
Recordando esta semana mi infancia me venía a la cabeza la letra de un juego popular que mi vecina de la playa nos repetía todas las noches “suelto al perro, suéltelo usted; y si os muerde, déjelo usted…” Todos los de la urbanización nos escondíamos. Todavía recuerdo con mucha emoción el momento en el que me buscaban y me pillaban. O los ratos de parchís con el eterno cachondeo de mi padre que hacía equipo conmigo y nos unía en familia. ¡Impresionante!
Hay familias que encuentran ratos para juegos de mesa y es para envidiar porque la realidad de muchas casas es que con la llegada de la era digital se han sustituido esos ratos familiares y de ocio con iguales a una modalidad remota, que separa a sus miembros y reduce la sociabilidad. En consulta tengo casos de hijos que no quieren salir los fines de semana para seguir conectados en red y no porque la salida sea la clásica visita a los abuelos, que va, la salida tiene el atractivo de dar un paseo con la recompensa de un burguer o un helado. Y si los padres insisten lo pueden conseguir aunque con muchas resistencias y con boicot a la excursión urbana, pero si los padres se sienten débiles o están cómodos en sus casas entonces no hay resistencia y hay sumisión a las máquinas.
Entonces los padres le damos de comer al bichito de internet, creando en la cabeza del hijo el nido de pajaritos que pían constantemente con sus picos muy abiertos para conseguir comida. Y dejamos que nuestros hijos le den la comida diaria para callarlos por un rato. Pero al rato vuelven a piar y le vuelven a dar de comer, instalando la adicción en sus cerebros por el abuso incontrolado de las máquinas. Según estudios, hay una exposición a las máquinas de hasta siete horas, como si se tratara de una jornada laboral, sometiendo al hijo a una “explotación infantil intrafamiliar” por el desempeño de una actividad que afecta a su desarrollo.
No son discutibles las bondades que tienen las nuevas tecnologías sobre la mejora de ciertas habilidades, coordinacion, reflejos y hasta de razonamiento lógico y memoria visual y auditiva, pero tampoco se discuten las desventajas de dejar aparcados a nuestros hijos delante de las pantallas como si fueran nuestros canguros ante el teletrabajo o el hermano mayor mientras descansamoss o pasan el día en casa; con gritos desde sus cuartos por las altas dosis de adrenalina y sin habilidades sociales, sin comunicación en la familia y desmotivados por actividades distintas a los dispositivos. Tampoco son discutibles los signos de dependencia y abstinencia. Están agresivos e irritables si no pueden conectarse, frustrados si tienen que hacer otras tareas, aliviados al enchufarse y sólo interesados en temas de dispositivos y juegos.
Lo grave es que durante este abuso el cerebro estimula los circuitos del placer y sólo responde a la gratificación inmediata y no a la recompensa a largo plazo. Traducido al castellano significa que a los hijos les cuesta todo lo que requiera un esfuerzo, procesos como atender, concentrarse, estudiar o demorar algo es incompatible con la gratificación inmediata. Entendemos ahora porqué les cuesta estudiar, hacer deberes, salir a la calle, comunicarse con la familia, incluso autocuidarse; algunos, los más grandes, se olvidan de comer, dormir o ducharse.
Para terminar, como cualquier juego, los padres deciden cuando parar o cuando la partida termina. Y si no lo saben, tendrán que coger el dedo y aprender a darle al botón que todas las pantallas tienen para que el hijo entienda el game over. Y se hace con un límite de tiempo establecido y ofreciéndoles alternativas de ocio por la dificultad del cerebro a responder bien al aburrimiento y a la inactividad.
Como dijo Michael Levine “tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista”. Nos convertimos en padres cuando le damos al off. Game over.
Nos vemos el próximo miércoles con otra reflexión en familia.



