
Qué frustrante es buscar dónde no hay, como el que busca las llaves debajo de la farola porque hay luz pero que realmente las ha perdido en frente. Y no encontramos las llaves, el amor, la salud, la satisfacción laboral porque no buscamos bien y lo más terrible es que somos conscientes de que no estamos donde tenemos que estar, pero no queremos buscar donde tenemos que buscar. Y entonces me viene a la cabeza la frase de autoayuda “si quieres que te ocurran cosas diferentes, haz cosas diferentes”. Ahí viene el riesgo de cambiar, ir a tierra de nadie, salir a la zona de aprendizaje para ampliar tu zona de confort. Es utilizar la crisis como oportunidad y no como peligro. Esto se hace extensible a parejas, trabajos, amistades, hijos; ocurre en todos sitios, como en botica.
¿Y con qué miramos? La respuesta obvia es con los ojos, pero realmente vemos con la mente y con todo el entramadado de recuerdos y experiencias pasadas y en ellas basamos nuestras decisiones no siempre maduras ni justas. Todos hemos jugado al tradicional “veo veo”. Si te pregunto qué ves en una lámina de un mar al amanecer, seguro que la respuesta sería calma, infancia, refrescarse o por el contrario, calor, día agotador… pero la única respuesta cierta es que se ve el mar, arena y sol. Si hace frio o calor, si me relaja o me agota son sensaciones subjetivas. Confundimos lo que vemos con lo que sentimos; lo que vemos con lo que creemos; confundimos las palabras con los hechos. Craso error. ¡Así nos va!
Como cualquier experimento que necesita de datos objetivos para validar empíricamente una investigación, y de eso sé un rato por mis años de doctorado, las personas tenemos que cuestionar ciertas relaciones y situaciones para confirmar la evidencia. No vale con la buena intención porque todos vamos con buenas intenciones, necesitamos datos objetivos que no enturbien la realidad que cada uno vive. Recuerdo el caso de una persona que iba en autobús y un hombre le daba continuamente con una cartera. Al no parar de golpearle, su cabeza comenzó a cabrearse con ideas negativas que crecían como una bola de nieve cayendo por la montaña. Y cuando ya lo iba a mandar a paseo se dio cuenta de que era ciego. Y zasca mental, de pronto a esa persona le cambió toda la realidad. El estar ciego era un dato objetivo que anuló las malas intenciones del ciego y, por tanto, las ideas que las mantenía.
El problema es que somos mucho más invidentes emocionales de lo que pensamos y vamos dando volantazos por la vida creyendo lo que no es porque quizás ver lo que es me deja en una posición comprometida a mí y prefiero no mirar bien. Si veo la realidad estoy obligado a cambiar. Todo un reto.
Estaréis de acuerdo conmigo que, si yo estoy gris y me cuesta disfrutar de la vida, por lealtad personal voy a ver el lado negativo de las cosas para manchar de gris esa experiencia, porque ante todo intentamos ser coherentes con nosotros mismos. Quedamos atrapados en las mismas experiencias y creencias para evitar la disonancia cognitiva que me haría entrar en conflicto con mis ideas o con mis creencias y comportamientos. Y ante esta discrepancia, seguimos siendo fieles a lo que creemos y no a lo que vemos. ¡Así nos va!
En consulta, practico otro juego de la realidad. Les señalo una mesa y les pregunto qué es eso. Una mesa, respuesta obvia. Y es grande o pequeña; es bonita o fea; es tradicional o moderna. Cada cual responde a estas preguntas según sus gustos y su historial de mesas, pero todos tienen claro que objetivamente es una mesa. Y es que mesa es mesa, en Japón o en Cuenca. El resto de cosas son subjetivas. Si trasladamos este juego a las relaciones interpersonales vemos los malentendidos y frustraciones cuando pretendemos hacer objetivo lo subjetivo. Explicaciones como “si lo hace porque…”; “lo habrá dicho por….”; “si en el fondo…..”, bla, bla, bla. Si no es, no es. Entonces nos damos contra las farolas, como dice mi colega Anna Ferre, a la cual le agradezco hacerme ver que tropezar es cuestión de no estar en presente de indicativo; ahí donde es difícil que te secuestre ningún fantasma emocional. O como le respondí a un amigo que hace poco me preguntaba cómo se puede superar un traspiés emocional y es viviendo el día a día, con las oportunidades que se te presentan con las mesas que aparecen y no con las que te imaginas. Nos ahorramos conflictos y ganamos tiempo.
Invito al lector a que vea bien sus mesas para tener el control de su vida. Y cuando algo no es lo que es que tenga el coraje para quitarse la venda, o como dice mi adorada hermana Yolanda, quitarse la escayola de los ojos.
Hasta el próximo miércoles, con una chispa más de objetividad.


