
En ocasiones mis alumnos me preguntan sobre la función que desempeña el director de orquesta, ¿qué lleva en la mano?, ¿para qué hace esos gestos? En inglés, el término que se utiliza para denominar al director de orquesta es “CONDUCTOR", término muy apropiado porque el director es quien conduce a todos los miembros de la orquesta por el sendero de la obra musical. Pensemos que un violinista lee una línea melódica, un pianista dos y un director tiene que leer todos los sonidos de todos los instrumentos de la orquesta a la vez. ¿¡Podemos imaginar lo que es leer en vertical entre 70 y 100 líneas melódicas a la vez!?
Como a cualquier director, a un director de orquesta se le requieren cuatro habilidades: ser jefe, ser maestro, ser entrenador y ser comunicador. Un director debe poseer cualidades de liderazgo. Debe tener claridad, es decir, sabe dónde va y hacia dónde llevar a su equipo. Debe tener bien definido su proyecto en el cual cree con pasión. Además, es empático y sabe escuchar a los miembros de su equipo para fomentar en ellos sus principales virtudes. Un director de orquesta imprime con su personalidad un estilo y carácter a toda la orquesta y a las interpretaciones musicales que realizan.
Un director debe ser maestro. Es el que sabe, el que tiene los conocimientos necesarios para trasmitir la confianza necesaria entre los miembros de su equipo. Es una persona abierta al saber. Siente una curiosidad insaciable por seguir aprendiendo. Un director de orquesta estudia incansablemente la obra que va dirigir. Esa investigación abarca desde la personalidad del compositor, el contexto en el que vivió, y hasta todos y cada uno de los instrumentos que van a intervenir, con las diferentes funciones que van a desempeñar para lograr una obra común.
Un director debe de ser un entrenador. Aquella figura que ordena repetir y repetir hasta la consecución de los logros. Aquél que hace una gestión óptima del tiempo empleado. Es quien decide la frecuencia de los ensayos y la duración de los mismos. Una dirección de orquesta, también es física. La batuta que lleva en la mano derecha es una prolongación de su brazo y de todo su cuerpo. El director expresa con todo su ser los matices y dinamismos de la obra musical para trasmitir el mensaje a los intérpretes y también al público. Su cuerpo es un canal entre la composición del autor y la interpretación de los músicos.
Un director que sabe conducir a la orquesta, que conoce en profundidad la obra y que gestiona el tiempo con tesón y proporción no será un gran director si no sabe comunicar. A un buen director se le requiere saber trasmitir a su equipo la finalidad de su proyecto, la pasión por aprender a aprender, la voluntad del esfuerzo y la ilusión por la consecución de los logros propuestos. Un director de orquesta debe trasmitir entusiasmo por la obra que van a interpretar. No se trata de que los miembros de la orquesta le obedezcan, sino que se contagien de su amor por la música, conseguir compartir un mismo sentir. Es decir, que a pesar de que haya 100 instrumentos suenen como UNO.
El compositor escribe su obra musical en la partitura. El director, que probablemente no ha conocido al compositor, tiene que interpretar lo que el autor quiso expresar. Como no hay dos personas iguales, no hay dos interpretaciones iguales de una misma obra. Cada director impregna a la obra de su personalidad. La entrada es fundamental, ya que la velocidad a la que se empieza marca el tempo de toda la obra.
Gustav Mahler fue un apasionado compositor nacido en 1860 en el Reino de Bohemia, antiguamente bajo administración del Imperio austríaco, actualmente Chequia. Sus nueve sinfonías están consideradas entre las obras más bellas de la música clásica.
Pero Mahler no solo fue compositor, sino que fue uno de los directores de orquesta más importantes de la historia. Mahler fue mucho más que un músico, fue un lector de filosofía insaciable lo cual doto a su música y a sus interpretaciones de una profunda espiritualidad. Mahler estaba obsesionado con descifrar el mensaje del compositor, por eso, estudiaba minuciosamente cada nota de la partitura. Como un buscador de tesoros, iba descifrando el tejido musical hasta conseguir extraer de él la melodía principal. Anisaba encontrar ese mensaje que está escondido entre todos los sonidos de una obra.
Como genio innovador que fue, actualizó las obras que dirigió aprovechando todos los recursos que brindaba la orquesta moderna. Como todo renovador, fue criticado por esos "retoques" que realizaba a la instrumentación. Incluso fue acusado por la arbitrariedad de sus representaciones, dada la gran diferencia existente entre sus interpretaciones y las que el público había presenciado hasta ese momento. Destacó por sus geniales interpretaciones de las óperas de Wagner y Mozart. Cuando dirigía realizaba movimientos fogosos y violentos, tanto que fue objeto de numerosas caricaturas. Se expresaba como sentía, con pasión. Con el paso de los años, sus gestos se fueron haciendo más sobrios consiguiendo combinar la fuerza y la precisión en un leve gesto. Se mostraba más calmado sin restar intensidad a la expresión.
Mahler fue un escultor de sonidos y poseedor de un enorme sentido de la proporción que combinó maravillosamente la fidelidad a la obra del compositor con una personalísima interpretación de la misma.
De Mahler hay que escucharlo todo, pero destacaría su novena sinfonía, última sinfonía completa, ya que la décima la dejó sin acabar. Es una obra de una fuerza sobrecogedora que muestra la maestría que alcanzó al final de su vida. El Adagietto de su quinta sinfonía fue inmortalizado por Luchino Visconti en su película “Muerte en Venecia” y desde entonces ha sonado innumerables veces a lo largo y ancho del mundo.
Cada vez que Mahler alza la batuta, el viento de su tempestad interior llega a nuestros corazones.
Un abrazo sonoro
Soledad Hernando


