
Estando la semana pasada tan lejos, a orillas del Amazonas y en estos momentos que viajar se ha convertido en una utopía, no he querido realizar un viaje de vuelta tan largo sin aprovechar para mostraros un lugar que siempre quise visitar y que superó todas mis expectativas, Machu Picchu.
En Cusco, después de aclimatarnos un par de días al mal de altura, amanecimos muy temprano para dirigirnos a la estación de trenes. Esperamos un rato para coger el único transporte que llega hasta la población más cercana, la ciudad de Aguas Calientes. Un tren, no demasiado moderno, con un traqueteo que me recordaba a los viajes de antaño en Feve, viajaba sobre las vías que discurrían paralelas al serpenteo del río Urubamba, que bajaba con un gran caudal de las cimas de los Andes y me hacía no quitar la vista ni un solo instante de ese maravilloso paisaje.
Después de un par de paradas y de unas tres horas aproximadamente con mi nariz pegada a la ventanilla sin perderme nada del recorrido, llegamos a nuestro destino. Lloviznaba, pero por suerte, nos dijeron que solo había algunas nubes en las cimas de las cumbres y que la visibilidad era completa.
Así que nos dispusimos a efectuar el último tramo en los autobuses locales que realizan ese recorrido, acompañados de una guía local. La emoción iba subiendo como la pendiente angosta y sinuosa que nos llevaba a la ciudadela de los incas. Con alguna explicación que nos dio nuestra guía, entramos en la ciudad perdida.
Transmitir las sensaciones corporales que me produjo esa primera vista general sería fácil al lado de la cantidad de sentimientos que desencadenaron en mí, aquel paisaje. A una altura de 2,400 m, acompañado por otros promontorios rocosos, rodeado por el verde de sus tierras fértiles, las formas geométricas de los meandros del río Vilcanota, las nubes densas prácticamente a la altura de tus manos y el cielo coronando tu cabeza, hacían sentir que estabas en un paraje único. (En esta ocasión, os envío unas imágenes donde nuestra guía indígena, nos entona un cántico quechua que retumbaba más en el corazón que en los oídos)
Aunque a día de hoy es un misterio el fin exacto para lo que se construyó, se entiende en muy poco tiempo lo que se pretendía conseguir, la conexión espiritual entre el hombre y la naturaleza. Es tal la energía que desprende este lugar mágico, que te zarandea y remueve interiormente, con la suavidad del algodón de las nubes, y consigue desencadenar un sentimiento desconocido de la madre tierra, como nada ni nadie puede enseñarte sin decir ni una sola palabra.
![[Img #72910]](https://murciaeconomia.com/upload/images/07_2020/8331_foto-27-julio.jpg)
Y esa “Madre Tierra”, no es otra que la Pachamama, divinidad venerada por los indígenas de los Andes, que representa a la Tierra y a la naturaleza en todo su conjunto, también su labor protectora y proveedora. Será efectiva mientras la cuiden.
Cae la tarde y te despides físicamente de un lugar, que ha calado tan hondo, que no puedes dejar de pensar en el viaje de regreso que la Pachamama tiene muchos motivos para descargar su ira por lo poco o nada que la cuidamos.
Si pudiese aconsejar un lugar para ir una vez en la vida, sin dudarlo, sería este.
Próxima parada, Ollantaytambo... ¡hasta el viernes que viene!


