
Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado. Ahora lo veo todo desde otra dimensión...
Si pudieras elegir, Salva, ¿preferirías oler, tocar, ver, oír o saborear? O, dicho de otra manera, si tuvieras que permanecer privado de alguno de los sentidos, ¿de cuál sería si tuvieras la capacidad para decidirlo?
- Pues menuda preguntita me haces, ¿qué pasa? ¿Te aburres? - contestó Salva a su profesor particular.
Roberto iba tres veces a la semana a dar clases a Salvador. Era muy listo, pero necesitaba un impulso, un empuje, una motivación para que la constancia formara parte de su vida y cada día tuviera ganas de aprender y progresar, pero sobre todo sus padres lo que querían era que aquel adolescente pensara y decidiera por sí mismo.
- A ver, sin olfato no podría oler, pero tampoco podría saborear porque esos dos sentidos, olfato y gusto, están muy conectados. Para mí son importantes, pero al lado de los otros tres tienen menos importancia.
- Pero Salva, ¡no podrías disfrutar de las maravillosas comidas de tu madre!
- Ya, lo sé, pero me has dicho que tengo que elegir.
- También voy a descartar como primordial para mí el oído. No poder escuchar música es un fastidio, pero tengo que descartarlo ya que para mí el tacto, lo que sientes al abrazar a alguien, al acariciarlo... eso es más importante para mí que poder escucharlo.
- Pues ya sólo te queda uno Salva, así es que intuyo que lo más importante para ti es poder ver, ¿no es así? - dijo Roberto a su alumno mientras quedaba a la espera de su respuesta.
- Así es, no hay ningún sentido tan importante desde mi punto de vista, y nunca mejor dicho... - dijo soltando una carcajada.
- Entonces ¿de cuál sería del que preferirías privarte?
De repente se hizo un silencio. Yo me encontraba en aquel lugar porque Salvador, que era otro de mis vecinos, siempre había tenido la capacidad de atraer mis sentidos, recuerdo cuando salía del portal en su bicicleta y a veces se tapaba los ojos con un antifaz. Hacía un circuito con los ojos tapados y cuando se lo quitaba decía siempre: ¡menos mal que puedo ver!
Roberto volvió a preguntarle:
- Entonces, dime, Salva, ¿de cuál preferirías privarte?
- Pues del olfato amigo, no tengo duda. ¿Y tú?
El profesor le explicó que los cinco sentidos son importantes, cada uno de ellos juega un papel y envía señales al cerebro que los descifra y los transforma en sensaciones. Si alguno de ellos falla, la mente intenta sustituirlo y compensarlo con otro, por eso por ejemplo las personas ciegas tienden a desarrollar más el olfato o las personas sordas usan parte de su corteza auditiva para procesar el sentido del tacto.
- Me gusta como me enseñas Roberto y como me haces pensar, gracias- continuó diciéndole Salva a su maestro.
- De nada campeón, eres tú quien con esas ganas de avanzar me permites desarrollar mi vocación por enseñar - contestó Roberto.
Aquella clase me hizo recordar a los guías de mi vida. Esas personas que nos aportan lo que en momentos determinados pensamos que nos falta, pero que saben que está y únicamente necesitamos que alguien nos lo ponga delante y nos ayude a desarrollarlo.
Y eso le pasaba a Salva. Tenía un gran potencial y en aquel momento de su vida solo necesitaba un guía que le ayudara a pensar y quien mejor que Roberto, persona elegida por sus padres que eran otro referente para Salva.
Roberto se levantó, le puntuó con un 10 su análisis detallado y explicado hasta el final con sus argumentos y se despidió hasta el siguiente día, aventurándose a decirle que la próxima reflexión sería la mejor de su vida.
Salva le dijo: - Pero profe, si siempre que te vas me dices lo mismo.
Roberto le contestó: - es que la reflexión de hoy ha sido la mejor de tu vida hasta este momento, mañana será otro día...
¡Nos vemos la semana que viene amigos!

