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ENTRE TÚ Y YO

Deshojando margaritas

Esther Egea Miércoles, 05 de Agosto de 2020 Tiempo de lectura:

 

Este fin de semana, primero de agosto, se ha producido en muchas familias españolas el cambio de domicilio de los hijos, recogido en el convenio regulador de separaciones y divorcios. Un cambio, en muchas ocasiones no exentos de tensión, tanto por los hijos como por los padres. A muchos hijos, al margen de la edad, les cuesta adaptarse a la nueva casa, con estilos de vida a veces muy dispar al del otro ex­-cónyuge, con el cambio de comodidades, de afecto, de amigos. Pero es un cambio sujeto a derechos y obligaciones.

 

Y es así y así debe ser. Los hijos tienen el derecho y la necesidad de convivir con ambos padres; y los padres tienen el derecho de disfrutar de sus hijos. Siendo una necesidad afectiva y una responsabilidad legal ocurren situaciones dolorosas que deberían ser más propias de series de plataformas de moda que de realidades habituales. Una pena que supere a la ficción porque la realidad es que los padres/madres somos padres con o sin dinero, con o sin tiempo, con o sin trabajo, solos o acompañados y lo realmente traumático para un hijo no es la separación, que hasta puede ser deseada por el conflicto o desamor que ven, sino perder a sus padres y no tener asegurado el pegamento emocional para ser una persona feliz y querida.

 

Como cualquier pérdida, una separación es un periodo doloroso de reajuste personal, donde convive tu duelo emocional con tu responsabilidad paterna; convive la emoción y la obligación porque lo que se divorcia es la pareja, pero los padres siguen casados; siguen siendo padres toda la vida. El cese de la vida familiar no implica el cese del vínculo paternofilial. Esa cuerda no se rompe nunca por más que la estires. Podrá estar lejos, ser más fina, querer esconderla, taparla o enterrarla, pero es una cuerda que no se rompe porque está unida al corazón de tu hijo y sufre por no poder conectar con ese hilo emocional que debería darle seguridad. Y dejamos a nuestro hijo deshojando margaritas al ritmo “me quiere, no me quiere,….”

 

Nos preparan para casarnos con los míticos cursillos prematrimoniales, pero no nos enseñan ni a ser padres y, menos aún, a separarnos o divorciarnos. Como si no fuera importante ni necesitaras de guía en un momento donde te desborda la frustración, tensión, decepción o preocupación. No es fácil romper años de convivencia, ilusiones y un proyecto común pero es necesario que la sociedad eduque ante la ruptura a no vulnerar los derechos de los niños.

 

Tengo la gran suerte en consulta, por mediación familiar, de tener a padres preocupados por cómo hacer este proceso lo menos traumático posible. Los atiendo con caras tristes por los proyectos en común que se tiran por el retrete pero con la seguridad de que quieren lo mejor para sus hijos. Después de explicarles cómo informar a los hijos, con detalles de lo que deben decir y omitir antes de la  salida de uno de los progenitores del domicilio familiar, a todos les da cierta serenidad entre la angustia el saber que la familia no se ha roto, la familia ha cambiado. Y desde esa óptica, ven mejor cómo manejar el nuevo camino que emprende la nueva familia.

 

Las leyes de protección familiar están para garantizar la responsabilidad paterna y su incumplimiento está tipificado en el código penal, castigando al adulto que se comportan como un niño y que necesita de la autoridad para que obedezca con sus obligaciones. La ruptura conyugal no debería romper la coherencia paterna y ambos progenitores tendrían que mantener una relación de apoyo mutuo centrada en la crianza del hijo, en su ejercicio de coparentalidad, de responsabilidad compartida. Hay padres que se creen buenos padres y que están activos en la vida del hijo porque no ponen problemas y están esperando que les informes de lo que ha dicho el profesor, el médico, o el precio y horario de las actividades extraescolares. Eso puede tener otros nombres pero interacción, cooperación y apoyo no lo veo. Hay otros que no son pasivos, sino combativos y se niegan a pagar actividades o que el hijo vaya al psicólogo, por ejemplo, donde conseguir el consentimiento firmado de ambos padres para atender al menor puede ser una proeza, pero tras una conversación madura entienden que el hijo no es de su propiedad, es de su responsabilidad y que por encima de la necesidad del padre  prevalece la salud del menor.

 

Para finalizar esta reflexión profesional, todos los miembros del sistema familiar pertenecen a la familia y no pueden dejar de formar parte. Pertenecer a la familia mantiene el equilibrio y se produce un gran desajuste cuando los  hijos son desatendidos o abandonados o cuando el padre es excluido de la familia. Cada cual que piense en qué grupo se encuentra. Y esto es lo que realmente lastima a un hijo, perder a un padre o a una madre, por el hecho de no hacer vida conyugal. Y aquel padre, que habrá un montón, que no se identifica con este discurso de dejación de funciones paternas y sí de responsabilidad, le sirva como refuerzo positivo de lo que debe hacer un padre; cubrir las necesidades de un hijo. ¡Bravo!

 

Hasta la próxima conexión digital. Un abrazo.

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