
Si te pido que pienses sobre cómo eres seguro que te vienen rápido varias palabras a la cabeza por la infinidad de veces que las has oído; yo soy responsable, nervioso, hablador, tímido, vago, como si fueran características innatas que no tienen posibilidad de cambio en lugar de comportamientos adquiridos que nos definen en un momento determinado. No es lo mismo ser que comportarse porque no es lo mismo ser impuntual que llegar tarde; fracasar que ser un fracasado; ¡no es lo mismo! Como dice Alejandro Sanz en su canción.
Una de las grandes distorsiones cognitivas que nuestra mente utiliza para clasificarnos son las etiquetas. Pero a la vez que nos clasifican también nos limitan y encasillan dentro de moldes cognitivos y emocionales, tanto de optimización o negatividad como de optimismo o pesimismo. Y entonces caemos presos de una realidad contaminada que aceptamos a pies juntillas, como le pasó al elefante encadenado de Jorge Bucay en el libro “Cuentos para pensar”, que creyó que “no podía” y con el paso del tiempo no lo volvió a intentar, destinado a estar atado a la estaca toda su vida.
¿Cuántas estacas nos atan en la vida? “No puedo”, “no valgo”, “soy malo” “soy poco importante”, dándole de comer al personaje engañado que nos creamos por mensajes parentales. Con el tiempo estos mensajes se convierten en mandatos con discurso propio para afrontar los problemas de manera irracional. Imaginamos ahora lo determinista e injusto que es para nosotros, no poder decidir cómo responder porque actuamos como si fuera una profecía autocumplida, creyendo lo que somos y comportándonos de forma desfasada por falta de actualización de nuestro programa interior, a pesar incluso de conseguir cosas y haber cosechado triunfos. Por experiencia, todos sabemos lo fácil que nos resulta ayudar a un tercero en un problema viendo lo irracional de su discurso, lleno de razones surrealistas que le hacen sufrir, con conclusiones apresuradas y anticipadas, como el árbol que tapa el bosque; que ayudarnos a nosotros mismos, con nuestra película subjetiva. Está claro que muchas veces lo que creemos que ocurre no está ocurriendo porque en realidad vemos con la mente y no con los ojos, sea verdad o no.
Pero si en mi cabeza tengo mensajes negativos en mi cerebro se activa una alerta como si hubiera un peligro real y aunque esas palabras no representen una situación real, reaccionamos ante ellas como si estuviera ocurriendo de verdad, aumentando la producción de cortisol por el estrés y afectando nuestra capacidad para tomar decisiones justas. Según la teoría del cerebro triuno se produce un apagón de los lóbulos frontales o neocotex y ya no se puede pensar de manera lógica, quedando nuestras actuaciones sujetas a un secuestro emocional, como el piloto automático de un avión. Lo podemos entender mejor cuando, ante bloqueos sociales, se activa la voz interior “se van a reír de mi” y a lo máximo que llegamos, prisioneros de sensaciones limitantes, es a ponernos rojos y no poder decir nada. O cuando pensamos “tengo que ganar” al procesar de manera hostil una discusión con otra persona.
Por suerte todos tenemos al pequeño profesor, esa parte adulta que se activa cuando somos objetivos y valoramos los pros y contras sin dejarnos llevar por las percepciones injustas de un pasado no procesado y de razonamientos emocionales, como si las emociones pensaran. Describir las situaciones en lugar de etiquetarlas nos da la distancia justa para valorar mejor una situación. No es lo mismo ser tonto que hacer tonterías, como decía Tom Hanks en Forrest Gump.
Espero os sea de utilidad a los lectores, por lo menos hoy.


