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Opinión |
Miércoles, 08 de Junio de 2011

E. Coli, historia para no dormir

La llamaban E.coli. Y era una bacteria ignota hasta que, en un malhadado día, la encumbraron como el detonador de presuntas bombas químicas de apepinada silueta. Al pronunciar su nombre, un universo de inquietud y temor se abría en derredor; pero la gloriosa Unión Europea hacía de su capa un sayo, y cada desunido estado decía lo que le venía en gana. De ser un ilustre y microscópico desconocido este 'bichito', como el de la colza del inolvidable Sancho Rof, se había transformado en un patético fenómeno social. ¿Quién no hablaba ya de sus potencialidades maliciosas?,¿quién no prejuzgaba las paternidades y aleatorias reproducciones de una bacteria que al parecer convertía inofensivos pepinos en infecciosos misiles teledirigidos?

De repente España entera -y nuestra huerta en particular- se veía amenazada y zarandeada por una nueva oleada de impopularidad que llevaba a colgar, en muchos mercados 'euronidenses', el cartel de ”no vendemos verduras españolas”; o en otros, anuncios aun más expresivos: “Libres de productos españoles”. No era la primera vez, presumiblemente no sería la última.
Los 'euronidenses', por extraño que parezca, existir existen todavía; proceden de una lejana galaxia, formada por una constelación de 27 estrellitas, en las que cada cual se siente el rey del firmamento. Los 'euronidenses' habitualmente, como actividad recreativo-folclórica, recitan versos en pro de la solidaridad entre los pueblos; en las tardes de plomiza abulia continental, proclaman a coro enfáticamente la grandeza de la casa común de la Unión Europea, y -por germánicos que sean- se les escapa una lagrimita de emoción cuando escuchan el retumbante Himno a la Alegría, que no deja de ser un mugido en el establo dominado por las potencias de siempre. Y aquel día, el día de los falsos pepinos asesinos, derramaron lágrimas y otra clase de humores, también bilis...

Y España  -esa entelequia- lo sufrió en carne viva. Y si no se reaccionaba con la firmeza que requería nuestro atribulado sector agrario, el estigma perduraría indefinidamente; la marca de España estaba en juego; nuestra depauperada marca, una vez más en tela de juicio.
Entretanto los 'euronidenses' de pro se arrogaban el derecho a poseer la verdad absoluta. Así, aunque los hispánicos pepinos fueran clamorosamente inocentes, se acusaba sin miramiento al vecino pobre del Sur. Y, para colmo, pedían comprensión; como lo hacía la arrogante Alemania que no sentía ningún rubor por su actuación ante el brote de "E. coli", mientras el número de víctimas por la virulenta variante de la bacteria intestinal seguía aumentando. (23 muertos, 2.000 infectados, cuando tecleo en mi ordenador; a saber, cuántos cuando usted me lea).

En esta fantasmagórica historia, la Organización Mundial de la Salud puso asimismo su nota sombría al confirmar que la temible E. coli podía transmitirse, de persona a persona, a través de las heces o por vía oral. Y, al instante, un estremecimiento sacudió el continente de norte a sur, de este a oeste, una nueva pandemia se adivinaba en el horizonte. Sin embargo, la medida de prevención más eficaz era muy sencilla: simplemente lavarse las manos. Y, para esta tarea, nadie mejor que las altas autoridades 'euronidenses'.
Al mismo tiempo, en nuestra Región, tan olvidada por unos y por otros, las pérdidas no hacían sino crecer. El campo murciano y las industrias auxiliares perdían un buen puñado de millones de euros en una sola semana, que se sumaban a los más de doscientos millones en todo el país. Y la pesadilla continuaba. Pero lo peor vino después: cuando despertamos, el pepino todavía estaba allí...

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