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"Cultura de la cancelación"

"Cancel culture"

Javier Escolano Miércoles, 29 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

 

“Es deprimente ver el nivel de la discusión y el rencor que hay en la sociedad estadounidense.”  Mark Lilla (Detroit, 1956).

 

La cultura de la cancelación” es un fenómeno ligado a las redes sociales y a la facilidad para hacer desaparecer o cancelar todo aquello que, personalmente, consideramos injusto, inadecuado, molesto o simplemente no coincidente con nuestra ideología.

 

Se puede,  silenciar o bloquear en las redes sociales a personas cuyas opiniones, actos o comportamientos nos molestan; pero también se puede “cancelar” a personajes públicos (artistas, políticos, deportistas o científicos), obras concretas (películas, cuadros, videojuegos, libros, música o conferencias) e incluso marcas o productos de consumo.

 

Los defensores de la cultura de la cancelación argumentan que “necesitamos herramientas para hacer justicia social contra aquellos que son injustos”.  El problema es cuando se traspasa el límite de la crítica y se firma una sentencia de condena social, sin incluso haber oído al afectado; por cuanto ser acusado públicamente convierte al afectado en culpable, sin respeto alguno a la presunción de inocencia. La historia nos demuestra que dejar a las masas hacer justicia, generalmente conduce al linchamiento.

 

Recientemente, en este mes de julio, se ha acrecentado el debate sobre la amenaza que la “cultura de la cancelación” puede suponer para la libertad de expresión y la libertad de cátedra o generación de conocimiento.

 

El detonante fue la publicación en HARPER´S MAGAZINE de una carta suscrita por más de 150 intelectuales en la que se denuncia,  esta “cultura de la cancelación”, que constituye una verdadera “amenaza para la democracia. Entre los firmantes estaban Mark Illa, Francis Fukuyama, Noam Chomsky, Gloria Steinem, Margaret Atwood y Martin Amis; y, como literalmente dicen:  “… Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos … La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”.

 

La respuesta a dicha carta, no se hizo esperar, mediante la suscripción por periodistas e intelectuales de otra comunicación enTHE OBJECTIVE”; en la que sus autores (entre ellos, Brooke Binkowski, Jonathan Dresner, Aída Ghávez, Joseph Hernández, Ev Crunden y Stacia Ryder), critican, entre otros extremos, que: “Los firmantes, muchos de ellos blancos, ricos y dotados de plataformas masivas, argumentan que temen ser silenciados, que la llamada cultura de cancelación está fuera de control y que temen por sus trabajos y el libre intercambio de ideas, incluso mientras hablan en una de las revistas más prestigiosas del país … la ironía de la carta es que en ninguna parte los firmantes mencionan cómo las voces marginadas han sido silenciadas por generaciones en el periodismo, la academia y las publicaciones…”.

 

A  su vez, en España, un grupo nutrido de intelectuales, como Mario Vargas Llosa, Fernando Sabater, Cesar Antonio Molina, Luis Alberto de Cuenca, Adela Cortina, Mercedes Monamy o Arcadi Espada, han mostrado su apoyo a la primera carta. En particular, en su escrito de adhesión,  dicen entre otras cosas: “… nuestra preocupación por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son sexistas o xenófobas o, más en general, para introducir la censura, la cancelación y el rechazo del pensamiento libre, independiente, y ajeno a una corrección política intransigente. Desafortunadamente, en la última década hemos asistido a la irrupción de unas corrientes ideológicas, supuestamente progresistas, que se caracterizan por una radicalidad, y que apela a tales causas para justificar actitudes y comportamientos que consideramos inaceptables”.

 

Como muestra de la extensión e intensidad del debate, basta citar el artículo publicado en New York Times, el pasado día 21,  por la profesora de filosofía de la Universidad de Chicago, Agnes Callard, titulado “Should We Cancel Aristotle?” (¿Debemos cancelar a Aristóteles?), en el que, tras preguntarse si ha de borrarse de la formación académica al filósofo griego por “defensor de la esclavitud y contrario a la noción de igualdad humana”; tiene que recordar que “no es nuestro enemigo”; y que: “él puede ayudarnos a identificar los fundamentos de nuestros propios compromisos igualitarios; y su sistema ético puede capturar verdades, por ejemplo, sobre la importancia de aspirar a la excelencia extraordinaria, que todavía tenemos que incorporar a la nuestra”.

 

A mi juicio, el actual debate, tiene mucho que ver, con los aspectos tratados por dos intelectuales muy d[Img #73066]istintos, a quienes recomiendo leer:

  1. Mark Lilla (Detroit, 1956), profesor en la Universidad de Columbia, en su libro “EL REGRESO LIBERAL” (Editorial Debate, 2018), en el cual, analiza la renuncia de la izquierda estadounidense  a construir una política más allá de la identidad. Su diagnostico parte de la renuncia del pensamiento progresista a construir un mensaje dirigido a la sociedad en su conjunto, con una propuesta de un proyecto común, más allá de los debates y posiciones relacionados con la identidad.

 

  1. Alex Kaiser (Santiago de Chile, 1981), abogado, filósofo y profesor visitante en la Universidad de Stanford, autor del libro “LA NEOINQUISICIÓN” (Editorial Planeta, 2020), en el cual, argumenta sobre la “persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI”; y, del que extraigo la siguiente reflexión: “el colapso de la esfera pública como espacio de dialogo relativamente racional, para dar paso al irracionalismo, esto es, a una dictadura de los sentimientos y de ideas enteramente subjetivas acerca de la verdad, lo cual siempre ha sido la antesala de linchamientos y de lógicas de confrontación tribal incompatibles con una sociedad libre”.

[Img #73067]En mi opinión: la libertad implica asumir riesgos personales que son consustanciales a toda acción humana; pero también ha de serlo, la capacidad de razonar más allá de las meras emociones y preferencias personales y, consecuentemente, aceptar la capacidad de errar consustancial a la persona, sin que esto suponga ser definitivamente “cancelado”, a modo de “muerte civil” más propia de tiempos oscuros de nuestro pasado.

 

Por ello, en la medida que acrecentamos la incultura, propiciamos la incapacidad de ir más allá de nuestra “zona de confort”, siempre estrecha, cuyas rejas son los prejuicios, dogmas y tabúes. En definitiva, la identidad personal y de grupo, nunca puedan ser el límite de nuestra experimentación y los cimientos exclusivos sobre los que construir nuestra vida en comunidad.

 

Soy claro partidario de “trabajar el pasado” como he apuntado en semanas pasadas, pero no de erradicarlo, al pretender cancelar obras de arte, opiniones filosóficas y opciones de personajes históricos, simplemente por no haber adelantado lo que hoy son nuestras certezas. Sin darnos cuenta que éstas, son también fruto de los aciertos y errores de aquellos; como los nuestros, serán la antesala de mejores comportamientos en el  futuro. O, al menos así lo espero.

 

Queridos lectores, nuevamente, les animo, a leer y compartir opiniones en un clima de racional respeto, sin que el nivel de la discusión descienda, ni la ira nos confunda; al menos en los próximos quince días.

 

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