
“Dichoso verano: calor, éxodo, dudas, virus… confinamiento, infierno… encima en las vacaciones todo se relaja, se detiene con la fuerza de la temperatura, con la necesidad de frenar la marcha. Cuanta intimidad personal se puede añadir al día. Esos fines de semana donde la ciudad duerme y no te obliga a ir detrás de algo.” Piensa todo esto cuando sabe que los niños ya no son su obligación y tampoco ellos la requieren. Cuando a la pregunta de “¿necesitáis ayuda?” la respuesta es un leve movimiento negativo acompañado de una sonrisa, como dando una alegría, un reposo, una pausa… “¡un tiempo para ti, mamá, te lo mereces!” Y no hay nada más triste que ese gesto, que a ella, sin motivo, le suena a indiferencia, aunque sabe que no es así; pero se lo parece, le duele. Le hace daño. “¿Cómo creen que me dan una alegría?” Porque los necesita para vivir, para respirar, incluso. Ellos no lo saben. No se lo imaginan… no lo piensan siquiera. Porque es ella la que se fabrica los sueños, las decepciones, la felicidad o la nostalgia. Y no lo soporta. Cada año se hace la brecha más grande; aunque su amor lo supera todo, y sea la persona más independiente del mundo. Aunque no desee hacer ruido… solo pasar desapercibida para no demostrar su sentir. Es un mes, un período corto, o muy largo. Es mucho más. Un trozo de vida que se le escapa. Y este año lo percibe más intensamente, por la inercia del ambiente incierto y con la energía personal más desgastada. ¡Por fin ha podido expresarlo! ¡Bendito desahogo! ¡Cuánto le ha gustado hacerlo! ¡¡Qué peso quitado de encima!!
Las reflexiones ligeras, con trazos de humor han acabado en un monólogo de abuela abrumada. Estos días han llegado numerosos reenviados sobre las abuelas: alegrías y amores desorbitados, abnegación y disposición permanentes, son proyectos mucho más consecuentes cuando se amplían al natural. Ni todas las abuelas son iguales, ni todas son capaces de reaccionar de la misma manera; se generaliza demasiado cuando la sociedad se dirige a ellas, pues las presenta como un gran pastel que se saborea con el mismo placer. La moralina, la figura edulcorada de la abuela, queda a un lado porque ser abuela es patrimonio de toda mujer. Y sabemos que todo lo que se envía es tan dulzón que empalaga. La ficción parece que siempre sobrepasa la realidad, y leer aspectos tan dilatados sobre lo que una abuela es capaz de hacer cada día es una forma de obviar lo que una parte de ella se deja en el intento; cantidad de cosas en un campo abonado por los problemas de todo tipo, donde se adapta como puede, sin esperar nada a cambio, porque su papel es otro. Es el soporte que aguanta los vaivenes, escucha a unos y a otros sin pestañear, mientras intenta meter cuñas de valores olvidados, en desuso, estancados por la rutina diaria. La esencia fundamental para la buena interrelación entre las generaciones familiares está basada en el amor y el respeto. Las abuelas se encuentran en la cima de la pirámide emocional, y de verdad que es complicado estar en esa posición, que parece artificiosa, ya que la prudencia se mueve cerca de una línea divisoria muy controvertida, imperceptible, porque se puede romper con nada. Y si le dan responsabilidad para cuidar de los niños, deben existir ciertos derechos también. Hoy no hay conformidad con lo de: “ver, oír y callar”, y las abuelas ven mucho, oyen todo y callan por la misma lógica de amor y respeto. Porque a una abuela lo que más le interesa es ver a sus hijos felices. Mejor, estables… Lo demás se dará por añadidura. Visto así es perfecto esperar buenos resultados.
Cuidar de los nietos es un rejuvenecimiento a la fuerza; los básicos juegos de la infancia son fantásticas estrategias que los niños consideran mágicas y poderosas. Y es en ese momento cuando se crea una simbiosis particular entre ellos. Y es cuando la abuela empieza a ser importante en su grupito tan particular. Y puede suceder que un día en el parque, con los amigos, a la hora de formar los equipos para jugar al fútbol, con toda inocencia, se oiga una voz muy tenue pero firme: “Yo me elijo a la abuela”. Hay que pensar que casi siempre una abuela es una garantía de bondad asegurada. Aunque tiene sello de caducidad física; los achaques, la salud… quizá, si es prudente, y logra conservarse, durará mucho tiempo activa. Lo más importante es el legado moral que supone la figura inquebrantable, cariñosa, permanente, que asume su papel en el tinglado familiar, imperfecto que no está en su mano resolver. La experiencia práctica de la vida, lo que regala, sin esperar nada a cambio, se ofrece sin reservas al patrimonio enmarañado de la familia. Una persona inquieta que se rige por unas leyes muy distintas, una singularidad o rareza, que la hace única, con toda la capacidad humana desprendida de todo lo humano.
De nuevo cito a Lao Tsé, en un verso que me parece apropiado para terminar pensando cómo nos gustaría a todos mirar a la abuela, o su recuerdo, con este reflejo tan hermoso de su figura:
“Procura que su comida sea sabrosa, y hermosa su vestimenta, pacífica su morada, y alegres sus costumbres.”
¡¡Nos encontramos la semana que viene!!



