
Cuando subí al autobús me impresionó que un hombre, maduro y atractivo, se levantara para dejarme su asiento. Lo hizo con un gesto amable, sin palabras; aunque me negué sonriendo no pude rechazar su oferta, fue una escena no sé si muy común, pero al vivirla en primera persona descubrí que siempre habría alguien bueno en la vida, algo que mi imaginación desbordada no conocía, pero que yo agradecería siempre. Mi corazón corre, cabalgando como un jinete apresurado. Impaciente por cerrar la puerta. Y es que ha pasado mucho tiempo. Es que he perdido la confianza en lo que puedo hacer. Todo me parece excesivo, fuera de lugar. Siento un frío que puede paralizarme. Quiero y no quiero. Pero es una cuestión de honor y responsabilidad que ya no sirven para nada… ¡Y qué más da! Pero unas ganas de huir empaquetada en mi envoltorio presente, ajado, antiguo en este mundo que ya se me queda grande, tan defectuoso y tan… Necesito sentir la presión de la vida; no el bloqueo desagradecido en el que me pierdo siempre. Quisiera enderezar entuertos como el Quijote. ¡Luna bonita! Ilumina esas noches oscuras, y tú sol ardiente, lléname de energía. Algún día encontraré lo que busco. Sobre todo busco paz; mucho quehacer agradable que me aleje de parecer una tonta. No lo soportaría. Intento hacer ahorro en discusiones. La tristeza la guardo para mí. Procuro no llorar. Ser amable rejuvenece, embellece, suaviza los surcos de la cara y también del cuerpo. Pero no es fácil volver, regresar al principio. Salir entera de todo esto. Con la maleta siempre hecha, o a medio hacer por si acaso. Quiero cogerla una vez más. Solo una vez más, y se acabó. Ya no estoy dispuesta a entrar y salir. Terminar y volver a empezar. Eso no lo soportaría yo, ni nadie aquí.
El otro día hicimos una lectura que me llamó la atención; fue una tarde muy aprovechada, un trabajo muy positivo para todos, lo entendimos muy bien. Me gusta coger los libros, que están sobre la mesa, poder tocarlos, acariciarlos; cada vez me doy cuenta que es importante lo que hay dentro de ellos, desmenuzarlos, no enteros, eso es imposible, se nos haría insoportable, necesitaríamos mucho tiempo, mucha memoria y aquí se pierde. Hacemos un resumen de lo más significativo, trabajamos con un trocito, que nos ayuda a entender el resto del libro, o del cuento. Sí, me gustó mucho “La codorniz blanca” de John Steinbeck. Me entusiasmó, diría más bien. Es una gran lección de humildad para estos tiempos que corren; todos deberíamos aprender con su lectura. Me gustan estas tardes cuando trabajamos con la misma inquietud, con la mente puesta en los relatos, tan llenos de sabiduría, tan fáciles de aplicar a cada uno de nosotros que tan necesitados estamos y que a mí me resuelven varios días de pensar en positivo, y hago como ahora, escribir todo lo que pasa por mi cabeza… Gracias, gracias, nunca olvidaré estas emociones. Intento explicarme a mí misma la conclusión de este cuento, que parece no decir nada, y hay que ver toda la enjundia que tiene. Si yo lo hubiera leído sola, seguramente no me habría gustado, ¿por qué? Pues porque no sé leer, no lo he hecho nunca, y no lo podría desentrañar como lo hemos hecho en el taller de lectura, entre todos; lo que yo misma dije y mis compañeros me aplaudieron, y también la profesora me felicitó. Me sentí un poco Mary, la protagonista… pero no… ella es una egoísta, no amaba a su marido y solo le interesaba brillar como su jardín, diseñado por ella, delicado como ella, que nadie más que ella podía tocarlo, que sentía un gran placer cuando lo miraba a través de las vidrieras del salón, con el orden que ella había creado, tan seguro, que hacía juego con la otra seguridad que le proporcionaba saberse bella, admirada, única, por encima de todo y de todos. Y Harry su marido, está enamorado, encandilado por esa belleza que le intimida tanto, incapaz de entender a esa mujer misteriosa. Hasta que ocurrió lo de la codorniz; una bandada bebe agua cada día en la preciosa fuente, en el centro del jardín. Mary advierte entre todas una que es distinta, su bello plumaje blanco y la altivez de su porte deja a Mary impresionada, y horrorizada porque un gato gris acecha en la fuente. Quiere que su marido ponga veneno. Se ve a sí misma en la codorniz blanca, como la personificación de lo que ella misma es; en su porte erguido y bello, de la misma forma que se mira absorta, cuando observa su jardín. Harry solo quiere espantar al gato con su escopeta de perdigones. Por equivocación hace un tiro al aire y la codorniz blanca cae abatida. Mary piensa que su marido ha matado al gato y no quiere saber detalles.
Y su marido, inseguro, salvaje por haber dado muerte a un ser que ella amaba tanto… y, pensativo, inclinada la cabeza, contemplando la alfombra, sintiéndose muy solo…
Por casualidad, entre los papeles de mi taller de lectura en Proyecto Hombre, encontré este conmovedor escrito de una alumna, sin firma, pero que la recuerdo e imagino, al trabajar sobre este relato, la impresión que pudo causarle. Porque cada uno, chico o chica, en esa tarde semanal, durante muchos años, dejó una huella imborrable en mi vida.
Muchas gracias y, ¡hasta la semana que viene!

