
Típica escena ante la cuna del bebé recién nacido. Uy, tiene la cara de su tío Roberto; este es Sánchez, madre mía ¡qué cojones va a tener!. Ya está, el pobre en la cuna y ya ha nacido, sin abrir la boca, con herencia familiar, con un destino y con etiquetas; que ya veremos quién se las quita después.
Se parezca o no al tío Roberto, sea o no como los Sánchez, lo que está claro es que todos somos únicos, diferentes e irrepetibles; lo dice la huella dactilar. Y también tenemos el ADN, con información genética que nos da unas características innatas, casi inmodificables de forma natural; como el color del pelo, de los ojos y de la piel que aunque nos pongamos tintes, lentillas o cremas, seguirán siendo del color original. Al tiempo volverá a salir la raíz morena y habrá que ir de nuevo al peluquero. Pero no todo está programado, menos mal. No hay un gen de la desobediencia, de la responsabilidad o del orden. Es decir, hay muchas cosas innatas y otras muchas adquiridas. Es lo que marca la diferencia entre ser y comportarse.
Entonces, la persona, ¿nace o se hace? Nacemos con una base genética y nos hacemos en función del temperamento y del entorno que nos acompaña.
Seguro que sobre el temperamento todos tenemos un amigo agradable, que acepta bien los cambios, se adapta con facilidad, tiene buena cara la mayor parte del día y es más colaborador que opositor a reglas. Por algo se les llama agradables. También está el amigo reservado o de reacción lenta, que hay que decirle ARRE!, porque tiene poca energía, le cuesta tomar iniciativas, prefiere estar solo, se muestra desconfiado y poco espontáneo. Y también tenemos al amigo energético o difícil que hay que decirle SOOOOO! porque se frustra con facilidad, es desafiante, inconformista, rígido con los cambios y le cuesta autocontrolarse. Todos y cada uno de estos amigos tienen sus virtudes, ya sea la reflexividad y paciencia del lento o la inteligencia, diversión o exploración del energético.
Imaginamos ahora lo complicada que puede ser la relación entre los padres y los hijos según su temperamento. Algunos niños facilitan la tarea de educar y otros, hacen que dicho ejercicio paterno sea agotador, frustrante y enloquecedor. No es lo mismo el niño que llora que el que está tranquilo; el que se conforma cuando se acaba el parque, que el que tiene una pataleta y te suplica mil veces que quiere un ratito más; el que se acuesta sin rechistar, que el que te obliga a acompañarlo a contarle varios cuentos y te despierta a media noche; el que hace los deberes solo que el que te demanda estar sentado a su lado; el que se viste a la primera que el que vive con los brazos caídos y tienes que vestirlo tú.
Estas diferencias personales me recuerda a la historia de la naranja. Un padre tenía dos hijos y una naranja. Uno de los hijos quería la pulpa y el otro la corteza. El padre partió la naranja por la mitad y le dió a cada hijo una parte igual. Hizo bien? Cierto que fue ecuánime pero no le dió a cada hijo lo que pedía o necesitaba. Así es muchas veces en la familia. Creemos que dando lo mismo somos mejores padres y la medida no está en nosotros sino en sus necesidades. Cada hijo es de su padre y de su madre y tiene necesidades diferentes, por lo que es absurdo intentar educarlos de la misma manera. Y son hijos en casa, alumnos en la escuela, compañeros en el trabajo o amigos en la calle. Ni son iguales, ni necesitan lo mismo, ni demandan igual. Por qué darle lo mismo?
Si bien antes las familias acudían a consulta más por conductas externalizantes, como desobediencia, rabietas (“labietas” en recuerdo de mi amiga Martina) o agresividad; ahora asisten por conductas internalizantes como miedos, ansiedad, preocupación o falta de esfuerzo y autonomía. Qué difícil resulta ser energético en una sociedad reglada y qué difícil resulta ser lento en una sociedad estresada. Lo fácil va ser entender a nuestro hijo y ayudarle a que regule su conducta, por exceso o por defecto, con pautas de crianza adecuadas y ajustadas a él.
Si criamos con afecto, con respeto a su individualidad, con buena comunicación y con consecuencias razonables se puede variar el temperamento del hijo. Si educamos con coherencia paterna, consistencia en las prácticas de crianza y haciendo equipo los padres en lugar de luchas entre progenitores se podrán reducir las conductas problemáticas en el hogar. HACEMOS?
Hasta el próximo miércoles.
Un abrazo. Esther.

