
Cada vez es más difícil vivir las ciudades. Eso dice Italo Calvino en la presentación de su libro “las ciudades invisibles”. Ciudades extravagantes que Marco Polo, en una serie de relatos de viaje, le hace al emperador de los tártaros, un hombre melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que camina hacia la ruina. Ciudades soñadas, que al recorrerlas escapan de ese ideal y se convierten en ciudades tan comunes como todas. Ciudades, en fin, con todas las limitaciones donde los habitantes engreídos y descreídos, dispuestos a dejar huellas, arrasarán sin piedad como el superhombre de Nietzsche, que ante sus descubrimientos se vuelve despiadado. Como un viajero imaginario inventa ciudades imposibles, las señala y las exhibe atrapadas en sus enigmas invisibles, para la mirada normal.
Aunque quiero apartar la mirada, sin fijarme en nada, retengo los ojos en mi ciudad, sin tener que mirar hacia abajo, sin bajar la vista por donde discurren los pasos a ras del suelo; quedaría atrapada por la carencia de sentido estético; lo bueno y sensible que se gesta en la calle no estoy segura de percibirlo con mesura, con la atención puesta en sus virtudes esperando respuesta. Desgastado y extenuado, el verano aparece como un espectro de lo que han sido los meses anteriores, pues al verano, no a otra época, se le puede añadir el adjetivo invisible, en cuanto que el ciudadano que vive todo el año es precisamente el que la hace invisible con su escasa participación en la época veraniega. “Sálvese quien pueda”. Y es que quien puede sale fuera, a donde sea. Y es que no es una ciudad diseñada para soñar el idilio del momento estival, propio de algunas soledades urbanas sostenidas en el placer de abrazar el letargo. ” De acuerdo, hace demasiado calor” “Sí, pero no es la única ciudad calurosa”. “Claro, es que tenemos las playas” … “Y los nuestros emigran hacia la costa”. Y la piel de toro hace que medio país sea un semidesierto muy favorable para el éxodo a otros lugares, tanto o más cálidos que el propio, aunque la imaginación se pone en marcha para organizar ofertas tentadoras.
Por mucho que se intente, el vacío existencial, invade todas las expectativas. Jamás en mis veranos me he sentido seducida por la ciudad que habito, quiero y deseo conservar como la más agradable, acogedora y templada en las maravillosas estaciones que le preceden. Es una sensación que sufro cada año con más intensidad y pena: no hay nada que renueve el ambiente, cada vez más cargado de calles inciertas, tomadas por bandas mafiosas, con menesterosos que incordian… y no hablo de la gente que por circunstancias se queda en casa, sale a pasear y a disfrutar como puede, sino de una sociedad paralela, extraña, empoderada como un sustrato organizado desde abajo, que se ha apropiado del orden, de la limpieza y la seguridad en las calles, y que nadie se atreve a ponerle freno. Una ciudad manchada, ahora en verano, que sufrimos todos. La ciudad es un símbolo de quien vive en ella y se hace responsable, respetando las normas impuestas para que se conserve hermosa y apacible. Y creo que no merece esta respuesta.
De repente, me encuentro dando vueltas a mi buena voluntad con la idea de encontrar algún rasgo conocido en este desierto urbano que hoy va a aplastarme. Todo sucede de forma inevitable: me acapara la figura de un hombre con abundante pelo blanco y bigote que gamberrea con otros. Llevan botellas, hablan a gritos, se recriminan entre sí. Unos desaparecen dejando bolsas de plástico tiradas en la acera, justo en la puerta de una zapatería. El hombre de la melena y bigote se queda solo, se tumba boca arriba, atravesado en la acera, con las manos debajo de la cabeza. Una chica pasa en ese momento y tiene que saltar a la calle para poder pasar. Aparecen los compañeros, se sientan, discuten y se van todos juntos tambaleándose, dejando un rastro mugriento de botellas y plásticos en medio de la calzada. Son las ocho de la tarde de un domingo de julio. Estoy segura de que no será la única escena de esa tarde…
La verdadera esencia de la ciudad está en los recuerdos, en la familia que traspasa el umbral y transforma en placer el recorrido de cada día. Esa es mi ciudad, donde las vidas más cotidianas y tranquilas se deslizan sin atropellarse. Sé que es la mía, porque reconozco cada rasguño y cada grieta de su superficie y me gustaría contemplarla siempre con satisfacción por el tiempo transcurrido aquí en una actividad permanente. Sí, esta es la ciudad que quiero y respeto, disfruto y vivo.
¡¡Nos vemos la semana que viene!!
Ángeles Hernández-Gil



