Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Otro gallo cantaría

Esther Egea Miércoles, 29 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

 

Es imposible no comunicarse. Incluso el silencio es comunicación, y decimos más sin decir que diciendo, mirando que hablando. Como la mayoría de las cosas el silencio también tiene su versión negativa-evitativa, como cuando no se trata un tema concreto, no se habla de un problema o se cambia de tema sin previo aviso; y tiene su versión positiva-proactiva, cuando la otra persona se centra en ti, te observa, te escucha, leyendo entre líneas palabras y emociones. En esta última versión son difíciles los malentendidos porque me olvido de mí para entrar en ti, en tu mundo lleno de ideas, emociones y acciones. Y surge la magia, la conexión, el estar a gusto porque te sientes reconocido, valorado y, sobre todo, te sientes visto.

 

Pero con frecuencia falla esa conexión por falta de habilidad más que de intencionalidad, como cuando alguien te escucha mirando el móvil o quieres atender a tu hijo haciendo tareas domésticas o leyendo el periódico. Eso no es escuchar, eso es oír. Y es que no es lo mismo oír que escuchar porque oímos, queramos o no queramos, de manera involuntaria por el canal auditivo pero escuchar es un acto voluntario, tenemos que querer, y necesita de una atención plena. Otras situaciones donde falta esa conexión es cuando le preguntas al otro y te repite el discurso como un loro y te dice, ves cómo sí te escucho, a sabiendas que no es lo mismo entender que comprender las palabras; es más te puedo entender porque sé el idioma y lo puedo hacer mirando el móvil o haciendo una tortilla de patatas, pero no te veo a ti, me estoy perdiendo lo que dices y cómo lo dices. Otro momento de desconexión comunicativa es cuando estamos callados, aparentemente atentos pero mentalmente preparando la respuesta o nuestro discurso alternativo, es decir, cuando hacemos un monólogo compartido disfrazado de comunicación. No es lo mismo escuchar que esperar mi turno para responder,  no es lo mismo empatizar que no interrumpir.

 

Comunicación significa poner en común, un significado de comunidad y no de individualidad, incompatible con estar más pendiente de lo nuestro que de lo ajeno. Qué difícil es hablar con alguien, sentirte escuchado, entendido y comprendido y qué mágico cuando alguien te dice lo que necesitas oír sin que se lo digas o sin que tú mismo lo supieras pero que rellena ese hueco invisible. Algunos lo llaman empatía, y lo es, porque cuando escuchamos al otro de manera activa se desactiva el ruido interno que todos llevamos dentro, dejando atrás el  reino del monopolio verbal, los malentendidos y dimes y diretes. Pero superior a la empatía está la mentalización, que es tener en mi mente la mente del otro. Este es el triple salto mortal, el espectáculo más esperado del circo de las relaciones; estar tan despejado mentalmente, sin nubes en mi cielo, que puedo ver el sol maravilloso del otro y las nubes que lo nublan. Ocurre, por ejemplo, cuando tu hijo protesta, y en vez de atender y comprender qué le está ocurriendo y para qué lo hace, activas tu nubarrón y sólo ves que te molesta, que te quiere fastidiar, que es un caprichoso, que quiere salirse con la suya, que es un envidioso, que eres mal padre, que todo lo haces mal, que no controlas la situación… ahí dejas de ver a tu hijo y se disparan creencias e interpretaciones distorsionadas. Pero lo peor no es la dinámica hostil establecida en la familia sino que no has comprendido lo que le pasa a tu hijo, por lo que el síntoma conductual seguirá dando el follón y seguirá protestando. A lo mejor, si lo  miras bien entiendes lo que necesita él y no lo que esperas tú.

 

Vamos comprendiendo que comunicarse no es sencillo y hay muchas pérdidas de información. Cuando hablamos con alguien no podemos evitar seleccionar la información que queremos atender y descartamos otra porque tenemos nuestro propio mapa de carreteras que distorsiona la realidad para entender la realidad. Dicho en castellano, que entre lo que nosotros queremos decir, lo que decimos realmente, lo que el otro entiende, lo que responde… hay una pérdida enorme de información que es caldo de cultivo de conflictos. Por ejemplo, si un amigo te dice “no pude hablar contigo porque me pillaste mal”, se puede entender que está de bajón, que no podía hablar porque había ruido, que no le quedaba batería, que estaba en la biblioteca, que estaba trabajando, que estaba con amigos, que no le apetecía, y así hasta agotar todas las posibilidades mentales. Como no te da más información, si haces interpretaciones lo vas a ver con tus gafas, blancas, negras o grises, según te encuentres y tus experiencias. Pero si le preguntas para obtener un feedback y termina la frase que te empeñas en finalizar y comprendes lo que pasa, ocurre eso, que comprendes lo que pasa y no lo que crees que pasa, que vete tú a saber lo que seleccionas. Es muy fácil enredarte en cuentos inventados que te llevan a historias interminables.

 

Para terminar esta comunicación con el lector me remonto a la Edad Media, cuando las iglesias prohibieron el uso de instrumentos y sólo era posible el canto vocal que necesitaba de buena afinación, ritmo, concentración para que sonara bien. Otro gallo cantaría si entre padres e hijos, jefe y empleados, parejas, amigos se hablara a cappella, escrito en italiano en honor a mi amiga Antonella Buttazzo, que hemos tenido mi hija Elena y yo el gusto de conversar con ella en dicha armonía. Cantar a capela sería como torear sin capote, sin distracciones, sin miedo y con espontaneidad porque el toro que tienes delante ya está centrado y sabe escuchar con el corazón, mirar con los ojos, sabe estar presente, con su radio apagada y su Toñi adiestrada (ya os hablaré de ella). Todo un espectáculo que a veces tenemos el gusto de disfrutar con algunas personas que han aprendido el baile sincronizado, que en Programación Neurolingüística se denomina rapport; sintonía y  conexión con la otra persona que produce la misma comodidad en la comunicación  como un buen sofá en el salón.

 

Nos vemos el próximo miércoles con un poco más de objetividad y de realidad.

 

 

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.