
Cada uno está sentado en una tumbona al borde de la piscina. Los cinco niños descansan después de los juegos acuáticos. El calor del mediodía no es insoportable hoy, el agua está fresca y puede ser un buen momento para intentar una charla provechosa con los chicos; que saquen sus conclusiones sobre el problema que está en el ambiente y del que ellos apenas dicen nada. El verano avanza y septiembre está a la vuelta de la esquina, una buena ocasión para recoger datos, opiniones que engrosen el libro que se ha propuesto terminar. Quiere que los niños estén presentes en un tema que les incumbe tan directamente. Lo que pasa por sus cabezas es imprevisible. La etapa anterior ha dejado secuelas, y la que viene puede dar una cara más oscura todavía. Ellos no son del todo conscientes, pero perciben las dudas y las inseguridades que se respiran cuando alguien saca el tema a colación. De la mañana a la noche los niños se mueven juntos, y es muy fácil que también discutan y se peleen por motivos tan lógicos como pasar el día en una aventura continua.
En cada una de las casas donde pasan muchos días al año todos conviven en estrecha armonía, unidos por muchísimos vínculos además de los familiares. Entre árboles frutales y olivos, montes suaves cuajados de pinos al fondo, la impresión es que lo que rodea las casas está inmerso en el paisaje que forma parte de un todo, sin límites ni vallas que protejan ese marco mítico, agreste, un poco salvaje. Mucho esfuerzo les ha supuesto hacerse con esta hermosa realidad, donde pudieran expresar, hacer visible, esta forma de vida que tanto han buscado y que les pertenece sentimentalmente. Un lugar privilegiado fuera de la civilización diaria. Sin embargo, el ambiente se tensa cuando se habla de la vuelta a la normalidad y lo cotidiano.
- Podríamos hacer un cuento. Se me ocurre ahora que estáis relajados, mirando el infinito mientras entráis en calor. Sería de gran ayuda para el libro que estoy escribiendo. ¿Os apetece?
- ¡Es verdad abuela! llevamos mucho tiempo pensando en ese cuento que nunca se empieza. Yo tengo un montón de historias escritas; de héroes y poderes mágicos… bueno, aunque con muchas faltas de ortografía que no te gustarían nada, abuela -apunta Mikel, tan interesado cuando quiere serlo. Pone mucha pasión en lo que le gusta. Tiene madera de artista, un soñador alegre de nueve años, con el mundo hecho a su medida.
- Uf, los mensajes que envía mamá. Viene pronto y no quiere maquinitas –dice Ira desde el borde de la piscina, dicharachera, absorta, envuelta en la toalla, bailando y moviéndose ágil, segura, presumida...-- ¡Me pido ser el hada buena, con mi varita mágica podría ayudar a los súper-héroes del cuento!
- Abuela… –sugiere Go desperezándose- estamos bañándonos, ¿cuántas cosas quieres que hagamos? Lo dejamos para luego ¿vale? He quedado con mis amigos para jugar con la play un rato-. Con quince años es tranquilo y muy observador, buena gente; un adolescente descubriendo su autonomía personal, que necesita pasar desapercibido, que lo dejen en paz, así podrá dedicarse a ser él mismo.
- Pues yo tengo una historia de dos hormigas que se pelean por una miga de pan, y al final la parten en dos trozos y cada una se va tan contenta. ¡Las he visto esta mañana en la cocina! - Ñaki es el pequeño, el más inocente; mantiene un discurso siempre conciliador, aunque también sabe usar muy bien la fuerza como muestra de supervivencia personal. Comparte siete años con Ira, y le gustaría haber nacido un poco antes que su prima.
Teo se levanta y se lanza al agua. Un chico con una fuerte capacidad para los deportes, juega al baloncesto en el mismo polideportivo que Go. Los dos tienen un hilo conductor que los une de una manera especial. Siempre ha sido un niño tímido, pacífico, encantador. Tiene doce años y no quiere compromisos -ahora no, estamos en vacaciones- dice mientras nada con muy buena técnica. Pero es tan generoso que su respuesta les hace sonreír.
- Entonces ¿contamos un cuento mágico y precioso entre todos? o, entre quien quiera… –dice bajando el tono, observando la desgana que se ha generado-. El suelo es un reguero de cuentos, gafas de buceo, camisetas, toallas, un desorden que se ha propuesto obviar. Y no va a intentar cambiar su forma de vida en un instante. Y ella quiere a sus nietos tal como son: impulsivos, inquietos, rebeldes, libres y, a veces, ariscos…
Todo esto lo recuerda cuando el verano ha pasado y la vida continúa, con la misma incertidumbre. Ira hace las tareas del colegio desde su casa, hoy, es su turno, decidido por las circunstancias. Sus primos sí están en sus aulas.
- ¿Has terminado ya lo que te faltaba? ¿Quieres que hagamos algo juntas? -pregunta no muy convencida la abuela.
- Pero es que ha dicho mamá que venía pronto –refunfuña a regañadientes.
- ¿Qué podríamos contar que sea muy mágico, recuerdas este verano?, insiste para interesarla.
La niña va hacia el piano, zalamera, dando antes un beso a la abuela. Sus manos se posan suaves y dulces en el teclado, tan susurrantes que, a pesar de no saber música, sí ha aprendido una melodía de Mozart, muy sencilla, trasladada a un villancico, que todos tocan a fuerza de dar con las notas precisas. De repente se levanta y vuelve hacia la abuela, y se abraza a su cuello, diciendo cariñosa:
-¡¡Si al menos estuvieran los primos inventaríamos algo juntos, aunque fuera el cuento de este verano!!
¡¡Feliz semana!!

