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Opinión |
Jueves, 24 de Septiembre de 2020

El pecado mortal de discrepar en política

 

En las últimas semanas hemos podido comprobar el alto coste de discrepar en política. Hace unas semanas Cayetana Álvarez de Toledo era destituida de su cargo como portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados acusada de falta de lealtad. Hace unos días, el hecho de que miembros del gobierno de coalición pertenecientes a Podemos discreparan con la postura conciliadora adoptada por Sánchez respecto a Madrid causó cuánto menos revuelo. Hace ya más tiempo, Íñigo Errejón (y otros tantos) tuvieron que abandonar Podemos por discrepar con la dirección del partido. Algo parecido ocurrió en Ciudadanos tras la salida de Rivera. Es un problema que afecta a todos y cada uno de los partidos políticos situados a uno y otro lado del espectro ideológico.

 

Resulta curioso comprobar cómo incluso aquellos partidos como Podemos o Ciudadanos, que vinieron a renovar la política y que denunciaban cuestiones como la ausencia de debate interno en los partidos, la uniformidad de posturas y la falta de flexibilidad del bipartidismo, son los primeros en perseguir con toda dureza a aquellos que se atreven a disentir con la línea oficial. Yo me pregunto: ¿Acaso es un pecado discrepar?, más aún: ¿Por qué han de tener los Partidos Políticos una línea oficial?

 

Debe quedar claro que el problema no es nuevo en la política española. De hecho, siempre ha estado ahí. En parte, podemos encontrar las razones en el propio sistema electoral español. En parte, podemos apuntar también a razones de cultura democrática.

 

Por lo que respecta al sistema electoral de España, éste invita bien poco al debate interno y a la sana discrepancia en el seno de los propios partidos políticos. España cuenta con un sistema electoral proporcional y de listas cerradas. Ésto quiere decir que los españoles votamos una lista de candidatos elaborada por el propio Partido Político, no votamos a los candidatos que nos vienen en gana. Sobra decir que aquellos miembros del partido que adopten una postura independiente, no alineada con la postura de la cúpula, tendrán nulas opciones de entrar a formar parte de las listas. En aquellos países que cuentan con sistemas mayoritarios uninominales en los que el votante se decanta directamente por un candidato existen muchas más probabilidades de llegar al parlamento manteniendo una línea divergente a la de la dirección del partido. Ésto fomenta la existencia de debates internos y la necesidad de llegar a acuerdos. Además, permite que un partido político pueda albergar dentro de sí mismo una mayor diversidad de opiniones. Por otro lado, los candidatos, que han sido elegidos directamente por la población, tienden a sentir mayor fidelidad hacia sus electores que hacia la cúpula del partido. A modo de ejemplo, en Estados Unidos son frecuentes los debates acalorados y las discrepancias dentro de los partidos, existiendo además una gran diversidad de líneas ideológicas. Así, dentro del Partido Republicano de los Estados Unidos podemos encontrar candidatos pertenecientes a la derecha alternativa (Alt-Right), otros pertenecientes al conservadurismo más ortodoxo defendido por el Tea Party, otros libertarios, otros más radicales y otros más moderados. Algo similar sucede en el Partido Demócrata.

 

Pero no debemos achacarlo todo al sistema electoral. Es también un problema de desarrollo de la cultura democrática. España es una democracia joven en la que determinadas dinámicas no están interiorizadas y, a menudo, podemos confundir la discrepancia enriquecedora que ha de existir dentro de cada uno de los partidos con debilidad. En nuestro país los partidos políticos no son entendidos como instrumentos de participación ciudadana, generación de ideas y debate, sino como vehículos para alcanzar el poder.

 

En definitiva, discrepar es una práctica sana y que no sólo debe existir en política, sino que se debe promocionar, tanto entre distintos partidos como dentro de cada uno de ellos. Los partidos políticos no han de funcionar bajo el principio de estricta jerarquía, disciplina y fidelidad, sino como instrumentos dinamizadores de la política: han de ser un foro de debate constante. Discrepar es, de hecho, la base de la convivencia pacífica y, es que, como apuntaba Julio Cortázar:

 

“Todo lo que nos desune es en el fondo lo que nos deja vivir tan bien juntos”.

 

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