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Opinión |
Viernes, 22 de Junio de 2012

Fuego contra la crisis

Proclama el Eclesiastés que la risa, el habla y el andar del hombre muestran su corazón... No sé cómo hablarán, reirán y andarán algunos prohombres nuestros que tantos laureles acumularon en épocas de lujuriante abundancia; ni qué corazón podrán mostrar quienes hasta esta devastada orilla nos han llevado, aquéllos que han dejado al país exhausto y al borde del precipicio. Desconozco si con estas ayudas benéficas, que se anuncian, blanquearán su corazón o su sepulcro; pero seguro que se inyectarán con avidez la toxina botulínica tipo A, el bótox milagroso que toda arruga cura. Al final, los independientes auditores, que tanto saben y tan poco cobran, cifran en un máximo de 62 mil millones de euros lo que necesita nuestra banca para su saneamiento; calculen el número de inyecciones botulínicas que llevará consigo semejante esfuerzo.

En estos tiempos de cólera, en los que se nos imponen los valores de un materialismo salvaje, donde nos subyugan los riesgos, las primas y los padrinos, y se nos cuela más de un cara dura, de vez en cuando hay que decir basta... Aunque sea sólo por salud mental, hay que poner coto a este pensamiento único, que nos induce a creer que no hay más  camino que este lodazal en el cual nos hundimos. ¿Y cómo hacerlo sin caer en la desesperación?

El otro día tuvimos la respuesta, o al menos la respuesta al germánico modo. El lunes 18, recibimos una visita deslumbrante en nuestra atribulada Murcia, la del embajador de Alemania. Les resumo su diagnóstico: "Paro por encima de los cinco millones, sistema de pensiones insostenible, déficit estatal y de las regiones casi fuera de control, sanidad pública deficitaria, derecho laboral muy rígido, administración pública duplicada…”. Aunque lo parezca, no hablaba de España sino de la Alemania de antes de las reformas de 2002.

De esta guisa, inició el embajador, Reinhard Silberberg, su conferencia en la inauguración del Foro Nueva Murcia, causando sorpresa y cierto estupor entre el centenar largo de empresarios y autoridades, a los que se les caía la baba escuchándole en el Casino de Murcia. Silberberg comparaba el proceso español de reformas y ajustes con el que Alemania emprendió entre 2001 y 2002. Pero, en ocasiones, las comparaciones resultan más odiosas que nunca... Silberberg sostenía, asimismo, que era un error pensar que la disciplina presupuestaria y las reformas estructurales impedían la creación de empleo, y defendía a capa y espada la reducción del déficit: “No se puede apagar el fuego con más fuego”. Sin embargo, se olvidaba de que el fuego es depurador; y, a veces, no hay más remedio que echarle más leña al fuego... como en las hogueras de San Juan.

No obstante, al brillante diplomático alemán se le agotaron repentinamente las ideas cuando se topó de bruces con la prima de todos los españoles; ese desaprensivo pariente que no hace más que generar un pavor inusitado. El prócer no pudo encontrar más explicación para su auge, pese a las múltiples reformas implementadas y la reciente victoria en Grecia de los partidarios de Europa, que esta atinada sentencia: “Los mercados son 'super-nerviosos'. Con eso tenemos que vivir”....

Sublime; por divinos imperativos categóricos, o por huevos... de avestruz, debemos  convivir con tales homínidos caprichosos y despiadados, hagan lo que hagan y dicten lo que dicten. Triste destino el nuestro. ¿No les recuerda esta fatalidad, en alguna medida, a
la que imperaba alrededor del sumo Big Brother orwelliano? Sí, ya sé que los mercados somos todos. Pero unos más que otros; entre esa multitud de inversores, muchos pequeños y atomizados, los grandes especuladores se llevan la palma… Ganan o ganan: más o menos, ésa es la única incógnita que intentan despejar en sus apuestas. Y sólo les mueve el loable propósito de amasar ingentes cantidades de un dinero, que responde a su llamada como dócil mascota.

Hace sólo unos días, la prima de riesgo de España sobrepasó, por primera vez desde la creación del euro, los 580 puntos básicos y rozó los 584. Aunque después se relajó... la muy veleidosa... Y a saber como estará en este preciso instante en el que usted me lee. Pero, por si le da por hacer de las suyas, le recuerdo que el 23 de abril de 2010, cuando la Unión Europea decidió rescatar a Grecia la prima helena atravesaba la frontera de los 580 puntos básicos. Y en el rescate de Irlanda, que se produjo el 21 de noviembre de 2010, su prima apenas llegaba a los 512. Los mercados juegan con la prima de todos, como Big Brother con sus acongojados ciudadanos; y sus movimientos son inescrutables.

En la novela '1984' de George Orwell, Big Brother, ese enigmático Gran Hermano que manejaba los hilos todos, nunca llegaba a aparecer, ni siquiera se mencionaba su nombre real; podría ser cualquiera, incluso podría tratarse de una soberbia invención, una inefable arma propagandística, para infundir un miedo cerval a la población y conseguir su obediencia ciega. Por si esto no fuera suficiente, el Ministerio de la Verdad se encargaba de cambiar el rumbo de la historia a su gusto ...  George Orwell era un precursor, y como tal posiblemente se quedara a años luz de lo que ha de venir. ¿Este impenetrable ente, en qué se diferencia de nuestros propios dioses olímpicos, que hacen y deshacen a su antojo?

“No hay motivo para caer en la depresión”, concluía Reihnhardt, era la guinda de su pastel agridulce. El embajador, a mayor gloria nuestra, prevé brotes verdes  para dentro de 18  meses... Vuelven los brotes verdes…  Así pues, señores, si lo dice el embajador de Alemania, no seré yo el que le contradiga. ¿Por qué deprimirse? En consecuencia, no deberíamos obsesionarnos tanto con los rescates dulces o amargos que se avecinan, ni abrumarnos en demasía por las horribles perspectivas de un euro nuestro, menos nuestro cada día. Vivamos felices y despreocupados; trabajemos -quienes todavía gocen de empleo- con denuedo y alegría para pagar impuestos; comamos las perdices que se dejen cazar al vuelo, y quememos en la noche de San Juan todos nuestros negros presagios… Aun a sabiendas de que ya somos lo que no tenemos más remedio que ser. “Vanidad de vanidades -dice el Eclesiastés-... Todo es vanidad”.

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