
Recorremos la vida rodeados de situaciones agradables y desagradables y nos empeñamos en creer que sólo las agradables, las llenas de éxitos, son las válidas. El contratiempo y el fracaso tienen mala prensa y le damos la espalda al aprendizaje que encierra y a las puertas que abre.
Todos hemos vivido, vivimos y viviremos situaciones que si son desagradables, por coherencia, llevarán emoción del mismo color. No podemos esperar no conseguir un trabajo deseado y estar contentos; suspender un examen y dar saltos de alegría; fracasar en una relación y estar divinos. No sería la emoción coherente porque ante situaciones desagradables, emociones desagradables. Igualmente, por coherencia, las situaciones agradables conllevan emociones agradables. Un ascenso en el trabajo debería satisfacernos; contar con buenos amigos hacernos sentir bien; superar un reto personal causarnos placer.
Las emociones no son ni positivas ni negativas, ni buenas ni malas, son adecuadas o inadecuadas a la situación. Pero eso no significa quedarme atrapado en la emoción. Si me divorcio, lo saludable es sentir la tristeza que causa la pérdida, pero no vivir triste o deprimido toda la vida. Todo dependerá con el cristal con el que se miran las cosas. Si lo interpretamos desde el victimismo, viviremos atados a esa emoción y caeremos en el razonamiento emocional, la trampa mental del corazón. Y seremos carne de la toxicidad para nosotros y para los demás, creyendo que no podemos hacer nada para vivir de otra manera y rechazando otras experiencias saludables por ser prisioneros de nuestra propia infelicidad. Escucho y conozco a personas, sobre todo, que viven bajo el lema de “fracasarelaciones”; “derrotapsicólogos” ; “victividas” que dicen que no pueden hacer nada por una situación, que tienen que vivirlo, como una condena autoimpuesta, un secuestro sin rescate. Pero aunque el secuestrador les liberase, seguirían esclavos de su idea de no poder hacer nada, sobre todo, como dijo A. Einstein porque su felicidad está en manos de algo o de alguien y no de una meta, como ser feliz, el respeto o la libertad. Y se retroalimentan en su desgracia, en su negatividad y en su mala suerte.
Sin entrar en detalles, porque merece reflexión aparte, todos tenemos dentro de nosotros un YO que no se respeta. En consulta, le ponemos nombres. El vengativo, el dolido, la bestia, la choni, la diva, el agaponi, el perfecto…. Es muy clarificador el personaje que nos habla cuando pasamos por situaciones. Te sale la bestia o la choni cuando te frustras?; te sale el agaponi cuando te rechazan? Hablaremos en otro artículo. Pero adelanto, te sobreprotegen y no te dejan actuar.
Si en cambio el fracaso lo interpretamos o vivimos como una etapa y una oportunidad de crecimiento, la película cambia y antes podremos contarla de nuevo. Para eso necesitamos a nuestro yo adulto activado. Recuerdo una historia de autoayuda “la Isla de los Pies”, extraído de un libro de autoestima, que cuenta que dos representantes de empresas de calzados van a dicha isla. El que trabaja para la empresa Don Juanete al descubrir que todos los habitantes van descalzos envía un mensaje al jefe diciendo que no hay nada que hacer allí. El de la empresa Doña Chancleta concluye que aquello es una bicoca y que todos necesitan calzado. Misma historia con enfoques diferentes. Resumiendo, el que quiere vivir, vive; el que quiere morir, muere. Es una pena pero no debería darnos pena el que decide boicotearse, con salpicón incluido a los demás, porque todos elegimos el grado de felicidad con el que queremos medirnos.
A veces vivimos o mantenemos situaciones como si fueran bendiciones que terminan siendo pesadillas recurrentes y rechazamos otras que vivirlas sería el pasaporte a un lugar mejor. Pero no, porque no hay mejor boicot hacia uno mismo que quedar atrapado en un espejismo, pero no porque la realidad ilusoria le guste porque sabe de su realidad, sino porque está entrenado para buscar problemas a las soluciones, en lugar de soluciones a los problemas. Todos tenemos amigos que hacen las mismas cosas esperando resultados distintos, y es curioso, aunque no extraño, que pudiendo elegir algo bueno o distinto sigan empeñados en repetir patrones disfuncionales. Pero esto ocurre en situaciones vitales y en triviales; da igual, porque la actitud la elijo yo en cada una de ellas. O me digo qué desgraciado que soy y qué mala suerte en mi bucle de maltrato psicológico o me digo qué oportunidad y qué buena suerte porque ahora sé lo que quiero y no quiero.
Hay un cuento chino, no por ser mentira, sino porque es chino, que te enseña a relativizar los fracasos y a confiar en uno mismo. Un campesino perdió su mejor caballo (qué mala suerte), pero volvió con una tropilla de caballos que los enriqueció (qué buena suerte); adiestrando a uno de ellos el hijo del campesino se cayó y se rompió huesos (qué mala suerte), pero así no tuvo que ir a la guerra (qué buena suerte)… y así continúa el cuento… lo que parece malo puede resultar ser bueno. Esa tendría que ser la actitud, encajar lo que vivimos y extraer el aprendizaje inherente a la condición de existir y de seguir viviendo. Coger otro camino distinto, romper con la comodidad nos lleva a descubrir otras experiencias merecedoras de ser vividas.
En la vida perdemos trabajos, amigos, relaciones, salud, juventud, estilos de vida y lo catalogamos rápidamente de mala suerte; y porqué no de buena… quién sabe! Ganamos otra trayectoria profesional, otra gente, otros cuidados personales, otras alternativas. Cómo pensáis que crecemos? Coger otro camino, un desvío a la derecha en un momento determinado puede marcar la diferencia. Puede ser que no tengamos lo que queremos tener o lo creemos que queremos tener pero la oportunidad de tener otras cosas es lo que nos resistimos a vivir porque lo vivimos como un fracaso o peor, lo vivimos como una posible felicidad que no encaja en mi cajón emocional.
Sabes lo que estás viviendo y para qué suceden las cosas que suceden? ¡Quién sabe! Si sales de tu zona de confort encuentras la magia y la disfrutas antes. Es un guiño al bestseller de Spencer Johnson, ¿quién se ha llevado mi queso? Donde un personaje se queja de la mala suerte que corre, como si alguien fuera responsable y ladrón de su bienestar. Eso sí que es mala suerte, o buena, ¡quién sabe!
Hasta la próxima conexión digital. Un abrazo.

