
Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado. Ahora lo veo todo desde otra dimensión...
Salta, salta, salta... un, dos, tres... el telón se abrió y apareció una mujer despeinada, de unos treinta y tantos, de aspecto descuidado y con cara de loca.
Yo estaba en el palco principal del teatro, en el sitio VIP ya que ahora puedo elegir sin hacer largas colas para sacar mi entrada, y además gratis (ventajas de mi situación...).
- ¡Qué bien actúa esta chica! - comentaba Irene a su acompañante.
- Es maga novata, pero tiene una carrera prometedora por delante, no cabe duda - le contestó Clara en voz muy bajita.
Las dos veían la actuación despreocupadas, sin imaginar que tenían una acompañante más que observaba la función con ellas. Todo se desarrollaba con normalidad cuando de repente se apagaron todas las luces, solo quedó encendida una vela que formaba parte del decorado del escenario.
- Clara, ¿qué ha pasado?, se ha ido la luz - dijo Irene algo inquieta.
- Eso parece, pero no sé si forma parte del espectáculo o es algo imprevisto…
La chica seguía contando números del uno al nueve y volvía a comenzar la serie de ordinales dando un saltito cada vez que mencionaba uno. Miraba a su alrededor con cara de sorprendida y por fin comenzó a enlazar frases con algo de coherencia.
- Estimado público, lo que hoy nos trae hasta aquí a todos es lo mismo, encontrar respuestas, buscar soluciones y pasar un rato entretenido, a ser posible más que eso, una velada diferente, o mejor aún, inquietante, apasionante, ¡increíble!
Cayó el telón y la sala quedó completamente a oscuras. Todos los espectadores permanecían en silencio, con los ojos muy abiertos (yo los cerré), con la respiración contenida y esa sensación de gusanillo en el estómago que dura el tiempo que permanece la incertidumbre.
Aquella función de magia me estaba gustando, no era la típica en la que un mago nos hace unos cuantos trucos de cartas y saca de su chistera una paloma que hace volar. Se trataba de algo más, había creado una expectación sin precedentes, aquella mujer desamparada que saltaba y contaba y tenía al público en vilo.
Volvió a levantarse el telón y apareció el Gran Mago Julio Sanz, llevaba en una mano un bote vacío y en la otra los nueve primeros números representados en bolitas de muchos colores. Sara, que no había parado de saltar y de contar, permanecía en un rincón del escenario esperando instrucciones precisas de Julio sobre sus siguientes movimientos.
- A ver, ven - dijo Julio señalándola, dando por hecho que le obedecería. El mago puso una venda en los ojos de Sara, poniéndose otra él, metió dentro del bote vacío las bolas de colores y comenzó a sacarlas una por una preguntando a la joven, tras mostrar al público cada una de ellas, qué números eran los que iba sacando del recipiente.
Cada vez que acertara (hecho que adivinaría Sara por la reacción de los espectadores) tendría que dar un salto.
Irene y Clara comentaban que había un detalle que el Mago parecía haber obviado y era el papel de los colores de las bolitas en el juego, pues cada número de los nueve estaba representado en otros nueve colores diferentes que Julio debía acertar. Yo pensé que ahí es donde debía tener “la llave” el Gran Mago.
Julio le dijo a Sara: cada vez que tú saltes, yo adivinaré el color del número que acaba de salir.
Se hizo una cadena entre ellos en los que la serie era: “extracción de bola, número, aplauso, salto, color” que se repitió todas y cada una de las veces que Julio extraía una bolita. El último número que levantó Julio y dijo Sara, lo enseñó a nuestro palco, haciéndose como al principio de la función el silencio en toda la sala, pues en esta ocasión lo falló. Yo aplaudí igualmente y el Mago me miró:
- A ver, allí arriba, ¿por qué aplaudes? Nadie había escuchado mi gesto ya que los aplausos invisibles no se oyen, pero Julio sí y Sara también, y como consecuencia de ello ella saltó.
Mis acompañantes susurraron entre ellas que había sido un fallo del espectáculo, pero yo aplaudí porque sólo era un error entre ochenta aciertos, dando por hecho que, por supuesto mi intervención pasaría desapercibida, pero aquella pareja me había escuchado y Sara continuó su serie saltando sin obtener respuesta por parte del Mago al color de su bola, que aun habiendo escuchado el aplauso no reaccionó. Julio volvió a preguntar a Sara que en esta ocasión dijo el número correcto, el Mago enlazó con el color y un fuerte aplauso se produjo en la sala.
Llegué a la conclusión de que la Magia tiene ese misterio que encierra la vida misma en la que si uno cree firmemente que está haciendo las cosas bien, te aplaudan o no, sigue adelante y aunque después descubra que no todo es perfecto, un fracaso puntual solo es eso, un único tropiezo en un sin fin de éxitos.
Julio y Sara saludaron con una reverencia. Ella levantó la vista y miró hacia nuestro palco, hizo un guiño hacia donde estábamos y Clara e Irene se fueron tan contentas.
En la vida son importantes los éxitos, pero también los fracasos. Si cuando fallamos hay alguien que nos aplaude para darnos ánimos en vez de juzgarnos, no habrá lugar para el desánimo. Al darnos cuenta del error pondremos mucho empeño en volver a hacerlo bien y ¡estará asegurado el éxito nuevamente!
¡Feliz semana y a por muchos éxitos!


