
Cogió de una percha el pesado abrigo negro, muy amplio, con grandes solapas que cerrarían bien una encima de la otra, para paliar en parte el frío de la tarde; dos filas de botones dorados cruzaban la prenda, dando más protección por delante. También se anudó al cuello una bufanda de gruesa lana gris. Cuando estuvo preparado se plantó delante del espejo que reflejaba su larga, delgada y taciturna figura, y evitó cualquier pensamiento negativo que pudiera eludir la ilusión fugaz de ese encuentro. El joven pianista y compositor Sergei Rachmaninov estaba dispuesto a llevar a cabo la propuesta de su amigo, más allá del temblor interno que le producía, a pesar de todo.
Era el año 1897, había tenido una desilusión tras otra: desde el fracaso de su Primera sinfonía, su precaria situación económica, el poco tiempo que disponía para componer y la imposibilidad de casarse con su prima Vera Skalon. Para animarlo, su amigo le había concertado una entrevista con León Tolstói, un mítico personaje del momento. Se dirigieron hacia Jamóvniki nº 21, una antigua calle de Moscú. La vieja criada les abrió la puerta de madera, como toda la casa, y les dio paso al salón donde les esperaba el gran maestro de la literatura rusa junto a su Esposa Sofía; un personaje que por su aspecto físico infundía todos los respetos y riesgos del mundo: una larga barba que bajaba, partida en dos, impune hasta la mitad del pecho, vestido al modo tradicional ruso de la época, y, una cara, de pocos amigos… Tomaron el té, hablaron de cosas intrascendentes y, antes de despedirse, el escritor le señaló el piano para que tocara alguna cosa. El pianista ya relajado volvió a sentir la ansiedad del principio, pero no dudó en el ofrecimiento. Cuando terminó, el dueño de la casa en un arrebato de soberbia comentó distraído: “¿Esta es la música que gusta a los jóvenes de hoy?".
Después de la terrible depresión por tantos acontecimientos, se puso en contacto con el psiquiatra Nikolái Dahl que utilizaba la hipnosis como terapia. Confiesa haberse sentido muy solo de niño, y, sigue siéndolo. La teoría de Dahl es que debe sacarse partido para que no escapen las ideas. Rachmaninov le confía que tiene que ganarse la vida con sus manazas, “pero me asfixia no dar salida a mis sentimientos que llevo dentro”, un diálogo entre médico y paciente, con unos conceptos que están bloqueados por el abatimiento. Después del fracaso de su Primera sinfonía siente que no podrá llegar a nada: “Mi sinfonía es petulante, un castillo de naipes que se derrumba. Una excusa para mí mismo. Creemos que por saber música somos músicos… Sí, tengo el primer movimiento de un concierto para piano que no está mal, pero la sombra de la sinfonía me angustia”. Percibe una sacudida interna con este diálogo en el que se siente perdido; pero el compositor se confía al terapeuta para salir del cerco que le impide componer. Dahl intenta reconciliarlo con su instrumento, y también con el mundo que espera mucho de él. “Necesita un piano en una sala en penumbra. Sí, un piano que de salida a su ansiedad. Escriba lo que siente en función de lo que le dice su naturaleza. Saque la llama, el poso que lleva dentro, el piano será su padre que le hará vivir. Sea responsable”. Sin convencerse todavía, responde: “Solo quiero ser Rachmaninov”. “¡Váyase y escriba ese concierto que lleva en la cabeza! “Escriba lo que falta”. “El problema es que soy incapaz de terminarlo… ¿le gusta lo que está escrito, sí o no?”. Consiguió no sentirse tan solo, aunque la aflicción del músico no había llegado a su fin.
Terminó el segundo y tercer movimientos del Segundo concierto para piano que se estrenó en noviembre de1901. Una obra maestra del siglo XX. El concierto completo se lo dedicó al doctor Nikolái Dahl como agradecimiento a su exitoso resultado terapéutico. Ahora sí estaba dispuesto a continuar con la composición, que en realidad era lo que le gustaba. Por fin la depresión y la inseguridad desaparecieron con su segundo movimiento, un hilo para tirar, para acabar y continuar una obra que lo haría universal.
Hoy me he detenido en mi compositor favorito, el más romántico de todos lo que conozco. Sus cuatro conciertos para piano y orquesta son de una belleza conmovedora que los hace únicos. El primero de ellos lleva el número 1 de Opus, una primera obra que fue capaz de consagrarlo como compositor. Yo adoro el Segundo concierto; escrito en do menor lo hace intensamente soñador, nostálgico, triste, como el compositor. El arranque del acorde inicial, de siete notas graves, con una gran intensidad y exactitud, intuye una emoción que va creciendo y que no dará tregua en los tres movimientos. MI madre me hizo escucharlo tantas veces, que no pude ser insensible tanto a su potencia sonora, como a la poesía del tiempo lento. Su fuerza, su romanticismo y melancolía, y la exaltación del final, forman una estrecha conexión con lo que yo espero de la música; un icono de belleza para mi vida diaria. No me cansa nunca. Me hace sentir unas sensaciones difíciles de explicar. El Tercer concierto, que se estrenó en Nueva York, dirigido por Gustav Mahler, lo descubrí más tarde y los dos juntos forman una simbiosis perfecta en mi predilección pianística. Rachmaninov murió en 1943 en Los Ángeles.
No conozco Rusia, pero sí a sus grandes compositores que tanto han aportado a la música clásica de los siglos XIX y XX. Un país que tengo presente en mis prioridades, si alguna vez llega el momento propicio para viajar allí como destino. Un país tan exagerado, tan lleno de enigmas, espacios desolados, abrigado por ciudades inmensas, gente que deambula absorta en sus pensamientos, misterios, guerras, tristezas, deporte, literatura, música; diría que, con compositores tan románticos echa por tierra la historia de los mitos agresivos que ha protagonizado la nación más grande del mundo. Y aunque su corazón se encuentra en Moscú, en el Kremlin, su mirada siempre ha estado puesta en Europa, desde San Petesburgo.
¡Feliz semana!

