
Cuando me siento a esta hora de media mañana, con la pantalla en blanco, aunque no tenga nada previsto, siento un bienestar tanto físico como mental, aprecio la llegada de la inspiración, mas bien del trabajo, que por fuerza hay que ponerlos en marcha; un ejercicio para recuperar zonas ocultas que no tienen otra oportunidad de salir al exterior, y no está nada mal empujarlas, aunque solo sea por el hecho de saber qué es lo que pasa ahí dentro. Pensar con normalidad siempre ha sido parte de mi carácter tímido, aunque me ha costado darme cuenta de que lo hacía, porque cuando me asaltaba, dando rienda suelta a mis ideas, era como hablar, o mas emocionante aún.
Pero hasta hace poco era algo que mi subconsciente manejaba a su antojo, y lo ponía en práctica mientras realizaba lo que yo creía que mantenía mi energía y mi razón de ser; nada más importante que la acción, el movimiento diario, constante hasta hundir el cuerpo en un estado de agotamiento; pero viene un filósofo con tanta autoridad como Paniker y dice, que la mirada contemplativa no es productiva pero sí valiosa, una frase que ha traspasado su pensamiento y enseñanzas hacia otras culturas, personas y tradiciones que no son las nuestras, pero que echa por tierra mi postura ante la vida y me traslada a otra actitud. Así que intento aprender la lección.
Ahora hago lo posible por mantener un cierto equilibrio entre acción y contemplación. Poder escribir estas cosas, escuchando la propia voz, tiene una importancia moderada y tranquila, al mismo tiempo que reservada, aun cuando creo que utilizo una familiaridad en esta confesión por ser muy común. El ser humano es muy parecido. Hay patrones de comportamiento que se repiten y repiten. Ahora me doy cuenta de lo valiosa que ha sido esa costumbre tan personal, capaz de protegerme de los muchos tedios y confinamientos: mirar hacia dentro consigue que sea una voluntad digna en sí misma. Un viaje en el tiempo donde reconocerte siempre. Hay que probar este ejercicio, uno más de de los que dan relevancia a una vida y una mente saludables.
Cuando era una niña observaba sin aprender. Lo que ocurría alrededor era muy extraño porque no comprendía nada, nadie me explicaba nada, y yo tampoco preguntaba. Un auténtico refugio para la ignorancia que resultaba acogedora a pesar de todo. Los niños jugábamos y nos manteníamos al margen del mundo de los mayores. Mis sueños me hacían buscar con la imaginación historias que los hicieran reales, de la misma manera como yo los vivía, sin comprender su trascendencia, pero volaba hacia mi mundo mágico y libre, donde vivir un poco alejada de todo lo demás. Esas escapadas daban luz a una niñez que se nutría de mucha intuición. Así veía yo las cosas alrededor de mí, a pesar de todo el bienestar en la que me iba desarrollando junto a mis hermanos. Pero es que eran tiempos oscuros… entonces.
A medida que se desarrolla la existencia a la fuerza hay que tomar partido. Y es un tiempo de puertas cerradas… y, por supuesto, qué decir del cierre de las puertas familiares, son muchos impedimentos los que nos obligan a ser prudentes, desde luego. Sin embargo, la ausencia de todo contacto físico, con ese recato frío y distante, no sé cuanto lo podremos resistir. Tengo la sensación de estar en otro estado de ignorancia.
Y es que hay una gran desilusión. Presiento que todo está patas arriba. He decidido huir de la clase política, de sus desajustes. Mantengo la misma distancia como la que los políticos mantienen con nosotros. No parece que les importemos mucho. Defienden sus tesis, sus posturas demoledoras, que nada tienen que ver con nuestros intereses. Ya no merecen mi confianza. Mis ideales estaban presentes cuando nos sentimos parte de Europa y del mundo. Mi generación, entonces joven, tenía una gran esperanza en un futuro decidido por todos… Demasiada trascendencia…
Y nuestros hábitos de comportamiento se mantienen en permanente contradicción. Las tardes crean dudas sobre lo que hacer, me propongo no salir, hacer de la casa un lugar idílico, sin embargo, espero que el teléfono suene, de manera inconsciente confío que esa llamada aleje mi entusiasmo provocado; como una excusa que me haga dejar el libro. Pero nuestra tierra tan llena de luz, nos aferra al ruido y alboroto de sus calles. A pesar de todo.
¡Nos volvemos a ver! ¡Feliz semana!

