
A todos nos suena el despertador por la mañana, pero no todos somos un Rottweiler que muerde cuando le hablas. Y si pillas un atasco, no todos deseamos asesinar al conductor de delante por inepto. La manera diferente de afrontar el despertar o el atasco depende de lo que me diga, de mi discurso interior, discurso que desconocemos con frecuencia al igual que ignoramos respirar. Es un proceso automático de ideas, emociones y respuestas.
De esa inconsciencia sufrimos gratuitamente y los hijos aprenden a responder. Si te ven cabreado por la mañana, muy probable ellos también refunfuñarán; si insultas al coche de delante en la carretera, no dudes que protestarán ellos a la próxima; si llueve y te deprimes, copiarán.
La historia del martillo ilustra el peligro de nuestros razonamientos. Un vecino se muda a una casa nueva y cuando va a poner un cuadro se da cuenta que no tiene martillo. Ahí inicia su discurso mental “se lo voy a pedir al vecino; no pasa nada porque se lo pida porque si alguien lo necesitara, yo se los dejaría; y si piensa que soy un follonero nada más llegar; hay que ser buen vecino; espero que no se moleste” y sigue con su charla hasta la puerta del vecino que cuando le abre la puerta, le dice “métase el martillo por donde le quepa”. Parece una respuesta sorprendente pero no lo es si accedemos a su guion mental. Y me pregunto, ¿cuántas veces al día vas con discursos estresantes, depresivos, ansiosos, negativos que desenlazan en finales desagradables con las otras personas que viven ajenas a tu diálogo mental?
Hay muchos pensamientos inútiles que no ayudan a resolver situaciones, como el extremismo, con un “nunca podré adelgazar” en lugar de “me llevará mi tiempo, pero lo conseguiré”; o pensamientos catastrofistas, como “jamás conseguiré entender las matemáticas”, en lugar de pensar “esta vez me cuesta un poco más”. Hay otras distorsiones cognitivas que tampoco ayudan a adaptarnos, como cuando jugamos al adivino, con un “seguro que me rechaza” o hacemos la lectura mental, con un “estará pensando que soy tonto”; o los queridos deberías, con un “la gente debería conducir bien”.
Ninguno de ellos son pensamientos útiles, por lo que, si queremos cambiar situaciones que se repiten a diario y que además repiten los hijos, lo primero es identificar lo que nos decimos para después pararlo con un martillazo llamado STOP; una forma sencilla de detener el pensamiento para actuar de otra manera.
Recordando al perro que nos sale por la mañana, cuando empiece a quejarme del asco de ir a trabajar o se queje tu hijo de ir al cole, digo STOP o PARA y lo sustituyo por otro pensamiento alternativo “tengo que cumplir hoy este objetivo” o “voy a estar con mis amigos” y ese martillazo va a generar una sensación más agradable y me va a dirigir a una meta.
Si además aprendo y practico en casa la habilidad de resolución de problemas, le muestro a mi hijo el abanico de posibilidades para valorar muchas opciones, antes de actuar y poder elegir la mejor. Por ejemplo, por la mañana al levantarme puedo protestar, poner música, quedarme en la cama, levantarme tarde, preparar un desayuno especial, ponerme ropa más elegante… En este caso, elijo poner música y ropa especial. Ya no suena al Rottweiler de las mañanas, suena a mejor rollo.
Os espero la próxima semana. Un abrazo. Esther.

