
Se sentaron en una venturosa alfombra verde debajo de lo que parecía una encina, pues a nadie le importó en ese momento el nombre del árbol que les daría cobijo, solo se dejaron caer a la misma vez que sus mochilas vacías. Tendrían que planificar la manera de regresar al campamento. Los monitores sabían que se la estaban jugando, además de haber permitido la pelea, la caída poco afortunada de uno de los más pequeños y la posterior desbandada de los chicos. Se encontraban en un callejón sin salida, con pocas posibilidades de recuperar la ruta que habían perdido. Tenían que encontrar un plan B, muy rápido, diferente y eficaz para salir de allí. Las cuentas con los chicos las arreglarían después. Lo primero era recordar las prácticas que habían hecho antes de formar parte del grupo de monitores para los campamentos de verano. Les habían dicho que en caso de emergencia siempre mucha tranquilidad; organizar un grupo de ataque contra la adversidad utilizando todos los recursos razonables posibles sin perder la calma. Lo más práctico, en caso de pérdida, era retroceder hacia el principio, pero no iba a ser tan sencillo encontrar el camino puesto que lo habían abandonado. Al adentrarse en un bosque aparentemente cómodo para comer y descansar no tuvieron en cuenta el penoso resultado, y además la situación se puso patas arriba por una estupidez. Pero de repente, uno de los chicos dijo entusiasmado:
- ¿Por qué nos apuramos?, ¡hoy queríamos vivir un día de aventura!, ¿no es así? Lo mejor es pensar que lo que ha ocurrido nos sirva para hacer algo diferente. No nos dejemos llevar por el miedo. Mirad, he cogido una preciosa piedra del suelo y he sentido una sensación que ha calmado mi ansiedad. ¡¡Seguidme!!
El cuentecito queda casi resuelto, por la esperanza de alguien que, en principio, va a resolver la situación. La necesidad de plantarle cara al mal tiempo puede resolver la mirada plagada de incógnitas que surgen en el horizonte de la vida. Y este monitor asustado propone un plan a seguir, que va a hacer posible dar un giro de tuerca al problema que se les ha planteado, por un acto de rebelión y violencia. Ser positivo es avanzar contra todo lo que nos hace perdernos en nuestro bosque personal diario.
Pero yo quería hablar de la violencia; ese ímpetu maligno que forma parte de la vida. Nuestro instinto es violento a la vez que pacífico. La OMS define la violencia como: el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte.
La biología no nos condena a la guerra, pero sí puede librarnos de las ataduras del pesimismo biológico, aprender a afrontar con confianza los cambios necesarios para conseguirlo. Porque no solo es la guerra, el odio, los genes que hemos heredado; existen otros aspectos que la vida va desarrollando como violencias más civilizadas y sofisticadas. Y no es de ahora. Hemos visto que a lo largo de la historia no han sido mejores los más rudos y salvajes, sino que para ganar hay que utilizar estrategias dominantes, no exentas de violencias extremas.
Sapiens, el libro de Yuval Noah Harari, plantea con mucha claridad cómo la violencia siempre ha estado presente en la historia de la humanidad. La mayoría de los animales depredadores que estaban en la cumbre piramidal evolucionaron, se llenaron de confianza en sí mismos al haber tenido que demostrar la fuerza y la majestuosidad para alcanzar su posición de manera gradual a través de millones de años; esto hizo que los ecosistemas desarrollaran equilibrios para que los más débiles pudieran defenderse y evitar un exterminio entre ellos. En cambio, la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que no dejó que el ecosistema se adaptara. Los neandertales eran más salvajes, con una fuerza física mucho mayor que los sapiens; pero los homos sapiens utilizaron unas estrategias diferentes, métodos de caza eficaces y rápidos, desarrollaron un lenguaje para defenderse, socializarse más ampliamente, y vencieron a los neandertales utilizando una violencia más sibilina y mordaz hasta hacerlos desaparecer. En cambio, al haber sido uno de los más desvalidos de la sabana, estamos llenos de miedos y angustias acerca de nuestra posición, lo que nos hace extremadamente crueles y peligrosos. Y bien se ha demostrado a lo largo de la historia.
Nuestro tiempo ordinario nos aconseja que lo mejor es continuar con nuestra rutina tal como la hemos organizado. Nada tiene más importancia que sentirse uno mismo. Pero apartar ese signo de todos los tiempos que es la violencia no es viable. La vida es espera en un tanto por ciento amplio, en esa demora se produce una cadena de acontecimientos; ese es nuestro mundo particular, el que nos ha tocado, no exento de violencias; quizá pequeñas, calladas, cargadas de silencios. Pero al fin y al cabo violencia.
¡¡Ha sido un placer, como siempre!!
¡¡Hasta la semana que viene!!


