
Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado. Ahora lo veo todo desde otra dimensión...
Hay una zona de mi ciudad que siempre me ha encantado, no sólo por sus calles, sino por todas las vivencias y recuerdos que se generaron en una época de mi vida en la que vivir era sinónimo de compartir, convivir, cantar, saltar, bailar, amar, reír y un sin fin de cosas bonitas, y todo ello con las personas que giraban a mi alrededor. Las que no tenían mi sangre, pero sí mi alma. Las que con mirarte saben en cada momento lo que sientes y lo que estás pensando, las que no son familia de sangre, pero lo son por derecho.
Hoy cuando echo la vista atrás me doy cuenta de la línea tan frágil que separa unas etapas de otras, de que el tiempo no es más que la distancia a veces infinita y a veces inexistente, y que depende de la fuerza de las relaciones que esas personas sigan teniendo un hueco en nosotros como el primer día, o que se diluyan como un poco de azúcar en el agua (dejando su sabor) o que desaparezcan como las olas que rompen en la arena y después retroceden hasta llegar a la calma total.
Y de las primeras voy a hablar, de las que se llaman amigos en mayúsculas, las que bajo ningún concepto se van y permanecen en muchas formas diferentes, pero ahí están. Nos conocen y a pesar de ello nunca se alejan.
- Corre que no llegamos -me decía años atrás mi amigo Jesús- ¡No te pares que nos cierran!
- No puedo correr más que me da la risa - le contestaba yo mientras trotaba.
- Cuando lleguemos coges uno de los cuencos y cuentas las uvas si te da tiempo y si no, nos arriesgamos y si falta alguna pues un deseo menos, jaja - me decía sin dejar de correr.
Jesús era uno de mis mejores amigos, de esas personas que te hacen sentir especial y que quieres tener en tu vida siempre. De los que eliges cuando los conoces porque ese primer encuentro ha sido único y a partir de ese momento se convierten en esa familia que sin ser de sangre quieres que tengan una presencia en ti por y para siempre.
- ¡Venga que ya estamos campeón!, ¡llama!
- Antuán, abre - decía Jesús mientras aporreaba el timbre del bar donde nos esperaban.
Al poco tiempo sonó el interruptor de la entrada y rápidamente entramos, cogimos nuestro cuenco y con la vista contamos nuestras uvas para recibir el año nuevo y pedir nuestros deseos. - Pero... ¿dónde está la tele? - pregunté, ¿cómo vamos a escuchar las campanadas?
- No hay -dijo Juan Carlos- ya tenemos preparada una cuchara y una cacerola, jaja - vamos Roque, que ya es la hora.
Nuestro amigo comenzó a marcar las doce campanadas al compás del segundero y nosotros a llenar la boca con las uvas una a una hasta vaciar el bol y a continuación sonó un grito conjunto: ¡Feliz año nuevo, amigos!
Recuerdos como este tengo muchos, con ese sabor dulce que nos dejan los buenos ratos, de los que te producen emociones imposibles de olvidar. Y ahora que los miro desde esta posición y recuerdo que mi amigo Jesús nos dejó muy pronto para pasar al otro lado, me doy cuenta de que ni la muerte nos ha podido separar y que ahora que yo también estoy en este lado, lo voy a buscar. Seguro que aún me quiere como yo lo quiero a él porque a los lazos tan fuertes ni la distancia, ni los problemas, ni la muerte nos hacen olvidar, ni nos pueden separar.
Te buscaré, te encontraré y te volveré a abrazar y recordaremos juntos tantas y tantas vivencias que dejaron en nosotros un poso de experiencias, sabiduría y felicidad. Te quiero AMIGO.
¡Feliz viernes!


