
Los cines han abierto sus puertas después de una larga etapa. Y una de las salas de Centrofama lo ha hecho con la película de Woody Allen “Rifkin’s Festival”. El sábado fui con mi hija al pase de las cinco de la tarde; con entradas numeradas para evitar aglomeraciones, solo había una ocupación de una pareja y nosotras. Cuatro personas en la vuelta al cine después de los meses de confinamiento y verano. Con una película que ha sido hace unos días estreno mundial. Esto demuestra que volver a la vida de antes cuesta, y que ir al cine no está en las prioridades.
Algunos historiadores no tienen en cuenta a los festivales de cine como plataforma para los estrenos de las películas por considerarlos demasiado numerosos y comerciales. Los tres grandes festivales más importantes del mundo son los de Cannes, Berlín y Venecia; siendo este último el más antiguo del mundo. El festival de San Sebastián ha sabido situarse en un espacio más reducido, centrado en un cine con otras aspiraciones, donde disfrutar películas que no son de fácil acceso, y donde un cineasta de la categoría de Woody Allen, más íntimo y controvertido, se siente cómodo para recrear su cine. Con su última película Rifkin’s Festival ha querido rendir un homenaje tanto al Festival de Cine de San Sebastián como a la propia ciudad. Porque San Sebastián está presente como protagonista de la película, en un bello recorrido por sus calles, paseos, el mar… La Concha se supera en los maravillosos planos que recrean la naturaleza, y el Kursaal, San Telmo, el hotel María Cristina, El peine de los vientos… una impecable fotografía, y los rincones que ha escogido para las escenas son alardes de buen gusto. Ha convivido con la ciudad, y ha sabido elegir. Un momento que ha suavizado los fantasmas que rondan por su vida. Y que de una manera u otra refleja en su cine.
Rifkin’s Festival creo que es la mejor de sus últimas películas. Hace un recorrido por lo que han sido los festivales de cine, que echa de menos y que ya no existen para él. Lo que les ocurre a sus personajes va tejiendo una comedia romántica, desenfadada; cuando termina el festival, todos continúan en el mismo punto de su llegada. Gente de cine que acude al festival y queda atrapado por la atmósfera de la ciudad y de la fantasía del cine. Una comedia donde cada uno se enreda en una aventura informal que acoge situaciones de humor y despreocupación muy del estilo Woody Allen, y que al final de esos días intensos bien pueden cambiar los pequeños desajustes de sus vidas. Un matrimonio muy peculiar entre un viejo dramaturgo Mort Rifkin (Wallace Shawn), y su mujer, una bella y coqueta directora de prensa (Gina Gershon), que va a presentar a un joven y atractivo director.
Rifkin va narrando un discurso sobre la vida y sus consecuencias, de vuelta de todo, no comprende pero acepta con desenfado sus desventajas, muy cerca del mismo Allen, que deja bien claro que no ha perdido nada de su charlatanería inteligente, machacante e hipocondríaca sobre el sentido de la vida, que utiliza desde sus primeras películas.
Todo esto va ocurriendo a la vez que su nostalgia va recreando escenas de Fellini, Orson Welles, Bergman, Buñuel; planos que se van degradando hasta quedar en blanco y negro y convertirse en escenas que nos devuelven la magia de otro cine mucho más trascendente. La escena de El séptimo cielo aborda el macabro juego de ajedrez en la playa entre la muerte y el protagonista. Planos de cintas como Persona, Fresas Salvajes como el símbolo sueco de la llegada de la primavera, donde el protagonista se ve a sí mismo cuando era joven, en la casa de verano, con personajes familiares que están preocupados por la vida y la muerte. El surrealismo de Fellini… Una sucesión de citas a películas, donde lo importante es la similitud de los fotogramas pensados para ser reconocidos fácilmente. Para hacernos sentir bien, y hacernos recordar al genio, ahora maltratado.
Para los seguidores de Woody Allen ir a ver una de sus películas se transforma en una ceremonia, en un rito, por eso nunca nos sentiremos defraudados. Yo lo sigo con la misma emoción del principio; con esa actitud será imposible no trasladarme a un paraíso ideal. Y como dice él mismo: se ve la película y al salir… ya está. Qué más da. Nos engañamos con el cine para sobrevivir. Y lo importante ahora para Woody Allen es viajar por el mundo y hacer una película. ¿Por qué no?
¡¡¡Feliz semana!!!



