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ENTRE TÚ Y YO

Erre que erre

Esther Egea Miércoles, 21 de Octubre de 2020 Tiempo de lectura:

 

Seguro que recordamos escenas familiares en la infancia donde hubiéramos querido disfrutar de nuestros padres jugando más con ellos, hablando de cómo nos ha ido el día o simplemente ver cómo nos mira a los ojos al contarle el problema con la amiga. Son cosas obvias pero que el adulto olvida al llegar a la paternidad. Algunos de nosotros ante esa falta de atención seguro que tuvimos rabietas o quejas de me duele aquí o me duele allá, otros rompimos el jarrón de la entrada, otros interrumpimos cuando hablaba por teléfono; cada uno con su mapa, pero todos en busca del mismo tesoro, la ATENCIÓN de papá o de mamá. Y para conseguirla nos pusimos los cascabeles de la desobediencia o la tiranía.

 

Y seguro que surgían en nuestras pequeñas cabezas deseos de “cuando yo sea mayor” o de “cuando yo sea padre a mi hijo lo educaré y jugaré”. Todos recordamos al adulto que nos hubiera gustado tener. Pero nos hacemos mayores y se nos olvida que nuestros hijos, al llegar a casa, nos esperan como lo hacíamos nosotros. Y nosotros, por falta de memoria histórica, queremos al llegar a casa que no nos den problemas y que hagan las cosas sin rechistar,… queremos que cubran nuestra necesidad de descanso, orden y tranquilidad. Y entonces, se ponen los cascabeles de la desobediencia, desplegando todo el arsenal de conductas para obtener de manera indirecta lo que deberían recibir de manera natural. Quieren su cofre del tesoro.

 

Y esos cascabeles se escuchan para levantarse, para vestirse, para comer, para hacer los deberes, para la ducha, donde hay que llamarlos 4 veces para que lo hagan o nos vemos obligados a hacerlos por ellos. Y llega el momento de apagar la tableta y ocurre lo mismo, “erre que erre”, repeticiones y enfados; las mismas conductas una y otra vez.

 

Este acto repetitivo y terco de mantener a los padres ocupados todo el día repitiendo órdenes se le conoce como desobediencia y sorprende que lo que es castigado, reprendido, criticado, sermoneado, reñido, se siga repitiendo. Pero la explicación está en las leyes de aprendizaje de conductas, que dice que cualquier conducta ruidosa de tu hijo, como las protestas, que es seguida de atención positiva o negativa, tiende a mantenerse. Cuando el hijo protesta porque no quiere ducharse empieza la atención negativa y el pegamento en la desobediencia. Una escena típica de las noches sería:” Pedro, a la ducha. Espera un poco; ya voy; no quiero; mañana; mi hermano primero. Mientras protesta y queja ya está desobedeciendo pero lo que realmente mantiene el no ducharse es porque empezamos a hablar con su queja. Empezamos a atender el ruido que hace ante la norma. Y le decimos “Otra vez”; “Siempre igual”; “No aguanto más”. Mi respuesta es la que realmente está condicionando la desobediencia. El hijo descubre que quejándose obtiene la recompensa de la atención del padre. Si, es negativa, pero es atención. Algunos lo denominan llamadas de atención, yo lo llamo los cascabeles.

 

Cuando en consulta vienen familias con problemas de conducta en casa, uno de los hijos es el cascabelero y se comporta así porque necesita activar el sistema de apego de sus padres, que no es otra cosa que atención pura y dura. Y el hijo se siente atendido porque se le mira, se le escucha, se le refuerza, se le soluciona problemas, y aunque sea por las malas, recibe su atención y encuentra SU TESORO.

 

Una manera de cortar con este baile lleno de pisotones es jugar al “te pillé portándote bien”. Es un juego sencillo que administra refuerzo positivo, como por ejemplo te pillé hablando tranquilo; te pillé con las zapatillas puestas; te pillé siendo amable con tu hermano;… que produce un efecto tan positivo en el hijo que no necesita encontrarte por las malas porque te ha encontrado por las buenas. Tiene cubierta su batería de caricias positivas por lo que no necesita llenarla de caricias negativas para funcionar por la vida. Tiene al adulto que le gustará ser de mayor.

 

Nos vemos el miércoles que viene. Un abrazo. Esther.

 

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