
Me llamo Alma y hasta hace dos días
formaba parte de los humanos vivos, pero
eso ha cambiado…Ahora lo veo todo
desde otra dimensión.
Avanzaba la tormenta y todas las terrazas de la ciudad permanecían vacías. El agua caía estrepitosamente contra la calzada y formaba charcos que cada vez eran más extensos.
- ¡Corre Loren! ¡Esta vez nos ha pillado bien!, completamente desprevenidos.
Yo aguardaba sentada bajo el toldo de un barecito llamado Dfoodz. En el cristal de su puerta había un cartel “volvemos pronto, enviamos a domicilio lo que tú quieras”. Me dio por pensar en los motivos por los que aquel sitio no estaba abierto, ya que, aunque estuviera lloviendo tanto, también permanecía cerrado en su interior.
Los dos amigos se cobijaron junto a mí debajo del toldo de la pérgola de aquel rincón con tanto encanto.
- ¡Madre mía Miguel, ¡qué triste está la ciudad sin la alegría de los bares! Menuda situación estamos viviendo.
- Oye, y digo yo: deberíamos buscar este sitio por las redes sociales para avisar al dueño de que se ha dejado el toldo puesto, que encima con la tormenta no se le vaya a romper y tenga doble gasto - comentó Loren a su amigo.
- ¡Buena idea! Vamos a buscar.
Me asomé por el cristal y pude comprobar que Dami estaba dentro, al fondo, en su cocina. A pesar de estar cerrado continuaba cocinando para sus clientes.
Atravesé el cristal y entré con fuerza pensando en llamar su atención para que se diera cuenta de que su toldo corría peligro. Agarré su móvil que se había quedado apagado sobre la barra y pasé a la cocina donde estaba él concentrado preparando sus delicias y lo dejé donde pudiera verlo.
Aquella pareja de amigos estaba buscando su número en las redes sociales para avisarlo.
Dami estaba elaborando sus maravillosas croquetas y tenía las manos ocupadas así es que no encendió el móvil, aunque sí lo vio.
Mientras tanto Miguel y Loren ya habían localizado el teléfono y estaban llamando. “El móvil al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento”.
- Vaya tela, Miguel, ¿qué hacemos?
Ahora me tocaba actuar desde dentro, al revés, de manera que desde fuera se dieran cuenta de que el chef estaba en el interior y con tocar a la puerta, Dami saldría.
Junto al cristal había una preciosa lámpara con forma de estrella que permanecía apagada. Pasé varias veces junto al interruptor dando vueltas, para que mi impulso la encendiera y llamara la atención de los que estaban fuera. ¡Lo conseguí! La estrella se iluminó y en ese momento los dos chavales se asomaron al local.
- Mira Loren, parece que hay alguien dentro. ¡Vamos a llamar al timbre!
Los dos se acercaron a la puerta mojándose de arriba a abajo y comenzaron a golpear el cristal hasta que Dami se percató de que había alguien fuera.
Apagó el fuego y salió a recibirlos.
- Hola chicos, ¿qué necesitáis?
- ¡Menos mal que nos has visto! Mira la que está cayendo y nos hemos alarmado pensando que tu toldo podía romperse. No necesitáis más gastos, sino todo lo contrario.
- ¡Ala! Pero esto ¿cuándo se ha montado?
- Pues hace un rato y gracias a ti nos hemos cobijado, pero teníamos que avisarte para que no pierdas más de lo obligado...
Los dos chavales ayudaron a Dami, fueron a por la manivela y recogieron el toldo y el cocinero los invitó a pasar dentro.
- No os puedo servir nada, pero os pongo unas croquetas y os las tomáis en casa. Muchas gracias.
- Miguel, ¿te parece que nos llevemos pedido para tomar en casa?
- Sí claro, ¡una tapa de cada!
- Gracias Dami, pero te las vamos a pagar y además nos vas a poner unas cuantas cosas más - le explicó Loren.
Algunas tormentas se forman en un momento y en otras ocasiones llueve sobre mojado. Lo importante es que la conciencia por ayudar prevalezca sobre todo lo demás.
- Después del tormentazo llega la calma y en el mientras tanto, que la lluvia no destroce lo que funciona bien - comentó Loren en voz alta.
- ¡Muchas gracias amigos! - exclamó Dami. Ahora os lo pongo para llevar.
Las tormentas inminentes no se pueden prevenir si llegan de golpe, pero pueden lidiarse como si de un animal feroz se tratase. Mirándolas a los ojos y plantándoles cara, y sobre todo protegiéndose.
- ¡Hoy por ti, mañana por mi! - y diciendo esto Miguel y Loren se despidieron de Dami, asegurándole que volverían a por más manjares.
Me quedé allí sentada un rato más observando las calles vacías y pensando que los corazones que me había encontrado se mostraban repletos de fuerza, ilusión y esperanza, y también de generosidad y solidaridad, tan necesarias en tiempos difíciles en los que cualquier apoyo incondicional marca tanto a quien lo recibe como a quien lo da.
Me sentí muy orgullosa de haber vivido en un mundo en el que hay personas tan capaces de demostrar que, a pesar de las dificultades, siempre hay algo que ofrecer a los demás.
¡Os deseo buena semana y mucha solidaridad con el prójimo! Hasta el viernes que viene.

