
Es tarde, casi media noche, pero necesito un rato de sosiego para poder escribir algo que nos conecte. Hace mucho calor y aunque la persiana de la habitación está prácticamente arriba, la cortina no se inmuta y no parece dispuesta a alterarse.
La inspiración, como un poco de brisa fresca, se hace de rogar.
En esta época estival, cuando hay mayor afluencia de veraneantes en cualquier lugar de costa y las horas del día pasan con mucha menos pereza que las horas invernales, hace que tenga menos tiempo disponible para esperar a las musas. Viene a mi mente el seudónimo de “Pereza-Reverte” que me han otorgado mis hijos, entre la ironía y una tímida admiración por el descubrimiento de esta inesperada faceta absolutamente desconocida para ellos (y también para mí), y la fascinación que siento por Arturo Pérez-Reverte en toda su trayectoria profesional.
Cierro los ojos y hago un repaso de los libros y artículos que he leído suyos y les dedico un buen rato para recolocarlos en mi hemeroteca mental. Me han proporcionado buenos ratos tanto en noches calurosas como esta como en frías tardes de invierno, también en cualquier viaje donde siempre han sido una gran compañía. Sus libros entretienen y sus artículos nunca te dejan indiferente.
Hurgo entre todos ellos y rememoro “La carta esférica”, donde en un verano, libro en mano y cerca del mar, viví de una manera muy especial la sensación de ser la protagonista indiscutible de la novela, por transcurrir muchos episodios del libro en Cartagena, ciudad que compartimos de nacimiento.
La cortina hace un ligero movimiento y entra una pequeña brisa que se agradece. Me da un respiro para continuar.
Me evado y rebusco en el pasado la ciudad que he conocido, jugando en mi infancia en calles empedradas donde dábamos rienda suelta a nuestros juegos, los recorridos diarios al colegio donde los amigos perduraban con el paso de los años, los paseos al centro para tomar algo en los sitios más concurridos del momento, que todavía recuerdo como si fuera ayer. Mis primeros aperitivos familiares en el Castillo De Los Patos, la feria en el puerto, mis clases de optimist en el club de regatas, las coca-colas en la cafetería Florida, algún cigarrillo en la plaza de España, unos montaditos en El rincón de Pepe, un aperitivo en Delicias, alguna cerveza en El dos caballos, patatas bravas con receta secreta en La mejillonera, todos los cines, siempre a la espera de algún estreno, que se hacían de rogar por llegar más tarde a las ciudades pequeñas, el Certamen del Cine Naval, un arroz en La Cortina en invierno, las salidas en tropel de aquellos marineros que hacían la mili, un café en la cafetería Cuenca y tantos lugares e imágenes más que harían demasiado extensa la lista.
Amo mi tierra porque he crecido en y con ella. Pero muchas veces se fomenta sentir un orgullo del lugar de origen, la mayoría de las veces irracional, sin objetivad y sin capacidad de crítica, cuando simplemente es un hecho de puro azar.
Al final somos un todo de dónde nacemos y vivimos, una infinidad de emociones en un marco circunstancial. Se pertenece a un lugar porque te vas diluyendo en muchos de sus rincones donde vives situaciones y emociones irrepetibles y únicas con diferentes fondos decorativos que dan forma a tus recuerdos. Nos empeñamos en ser diferentes por nacer en lugares de distinto nombre. Es curioso que en este planeta cada vez más pequeño, podamos querer diferenciarnos tanto solo por unas finísimas líneas geográficas pintadas en los mapas.
Miro el reloj. Ya es demasiado tarde para mañana volver a madrugar, pero decido terminar después de demostrar mi admiración por el actual sillón T de la Real Academia Española y no puedo ni quiero olvidarme de la que fue primera académica mujer del sillón K, con mayúscula como ella, Carmen Conde, siempre presente y referente que nació y vivió en una ciudad, probablemente muy diferente a la que yo conozco, pero con el mismo nombre, Cartagena.
Y como un pequeño homenaje a ellos, de un antiguo tomo de un “GRAN DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO ILUSTRADO” que compré suelto con sus hojas amarillentas del paso del tiempo de una de sus ediciones, he impreso diferentes especies de peces, para ilustrar la dedicación de ambos a las letras y la localización junto al mar, una de las pocas cosas que no han cambiado, de nuestra ciudad natal.
Sólo espero que no os de Pereza-Leerme, y nos reencontremos el próximo viernes.


