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ENTRE TÚ Y YO

Ella

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 17 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

 

Las pequeñas elevaciones se mimetizan con la tierra siempre mirando al cielo, esperando la lluvia, conteniendo la necesidad de dejar caer sus gotas por las pendientes agrestes y deshidratadas. Pero todo es belleza. Una belleza que hay que descubrirla en la calma de la tarde mientras las colinas ásperas exhiben sus siluetas que van cambiando de color, a la par que el cielo deja paso a la luz del atardecer.

 

Las estaciones son impetuosas y vibrantes: la primavera cambia a verde en cuanto las espigas terminan su crecimiento, el otoño podría ser templado, el invierno frío y seco. Los vientos ardientes del verano arrasan el día hasta que llega la noche con suave frialdad, reponiendo el estrago que ha ocasionado.

 

Alrededor de la chimenea arden los sueños más absurdos que nunca se realizaron; brotaron con el fuego vivo y ruidoso de sus explosiones y acabaron con la realidad anónima de otra vida. Ya no siente lo mismo de siempre, de pronto ha perdido la atracción por el espacio que ella recreó. No le inspira más que dudas; el tiempo empleado en él, le parce absurdo. Recuerdo a recuerdo, ha ido clavando en la pared parte de ella y de otras vidas que casi no ha conocido.

 

Ha recopilado un pequeño álbum familiar de fotos, también unos trastos, muebles desvencijados y descoloridos que ya no le dicen nada; o es posible que esté en un momento de esfuerzo constante, que choca de frente con todo lo que le rodea… ha pasado mucho tiempo y el impacto ya no le causa ninguna sensación, al contrario, se siente cómoda porque todo es diferente. Esa parte de su vida estará resguardada ¿por qué no? Como otras etapas, la vida está latente en lo que se ha producido dentro de una persona y para lograr mantenerla a raya no hay más remedio que utilizar la voluntad.

 

Está sorprendida de la capacidad para arrebatar al tiempo el propio tiempo; descansa en el reposo que constituye la serenidad emocional que tanto busca. Entonces ¿qué pretende? Pensó en la frase: “Dicen que el peor castigo para el mentiroso es que no te crean cuando dices la verdad”, y ella no había escapado a esa trampa: ¿acaso soy la justicia? Cerró los ojos esperando relajar los rasgos de la cara, en un esfuerzo por encontrarse bien en su imagen. Le había costado llegar donde se encontraba ahora, siempre luchando por sentirse bien consigo misma, procurando mantenerse en equilibrio a toda costa. Miró con un poco de recelo los días que pasaba en el balneario. Había decidido una semana de soledad, paseos y baños en el mar. Las hojas de los árboles se mecen al ritmo de de la suavidad del aire fresco.

 

El espacioso y anárquico jardín recrea un espacio abierto, decadente: las mesitas de hierro con las sillas haciendo juego, pesadas, un poco incómodas, de otra época. Mientras escribe estas cosas se da cuenta de lo absurdo que es sentirse tan solitaria; aislada entre la vegetación, dando rienda suelta a la novela que se ha propuesto acabar de una vez por todas. Un lugar para perderse entre los distintos departamentos que se dibujaban sin control, sin perspectivas. Se siente creativa, pero duda de dar a conocer estos preciosos secretos que considera tan suyos.

 

Y evoca, en un momento de placentera meditación literaria a Marcel Proust, ese escritor burgués, judío, culto, refinado, homosexual y asmático, como el gran descubridor del mundo interior en íntima conexión entre los recuerdos y las vivencias… Una percepción, captada con matices en apariencia insignificantes, de la realidad, en un tiempo lento y complejo que será fundamental para la novela contemporánea. Y ella se identifica con una fidelidad que va a plasmar en su novela… porque: ¿Qué vida humana no es una búsqueda del tiempo perdido?

 

¡¡Nos vemos. Feliz semana!!

 

Ángeles Hernández-Gil

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