías que hablan de ese primer viaje, a través del útero materno, a la vida.
“¡¡¡Mamá!!!” No puedo más… te necesito, te necesito tanto. Esto es lo que yo oía cuando mi madre estaba a punto de lanzarme al mundo. Ella estaba asustada y yo mucho más. Era una llamada de socorro a su madre, mi abuela, que ya no vivía, como queriendo evadirse de tanta responsabilidad, una descarga de todo su desaliento y su miedo que yo procesaba como algo que no había funcionado allí, en ese lugar tan cálido, donde tan bien me encontraba.
Recuerdo pequeñas cosas de esa etapa mientras se gestaba mi vida. Un peso que llevo a cuestas, una fea herencia temprana que me hizo responsable antes de tiempo. Antes de nacer diría yo. Ahora intento adivinar a qué se debía ese drama interior de mi madre que, de forma tan concreta, antes y después de conocerme, yo percibía. Su impaciencia y su ansiedad, sus lamentos, su tristeza. Sí, una mujer o, mejor dicho, una joven, muy triste. Cuando me puso en sus brazos por primera vez no sentí calor ni energía en su tacto. Lo lógico es que estuviera loca de alegría, yo era su hijo y debía sentirse aliviada al conocerme. Mis percepciones de embrión y después como feto eran un tanto escasas, pero sentí que me trasladaban sin mi consentimiento a un espacio nada bueno; mi madre no estaba contenta, y yo tampoco. Con este principio mi sentido de culpabilidad se desencadenó como una brecha insalvable, no me dejó apreciar el amor que había detrás de ese miedo que los dos sentíamos; no hubo conexión en esa realidad crucial de la vida humana a través del cordón umbilical, ese órgano tan delgado y tan largo del que había dependido tanto tiempo. No comprendía nada, solo que me había prestado su cuerpo durante cuarenta semanas, y que mi venida al mundo resultaba un drama del que tenía que sentirme culpable. Mi madre nunca me cogió en su regazo con ternura, me abrazó y me acercó a su pecho para que me alimentara de ella. Pensé que hubiera sido un placer maravilloso para los dos, estrecharíamos lazos de amor que durarían toda la vida. Pero no recuerdo esa intimidad entre nosotros. A pesar de esa carencia crecí sano y fuerte; me lo había propuesto sin saber mucho por qué, y también que sería bueno no molestar ya que el interés hacia mí era mínimo: quiero decir lo justo para mantenerme en unas condiciones razonables de supervivencia. Yo nací pensando mucho, demasiado. Intuía que no lo iba a tener fácil. Empezaba mal. Lo que más me dolía era el recibimiento que mi madre me había hecho, -¿por qué?- pensaba -¿qué me esperaba fuera?- Nada más abrir los ojos por primera vez creo que me hice responsable de mi familia: bueno, de mi madre y de mí. Lo que me había encontrado no me gustaba nada. Y No tenía más remedio que pensar cómo solucionarlo para poder vivir como una familia de verdad, si es que a lo nuestro se le podía llamar así…”
Hoy 12 de junio es el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Nada menos que unos 152 millones de niños trabajan en el mundo: sin escuelas que los amparen ni juegos que los hagan ser niños, sufren el peor de los maltratos. Y si trabajan hay que pensar que tampoco las cosas irán bien en sus familias, con lo cual la alimentación, sanidad y recursos como los cuidados apropiados les están negados, sin oportunidades de ser como los demás niños. Expuestos a trabajos en ambientes peligrosos y de esclavitud, estos pequeños se convierten en carne de cañón, muchos acaban en la calle, sin nadie que los reclamen y su vida acabará en una encerrona existencial. Una de las metas de Desarrollo Sostenible exige poner fin al trabajo infantil para 2025. Es verdad que en países de ingresos medios bajos hay más incidencia, con trabajos remunerados y otros que no lo son, sin peligro para ellos, aún así pueden comprometer su desarrollo físico social y educativo cayendo en muchos casos en el consumo de drogas y prostitución.
La salvación para muchos estos niños sin objetivos, que fácilmente acabarán en la calle supone un trazo muy pequeño entre la miseria y una vida digna; basta con que haya personas comprometidas y altruistas, que dicen cosas tan duras como: “Hay niños que viven en una permanente violencia en casa, hasta el amor se expresa con ira”, palabras de José Antonio Abreu: músico, economista, político y educador, fundó el Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela (Premio Príncipe de Asturias de la Artes 2008), e integró a chicos marginados, ya que el 85% de esos jóvenes pertenece a las clases más oprimidas. Cada día los alumnos agarran sus instrumentos y se dirigen a cualquiera de las 120 escuelas y más de 1000 orquestas organizadas, desperdigadas por los barrios, pueblos, selva, ahí es donde su vida cobra sentido, dicen ellos, aprenden a superarlo todo. También genios como Gustavo Dudamel, director de orquesta siguiendo los consejos de su Maestro Abreu, continúa trabajando en proyectos donde no hay fronteras con su programa revolucionario “El Método”, que aloja a miles de jóvenes de la marginalidad gracias a la música
Claudio Abbado participante en alguna ocasión dijo: “He venido con mi orquesta, pero de lo que se debe enterar el mundo es de lo que tienen aquí.
¡Hasta la próxima semana!
Ángeles Hernández-Gil

